jueves, 2 de julio de 2009

Le Clézio: autor de la sensualidad extasiada

Ya tenemos en todos los medios de comunicación la noticia, la figura, los comentarios y opiniones para todos los gustos del nuevo Nobel de Literatura, correspondiente a este año 2008, al francés Jean-Marie Le Clézio.
Nacido en 1940, hijo de inglés de origen bretón y de madre bretona, presenta todos los rasgos de un nómada desarraigado, que defiende como su primer compromiso la lengua y la cultura francesa y la belleza de la creación.
Aunque nació en Niza, confiesa como su patria íntima isla Mauricio, donde la familia paterna emigró en el siglo XVIII.
Su nomadismo geográfico, Londres, Bristol, Tailandia, México y Estados Unidos se refleja en sus libros que relatan historias sobre México, Nuevo México, Africa y Oriente. Historias escritas en francés, pero donde se escuchan las voces de otras culturas, de civilizaciones distantes.
Le Clézio es un ciudadano del mundo. Escribe sobre Nigeria o el Sahara. Es un estudioso de las culturas mesoamericanas, vive largo tiempo entre las tribus indígenas de Panamá y México. Profesor en las universidades de México, Londres, Perpiñán, Bangkok, Boston, Austin, y actualmente Alburquerque.
A pesar de haber causado sorpresa en gran parte del mundo la concesión del Nobel de Literatura de este año, hace ya tiempo, Octavio Paz, cuando recibió el suyo, en 1990, confiaba en que algún día se lo concedieran a Le Clézio, al que consideraba como el mejor prosista de la lengua francesa de la segunda mitad del siglo XX.
Y es que Jean-Marie Le Clézio es conocido en México desde su llegada a la capital, en 1967. Larga es la lista de libros y diferentes textos escritos por él sobre México, el mundo prehispánico, sobre los indios huicholes, los campesinos de Michoacán, sobre el Yucatán del siglo XIX y las jornadas sangrientas del año 1968 en la capital mexicana.
La Academia Sueca premia en Le Clézio a un autor universal y nómada, escritor de la ruptura y de la sensualidad extasiada; investigador de todo lo humano, autor coherente, de un estilo accesible, que acepta la creación sin hacer filosofía; narrador excelente, autor de más de cuarenta novelas donde pone su inteligencia literaria al servicio de la lengua y la expresión.

Luque Maricarmen

Aducir y abducir: Acciones contrarias

Hoy les traigo dos palabras de uso no muy frecuente, pero que aparecen en los medios de comunicación, e incluso podemos encontrarlas en un historial clínico. Son muy semejantes en su forma, por lo que es fácil confundirlas, pero difieren notablemente en sus significados. Se trata de aducir y abducir. Ambos son verbos irregulares y se conjugan como conducir.
Aducir significa ‘presentar o alegar prueba o razones’: “Debió aducir su testimonio para salvar el prestigio de su compañero”.
El sustantivo correspondiente es aducción, que es la acción de aducir pruebas o razones. Pero la aducción también puede significar ‘el movimiento de acercamiento de un miembro u otro órgano al plano que divide el cuerpo en dos partes simétricas’: “En este punto se produce la flexión y aducción de los brazos”.
Y ese miembro u órgano capaz de ejecutar el movimiento de aducción sería el aductor: “Después de la jugada sentí un tirón en el aductor derecho”.
Otro sentido de aducción, aunque menos usado, es el de ‘transporte o conducción de agua’: “Construyeron un túnel de aducción para que llevara las aguas del río”.
Abducir es otro verbo distinto, aunque en algún sentido se acerca al anterior. Aplicado a extraterrestres, significa ‘secuestrar a alguien’: “Fue abducido por una nave extraterrestre”. En otro sentido significa ‘alejar un miembro u otro órgano del plano imaginario que divide el cuerpo en dos partes simétricas’: “No era capaz de rotar y abducir la cadera”.
El sustantivo correspondiente es abducción, ‘movimiento de alejamiento de un miembro u otro órgano del plano que divide el cuerpo en dos partes simétricas’: “la artrosis de cadera disminuye la amplitud de abducción de los muslos”. Y abductor es el miembro u órgano que realiza ese movimiento; en este caso, los muslos.
Como se ve, la aducción y la abducción son acciones contrarias: la primera supone un movimiento de acercamiento, mientras la segunda lo es de alejamiento.
Aunque no sean de uso habitual, bien está conocerlas en detalle, por si acaso.

Luque Maricarmen

La mímica del mimo

Les traigo hoy unas palabras de uso frecuente para que profundicemos en ellas, buscando su origen y rastreando en su historia.
Mimo es una palabra con dos acepciones distintas, según su procedencia. Si su origen es expresivo significa cariño, halago o demostración de ternura. Viene del sonido de la propia palabra, esa –m prolongada que acompaña tantas veces a la caricia misma.
El otro sentido de mimo corresponde a su origen griego, mimos. De ahí pasó al latín mimus, y del latín al español con el significado de: “actor que se vale exclusiva o preferentemente de gestos y de movimientos corporales para actuar ante el público”.
Entre griegos y romanos el mimo era un farsante del género cómico más bajo, un bufón hábil en gesticular y en imitar a otras personas en escena o fuera de ella. Y también llamaban mimo a la representación teatral festiva y generalmente obscena.
De mimo surgió la mímica, “expresión de sentimientos o acciones por medio de gestos o ademanes”: lenguaje mímico.
Participa del mismo origen y significación la palabra pantomima, “representación mediante posturas y gestos sin que intervengan las palabras”. Aunque en el lenguaje coloquial, alguien hace la pantomima cuando finge algo que no siente; por ejemplo:”Hacía la pantomima de que sufría, pero nadie se lo creía”.
En la Roma imperial eran frecuentes las pantomimas trágicas y cómicas, pero en el siglo VI fueron prohibidas por su carácter grosero.
Sin embargo, siglos después, entre el XVI y el XVIII, la pantomima resucitó alcanzando gran auge en Francia, Italia e Inglaterra, donde siempre aparecían elementos mímicos en las comedias.
Durante el siglo XIX, la pantomima se convierte en un espectáculo dotado de gran escenografía y riqueza de vestuario, basado en fantasías, con danzas y acrobacias. En el siglo XX, la pantomima, más sencilla y de temas cotidianos, adquiere enorme importancia gracias al cine mudo.
Si hurgan en su filmoteca, seguro que encontrarán películas del actor Charles Chaplin que hizo de la pantomima su gran creación. Disfrútenlas, porque merece la pena.

Luque Maricamen

El dedo en la llaga

Hoy voy a poner el dedo en la llaga. O más bien, haciendo “honor a la palabra” voy a saltarme lo que ha dado en denominarse “corrección política”, para llamar al pan, pan y al vino, vino.
No sé por qué extraña razón están desapareciendo palabras de nuestro idioma, algunas con tradición de siglos, como la que nos ocupa, por no llamar blanco a lo que es blanco y negro a lo que es negro.
Como mi preocupación, cuando escribo, no es otra que el buen uso de la lengua, pongo hoy sobre el tapete la palabra moro, definida desde siglos como: “natural de Africa septentrional frontera a España. / 2. Perteneciente o relativo a esta parte de Africa. / 3. Que profesa la religión islámica. // 4. Se dice del musulmán que habitó en España desde el siglo VIII al XV. // 5. Perteneciente o relativo a la España musulmana de aquel tiempo. // 6. Se dice del musulmán de Mindanao y de otras islas de Malasia.
En ninguna acepción figura la abreviatura “despect.”, (despectivo).
Les paso toda esta información semántica para fundamentar mi extrañeza ante la tendencia reciente a no utilizar la palabra moro por el “supuesto” sentido peyorativo que encierra el término. Por más que lo busco, no lo encuentro.
Leo con perplejidad que en un lugar de España, el año pasado, el concejal de un ayuntamiento fue condenado a pagar una multa de 400 euros por llamar moro a un moro.
Me preocupa pensar que haya que ponerse a la ingente tarea de expurgar toda la literatura española anterior al siglo XX para limpiarla del término ofensivo, moro, sustituyéndolo por “musulmán”, un término compuesto de francés y persa, que entró en el español a través de la literatura romántica francesa para designar al que hasta entonces se llamaba moro, o por magrebí (natural del Magreb, o perteneciente a esta parte del noroeste de Africa que comprende Marruecos, Argelia y Túnez).
Y a las fiestas celebradas durante siglos en algunos lugares de España, y alguno de México, conocidas como de “Moros y Cristianos”, habrá que cambiarles el nombre.
Amigos, las palabras no tienen intención. La intencionalidad la pone el hablante cuando las instrumentaliza convirtiendo en arma ofensiva lo que fue creado como vehículo de comunicación y entendimiento.


Luque Maricamen

Historia de la zeta

Vuelvo hoy al tema de la historia de las letras; y lo hago, como siempre, de la mano de los lingüistas Salvador y Lodares.
Hoy nos ocupa la letra zeta o zeda, una letra que, en los lugares donde se pronuncia, representa un sonido parecido al vuelo zumbón de los insectos, y cuya figura describe la trayectoria cambiante de ese vuelo.
El significado de algunas palabras reclama la presencia de la zeta; por ejemplo, zigzag, “la línea que en su desarrollo forma ángulos alternativos entrantes y salientes”. Expresa movimiento de vaivén no sólo en español, sino en inglés, italiano, francés y ruso. En alemán es zickzack, y ziguezague, en portugués.
Otras palabras nuestras, zalear, “arrastrar o menear con facilidad algo a un lado y a otro” y la moderna, zapear, “cambiar reiteradamente de canal de televisión”, muestran en su significado la influencia de la zeta.
La zeta pasó al latín a través de los griegos, pero en el s. II a.C., el romano Apio Claudio, más conocido como constructor de la famosa Vía Apia que como censor de la lengua, decidió borrarla del alfabeto latino, por lo que desapareció durante un tiempo.
Después volvió a incorporarse, pero su uso se limitó a la transcripción de palabras griegas.,/P>
Entre los siglos XVI y XVIII surgió la polémica de si debía suprimirse esa letra sustituyéndola por la existente ç. La cuestión desencadenó distintas corrientes a favor y en contra, pero en 1726, la Real Academia, en una de sus primeras iniciativas ortográficas, decidió que la –z permaneciese para representar el sonido, que hoy tiene.
Conviene señalar que las palabras que ingresan en español con la sílaba inicial –ze o –zi, pueden alternar la –z y la –c, como zinc o cinc, zirconita o circonita, zíngaro o cíngaro, zénit o cenit, etc.
En resumen, la Z, que se incorporó al alfabeto latino con la misión exclusiva de representar un sonido griego, que estuvo proscrita durante años y que ocupa el último lugar de nuestro abecedario, con un aire exótico y poco familiar, quedó instalada en el español y en todas las lenguas románicas.
Amigos lectores de Siempre: “El honor de la palabra” tiene hoy el inmenso honor de cumplir cuatrocientas semanas, encontrándose, casi sin interrupción, con sus fieles lectores. Desde esta página, a todos los que me han seguido a lo largo de años, agradezco su fidelidad incondicional y su constante apoyo, y a cada uno le envío un saludo cariñoso con el deseo de que nos sigamos encontrando en las próximas cuatrocientas semanas, pero, eso sí, en óptimas condiciones de salud y felicidad.


Luque Maricarmen

A vueltas con los parónimos

Entre parónimos, es decir, palabras que guardan entre sí alguna relación de semejanza, es fácil dudar, por lo que conviene tener claro sus significados.
Estadía y estadio, a pesar de su parecido, nada tienen que ver semánticamente. Estadía significa “detención o estancia”; por lo que el tiempo que un enfermo pasó en un hospital es la estadía; como también lo es el que permaneciste en un hotel o en un país, es decir, la estancia.
El tiempo que permanece el modelo ante el pintor o escultor también se llama estadía. Y en el comercio marítimo, la estadía se refiere a los días que transcurren después del plazo estipulado para la carga o descarga de un buque mercante, por los cuales se ha de pagar una indemnización.
Pero todos estos sentidos se apartan de los del vocablo estadio. Estadio, derivado del latín stadium (aunque decir “stádium” sea una ultracorrección) es el “recinto en que se celebran competencias o competiciones deportivas”: «Un público de todas las edades llenaba el estadio». Es inadmisible el uso de estádium, que no es palabra latina ni española.
Estadio también significa “etapa o fase de un proceso”: «¿En qué estadio de la enfermedad se encuentra el paciente?». Y aunque en textos médicos se suele encontrar la palabra estadío, esta acentuación es errónea. Estadío no existe en español.
Hipnotismo e hipnosis son dos términos relacionados semánticamente, pero no idénticos. Tienen una relación de causa y efecto. Por eso no deben confundirse. Distingamos.
La hipnosis es el “estado de sueño artificial producido por un método llamado hipnotismo”.
Luego el hipnotismo es el método que provoca la hipnosis, en la que el hipnotizado obedece al hipnotizador.
Al hipnotizador y no al hipnotista, como a veces se dice erróneamente.
En fin, son dudas que hacen vacilar al hablante en el uso del idioma.

Luque Maricarmen

Los vaivenes del lenguaje

Un error que se comete con relativa frecuencia, y que merece ser señalado, es el uso indistinto de los verbos ampliar y amplificar, en determinados contextos.
Cierto que ambos son sinónimos, y en el sentido amplio significan “extender o dilatar”. Algo se amplifica cuando se amplía, se extiende o se dilata; pero para referirse concretamente a la “reproducción de fotografías, planos o textos en tamaño mayor del original” es más propio y culto decir ampliar que amplificar. Y lo que resulta no es una amplificación sino una ampliación.
Como dato complementario, el verbo ampliar se acentúa igual que “enviar”.
En cuanto a los adjetivos dactilar y digital, cuyo significado es “relativo o perteneciente a los dedos”, pueden usarse indistintamente cuando califican a los sustantivos “huella o impresión”. Y tan correcto es huellas dactilares o digitales, como impresión dactilar o digital.
Sin embargo, en el sentido de dígito, el adjetivo adecuado es digital; por eso se aplica a los instrumentos de medida expresada con números dígitos: reloj digital.
Algo menos árido es la explicación a las consultas que recibo sobre por qué se compara a la persona voluble con el camaleón, y a quién se conoce como “ratón de biblioteca”.
Considerando la capacidad del camaleón de cambiar de color según las condiciones ambientales, suena lógico que a quien cambia de opinión o de conducta por interés, es decir, al que es voluble, se le compare con este reptil.
Durante siglos se llamó “ratón de biblioteca” al erudito que asiduamente escudriñaba cultura en los libros, entre el polvo de las bibliotecas. Con las modernas tecnologías, ¿esta especie no correrá riesgo de extinción y desaparecerá el apelativo?
En fin, la marcha de la lengua va adaptándose a los tiempos y son éstos los que determinan los vaivenes de las palabras.

Luque Maricarmen