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domingo, 5 de julio de 2009

Un idioma que da mucho de sí: Gabacho y mayonesa

No es extraño encontrar una misma palabra con distintos significados, según el lugar donde se emplee, dentro de la extensa área hispanohablante. Y es que cuatrocientos cincuenta millones de personas hablando el mismo idioma, dan mucho de sí.
Se oye a veces, en México, el vocablo gabacho para referirse al originario de los Estados Unidos de América. En El Salvador, recibe ese nombre la bata que usan los que trabajan en clínicas o laboratorios.
Sin embargo, el origen de la palabra está en la lengua de oc, hablada en la Provenza, al sur de Francia, donde el término gabach significa “que habla mal”.
Durante siglos, en España se ha venido usando la palabra gabacho para referirse a los habitantes de unos pueblos situados en las faldas de los Pirineos que, según parece, pasaban a España a trabajar en servicios bajos y humildes, por lo que la palabra tomó un matiz despectivo.
Hoy, en el lenguaje coloquial, conserva ese matiz para nombrar lo que es francés, y se llama también gabacho el lenguaje español cargado de galicismos.
Durante mucho tiempo se pensó que esa “salsa espesa que se hace batiendo aceite crudo y huevo” debía llamarse mahonesa, ya que se creía originaria de la ciudad de Mahón, capital de la isla balear, Menorca, donde, en el siglo XVIII, durante el asedio a la ciudad, la conoció el cardenal Richelieu, quien la puso de moda en la corte de Luis XV de Francia.
Pero investigaciones posteriores mostraron que la salsa mayonesa ya era conocida en Francia un siglo antes, cuando un poeta francés publicó un poema titulado Sauce Mayonnaise, dando la receta de la célebre salsa.
A pesar de ello, tanto mahonesa como mayonesa son nombres aceptados por la Real Academia para nombrar la salsa que da lustre a tantos platos, y aunque el uso general prefiere mayonesa, ambas formas son correctas.
A todos mis amigos lectores les envío mi sincero deseo de paz y felicidad en estas fiestas y un próspero año 2009.


Luque Maricarmen

jueves, 2 de julio de 2009

Crash o crack: Mi conflicto con la bolsa

Tengo un conflicto con el tema de la Bolsa. Ya, ya sé que los problemas con la Bolsa hoy no constituyen algo individual. Pero mi conflicto no es de carácter económico sino lingüístico.
Antes de exponerlo quiero ponerles en antecedentes: yo no soy experta en lengua inglesa, como muy bien sabrán muchos de los que me escuchan en la radio. Sin embargo, me sorprende leer en distintos medios de comunicación la palabra crack para referirse a lo que hoy está sucediendo en el mundo financiero: la quiebra o desplome económico.
Según mi información, este vocablo significa en inglés “chasquido”, “grieta” o “hendidura”, algo de sentido parecido a lo que se aplica, pero no exacto.
La palabra que los anglohablantes han utilizado, y utilizan desde aquel desastre económico del año 1929, es crash, que en su segunda acepción significa “quiebra”, “caída súbita de los valores financieros” o “desplome económico”.
Si lo que se trata de expresar es el resquebrajamiento del sistema financiero, bien está crack; pero si lo que está sucediendo es un desplome o hundimiento del sistema, el término adecuado será crash. Aunque a los hispanohablantes nos suene más drástico crack y nos resulte más fácil de pronunciar, por su semejanza con la palabra “crac”, que es la representación onomatopéyica del sonido de algo que se quiebra. Este crac, y no el (crack) inglés, sería el que, en su caso, podría tomar el sentido de la quiebra financiera.
No dudo que acabará triunfando el término que los hablantes elijan, pero no olvidemos que para decirlo en español tenemos las tres formas oportunas antes indicadas: quiebra, desplome económico o caída súbita de los valores financieros. No vaya a suceder como con otros términos ingleses, totalmente innecesarios, que ya caminan abiertamente por nuestra lengua, como camping, ranking, marketing, etcétera, a la espera de su adaptación gráfica para ser españolizados, con lo que terminaremos por olvidar nuestros campamento, (lugar donde se acampa) campismo (actividad de acampar); tabla clasificatoria o escalafón, mercadotecnia, y muchos más.

Luque Maricarmen

miércoles, 1 de julio de 2009

Cibernética e informática

Hoy, amigos, quiero tocar un tema que —lo confieso— no es de mi preferencia, pero ya está incorporado a nuestra vida diaria y no hay quien pueda evadirlo. Me refiero a la cibernética y la informática.
La cibernética procede del griego kibernetiké, “arte de gobernar una nave”. En español, “estudio de las analogías entre los sistemas de control y comunicación de los seres vivos y los de las máquinas”.
El prefijo ciber forma parte de las palabras relacionadas con el mundo de las computadoras y de la realidad virtual: ciberespacio, cibernauta. Se recomienda su uso para la formación de términos pertenecientes al ámbito de la comunicación por Internet, para sustituir por palabras nuestras los innumerables anglicismos que nos invaden. Así van apareciendo términos como: cibercafé, ciberarte, ciberlector, en la prensa de la dilatada área hispanohablante.
Claro que también puede reemplazarse este procedimiento de formación por el adjetivo “electrónico” añadido al nombre correspondiente: correo electrónico, mensaje electrónico.
Cibernética e informática están estrechamente ligadas; pues si la cibernética se refiere a la ciencia, la informática, que es el tratamiento de la información mediante las computadoras u ordenadores, se refiere a su aplicación.
Y como salieron los dos términos, computadora y ordenador, es preciso saber que ambos tienen idéntico significado; son los nombres que en distintos lugares de habla española se dan a la máquina que además del tratamiento automático de la información, resuelve problemas matemáticos y lógicos mediante programas informáticos.
Internet, la red mundial de computadoras, es un nombre propio, por lo que debe escribirse con mayúscula; su género es femenino. El usuario de Internet se llama cibernauta. La Web o página web es el servicio de Internet que permite acceder a la información que ofrece esta red mundial de comunicaciones.
Y aprovecho la presencia de la palabra acceder, para recordar que este es el verbo utilizado en el lenguaje informático, y no accesar, como se usa erróneamente tantas veces por influjo del inglés.
A la información o datos contenidos en un sistema informático, se accede, no se accesa.

Luque Maricarmen

La castellización del verbo ignorar

Ya hace años que se veía venir. Ya está aquí, asentado y aceptado con todas sus consecuencias el sentido del verbo español ignorar, como “no hacer caso de alguien o de algo”. Un calco del to ignore inglés.
Este verbo, cuyo significado a través de los años ha sido “no saber algo o no tener noticia de ello”, ya se usa desde la primera mitad del siglo XX, hasta en el habla culta, con el sentido inglés de “no hacer caso de algo o de alguien”.
Y conduce a falsas interpretaciones.
Una frase como “la empresa ignora las demandas de los trabajadores” siempre quiso decir, sin ambigüedades, que la empresa no sabe cuáles son esas demandas; y eso se arregla con una oportuna información.
Hoy, sin embargo, puede significar también que la empresa no hace caso de esas demandas, que no le interesa saberlas, que las desprecia, lo que tendría un arreglo mucho más complicado.
¿Y cuál de los dos es el sentido recto del mensaje? Es ambiguo. Lástima que lo hayamos complicado. Y es una complicación innecesaria.
Si el principal objetivo de la lengua es comunicarse, entenderse, ¿por qué añadir complejidad a la comunicación, al entendimiento ya de por sí difícil?,p>Y es que amigos, para ese sentido foráneo del verbo ignorar, que ya aparece en nuestros diccionarios, el de “no hacer caso”, existen en español equivalencias como hacer oídos sordos, desdeñar, despreciar, hacer caso omiso. Y referido sólo a personas, ningunear, que es no hacer caso de alguien, no tomarlo en consideración o menospreciarlo.
Pero el uso reiterado y continuo de ese valor del verbo ignorar por los hablantes hizo que el diccionario lo registrara para que pudiera emplearse con legítimo derecho. Y ya es nuestro. Pero no olvidemos las otras palabras y locuciones que expresan, sin riesgo de confusión, esa misma idea.

Luque Maricarmen

miércoles, 13 de mayo de 2009

Nuevas palabras ante nuevas realidades

Dentro de los extranjerismos asimilados al español y presentes en el Diccionario de la Real Academia Española, figura una palabra apetitosa, de procedencia italiana, que muchos ya conocerán: tiramisú. Está formada por los vocablos italianos tira, tirar, mi, a mí, y su, arriba. Es decir, “que tira de mí hacia arriba”, que me eleva. Y no es de extrañar, porque el tiramisú, un dulce hecho con bizcocho empapado en café, mezclado con un queso suave y con crema chantillí o nata, te hace sentir en el séptimo cielo, te eleva.
¿Sabían que se llama “séptimo cielo” a un lugar extremadamente placentero?
Sin dejar el tema, el galicismo profiterol es un pastelillo relleno de crema pastelera u otros ingredientes y cubierto de chocolate.
Del inglés, aparece réflex, el visor que poseen algunas cámaras fotográficas para ver la misma imagen que saldrá en la fotografía.
Baremar es establecer un baremo. El baremo es una tabla de cuentas ajustadas, una lista o repertorio de tarifas, o un cuadro gradual establecido mediante un acuerdo, para evaluar distintas cosas, como los méritos personales, la solvencia de empresas, los daños derivados de accidentes, etcétera. La palabra se debe al matemático francés, Barrême, del siglo XVII, autor de la idea.
Gay ya pertenece al léxico de nuestra lengua, por lo que se pronuncia tal y como se escribe: gay. En plural, se pronuncia y escribe, gais, no gays. Aunque la palabra, que equivale a homosexual, puede usarse como sustantivo o como adjetivo, se recomienda el uso como sustantivo: (esa discoteca está llena de gais) y se desaconseja su uso como adjetivo: (iremos a una discoteca gay).
La palabra páprika o paprika es de procedencia húngara y equivale al pimentón español, condimento o especia que se extrae del pimiento rojo reducido a polvo. Admite las dos acentuaciones, aunque la forma esdrújula, páprika, refleja mejor su etimología y es la preferida en el uso culto.
Ya pertenece al lenguaje habitual la palabra parapente, vocablo de origen francés que designa ese emocionante deporte consistente en lanzarse desde una pendiente con un paracaídas rectangular, previamente desplegado, con el fin de conseguir un descenso controlado.
Como ven, amigos, a nuevas realidades, nuevas palabras. La lengua al ritmo del mundo que vivimos.

Luque Maricarmen

sábado, 2 de mayo de 2009

Extranjerismos

Entre los extranjerismos que con frecuencia los hablantes adoptamos sin necesidad, se oye a veces el vocablo sumarizar, que procedente del inglés “sumarize”, sustituye alegremente a nuestro resumir.
Y una cosa, amigos, es traducir el término inglés por el español resumir, y otra, usarlo en su lugar.
Sumarizar no existe en español. Para el sentido que pretende darse, nosotros tenemos resumir, compendiar y epitomar, todos con el significado de reducir a términos breves y precisos una obra o asunto, o considerar sólo lo más sustancial de ellos.
Resumen, compendio y epítome son los sustantivos correspondientes a estos verbos.
Así pues, disponiendo de estas palabras en nuestra lengua, usemos cualquiera de ellas y olvidemos el barbarismo.
Y ya metidos en faena, pongamos en tela de juicio la palabra experienciar, utilizada por algunos psicólogos (o sicólogos). Yo prefiero lo primero.
Experienciar no existe en español. En nuestro idioma, probar prácticamente las propiedades de algo; vivir, sentir o sufrir una experiencia es experimentar. Experimentar es notar en sí mismo algo, una impresión, un sentimiento; y ese sentimiento que uno experimenta es un sentimiento experiencial.
Experiencial, adjetivo recién incorporado al español, se refiere a todo lo que pasa por la experiencia.
Extranjerismos aparte, quiero comentarles algo que se refiere a la fiesta del Día de la Madre, celebración que muchas acabamos de disfrutar, como hijas o como madres.
Parece que la institución oficial de un día en homenaje a las madres surgió en Estados Unidos ante la propuesta de la congresista Anna Jarvis, en 1914.
Anna llevaba varios años poniéndose un clavel blanco y celebrando oficios religiosos todos los segundos domingos del mes de mayo, en recuerdo de su mamá.
Su propuesta fue aceptada, y a partir de entonces muchos países lo celebran en esa fecha, otros el primer domingo de mayo y en otros, como México, es el 10 de mayo cuando las madres recibimos nuestro homenaje, gracias, no a la reivindicación de una madre, sino al amor de una hija.
Aunque con retraso, felicidades a todas las mamás.

Luque Maricarmen

Extranjerismos en el español

Debemos reconocer la cantidad de extranjerismos que se cuelan en nuestro idioma. Muchos son inevitables, pero para el significado de muchos otros ya teníamos palabra en español. De cualquier forma, unos y otros aquí están, aceptados y de uso en nuestra lengua, pero, eso sí, adaptados gráfica y fonéticamente a ella, al español.
Para el “aparato que reproduce una representación visual de secciones del cuerpo”, o “la prueba con él realizada”, tenemos escáner, adaptación gráfica del inglés scanner. Su plural, escáneres.
Escúter es la adaptación del inglés scooter, esa “motocicleta de ruedas pequeñas, con plataforma para apoyar los pies y una plancha protectora delante”. ¿Se acuerdan de la Vespa? Escúteres en plural.
Del slip sajón ya tenemos eslip, que aunque en inglés designa una prenda femenina, en español se refiere al calzoncillo ajustado que usan los hombres, sentido que la palabra tiene también en francés. En plural, eslips.
El lema publicitario o político, slogan en inglés, es eslogan en nuestro idioma, con el plural, eslóganes, así como esmog se emplea para designar la niebla mezclada con humo y polvo, esnob, nombra a la persona que imita con afectación las maneras y opiniones de los que considera distinguidos, y espagueti es la adaptación del plural italiano spaghetti. Todas estas voces muestran que en su adaptación al español tomaron una “e” ante la “s” líquida inicial, difícil de pronunciar para el hispanohablante.
Y antes de terminar quiero pasarles un refrán muy corto, pero muy ilustrativo, que acabo de encontrarme, y que da fe de la sabiduría del pueblo, fuente de tantos y tantos dichos que pasaron y siguen pasando de generación en generación. Dice: “palabra y piedra suelta, no tienen vuelta”. Buena advertencia para quien habla sin pensar o no mide el efecto de sus palabras. Se me ocurre: prudencia y moderación nunca han de pedir perdón. ¿O no?

Luque Maricarmen

miércoles, 29 de abril de 2009

Extranjerismos En “versión original”

No podríamos enumerar todas las palabras que han ido pasando a través del tiempo de otras lenguas a la nuestra, porque casi son innumerables. Pero sí podemos citar algunas de uso cotidiano indicando, de paso, cuál es su forma correcta. Forma que, en unos casos, se adaptó a la lengua receptora y, en otros, permaneció fiel a su origen.

Del francés recibimos bufé o bufet, comida compuesta de platos calientes y fríos que se sirve de una vez, cubriendo la mesa.

Del “buffet” francés, pero con otro sentido, procede el bufete en español, referido a una mesa de escribir con cajones, y también, al estudio o despacho de un abogado.

El bidé, procedente del francés “bidet” (caballito), tal vez por la forma de usarlo sentándose a horcajadas sobre él, es el recipiente ovalado que se instala en el cuarto de baño y que, dotado de un solo grifo, sirve para el aseo de las partes pudendas, o mejor, partes íntimas. (Pudendo: feo, que debe causar vergüenza.) De ahí mi preferencia por íntimas.

Otro galicismo de uso frecuente en algunas zonas hispanohablantes es chalé o chalet, casa de una o pocas plantas, con jardín, destinada especialmente a vivienda unifamiliar.

Ya no del francés, sino del “ticket” inglés, tenemos el anglicismo tique, ya adaptado a nuestro idioma. Es el papel o cartulina que acredita el pago de un servicio, una compra o el derecho de entrada a un local. En Colombia y algunos países centroamericanos se ha adaptado en la forma tiquete. En su lugar, existen en español términos equivalentes: boleto, entrada, billete, vale, recibo, etcétera.

Es importante saber que los extranjerismos que se van incorporando al vocabulario de los hispanohablantes sin pasar por un proceso de asimilación, sino en “versión original”, como best seller, blues, bulldozer, no cambian su forma al pluralizarlos: un best seller o varios best seller. Más fácil, ¿no?

Luque Maricarmen

Las muchas expresiones en inglés

Les paso, amigos, lo que me encontré en Internet hace un tiempo:

Desde que las insignias se llaman pins, los maricones, gais, las comidas frías, lunchs y la selección de actores castings este país nuestro es mucho más culto y moderno.

Antaño, los niños leían tiras cómicas en vez de comics, los estudiantes pegaban posters creyendo que eran carteles, y los empresarios hacían negocios en lugar de bussines .

Hoy, nadie es realmente culto y moderno si no dice cada día cien palabras en inglés. Las cosas en otro idioma suenan mucho mejor; pues no es igual decir vestíbulo que hall, ni desventaja que handicap, ni sentimientos que feelings, ni sobreventa que overbooking, ni ligero que light.

Compramos tickets, no tiques, regalamos compacts, no compactos, practicamos puenting, no puentismo (como ciclismo, piragüismo, etc) y nos vamos de camping, no de acampada.

Estos cambios de lenguaje han influido en nuestras costumbres e incluso han mejorado nuestro aspecto. Porque las mujeres ya no usamos medias sino panties y los hombres, después del afeitado, no se ponen tónico, sino after shave que deja la cara más fresca. Y ellos y nosotras ya no salimos a correr, caminar o hacer aerobismo, porque es más fino hacer footing o jogging.

El autoservicio ahora se llama self service, ranking la tabla clasificatoria o escalafón, y el índice de audiencia, rating. Las personas más importantes son vips y los puestos de venta o casetas dentro de una exposición o feria son los stands.

En la oficina ya no se envían correos, sino mailings, la empresa no organiza cursos de capacitación o entrenamiento, sino trainings y las mujeres que quieren cambiar su imagen, perdón, su look, no se hacen un estiramiento sino un lifting.

En fin, amigos, los dejo para irme de compras, no de shopping y así aprovecho la ventaja de los saldos, mejor que soldes.

Y me despido, no con el incoloro bye, sino en nuestra lengua, con un mensaje lleno de contenido: adiós (a Dios).

Luque Maricarmen

Show, anglicismo innecesario

Por culpa de los medios de comunicación que nos sirven el vocablo sin descanso, se ha afincado en nuestro lenguaje habitual el anglicismo show, que choca con nuestra escritura y pronunciación, pero que ya parece insustituible para referirse a una “función pública destinada a entretener”, es decir, espectáculo, en español.

Y es un anglicismo a todas luces innecesario. Porque nuestra palabra, espectáculo, no sólo tiene el sentido directo que hemos mencionado, sino que además, en sentido figurado, significa “acción que causa escándalo”, significado que, sin embargo, no posee el show inglés.

Por eso no debemos decir: “El show empezará dentro de unos minutos”, ni en sentido peyorativo: “Ya están ésos montando el show de todos los días”, sino “el espectáculo” en ambos casos.

Otro tanto sucede con ranking, palabra de difícil adaptación al castellano y absolutamente innecesaria, teniendo en cuenta que hemos podido vivir siglos, lingüísticamente satisfechos, expresando la misma idea con las palabras lista, tabla clasificatoria, clasificación o escalafón, con el sentido de “clasificación jerarquizada de personas o cosas”.

El Diccionario Panhispánico de Dudas, elaborado por la RAE en consenso con la Asociación de Academias de la Lengua Española, y que desde 2005 está en circulación, sugiere la adaptación gráfica del término inglés en la forma ranquin, con el plural, ránquines, aunque recomienda el empleo preferente de las palabras o expresiones españolas mencionadas.

Es cierto, amigos, que el idioma se enriquece con la aportación de neologismos procedentes de otras lenguas, pero su uso sólo es válido cuando éste es necesario, como ocurre con los vocablos que nombran nuevas tecnologías o prácticas inventadas fuera de los países de ámbito hispanohablante. Es innecesario, sin embargo, cuando, para expresar la misma idea, tenemos en nuestra lengua, no una, sino varias palabras. Desecharla significa ceder a otros la hegemonía del idioma.

Luque Maricarmen

miércoles, 15 de abril de 2009

Las palabras extranjeras

Entre las palabras extranjeras que se han ido incorporando a nuestra lengua recordamos el vocablo de origen inglés, esnob, adaptado, más o menos, a la grafía y sonido del español; aunque todavía queden muchos hispanohablantes e hispano-escribientes que siguen empeñándose en decir y escribir “snob”, manteniendo la forma original inglesa.
La palabra esnob se aplica a “la persona que imita con afectación las opiniones o maneras de aquellos a quienes considera distinguidos”.
A decir verdad, no dejan de parecer ridículos los individuos que practican el esnobismo. Y estoy segura de que se borrarían de tal práctica si conocieran el origen de la palabra. Se lo cuento.
Parece ser que en tiempos pasados, los jóvenes que acudían a estudiar a la Universidad de Oxford eran, por lo general, vástagos de familias de alta alcurnia.
En el momento de inscribirlos en el registro de la Universidad, cuya inscripción se hacía en latín, escribían junto a sus nombres, los de sus padres con sus respectivos títulos de nobleza; pero, si la familia del educando no poseía títulos nobiliarios, se hacía constar con las palabras latinas “sine nobilitate” (sin nobleza), abreviadas así: “s. nob”.
La palabra así formada, “snob”, se aplica hoy al que no poseyendo nobleza, elegancia y otros atributos semejantes, hace lo posible por parecerse a quienes cree que los tiene. En español, esnob.
Otra palabra de importación inglesa, ya incorporada a nuestro idioma, es tráiler, cuyo significado es “remolque de un camión”, o en lenguaje cinematográfico, “avance” (de una película).
Pero las que no existen en nuestra lengua, a pesar de la cantidad de veces que se oyen, son referi, apropiación indebida del vocablo inglés “referee”, árbitro en español, y amateur, vocablo francés usado indebidamente en el lenguaje deportivo en lugar de “no profesional” o aficionado, que es lo que significa en nuestro idioma.

Luque Maricarmen

Términos de procedencia extranjera

Hay palabras en español, de creación extranjera, cuya asimilación y pronunciación presentan dificultades en nuestra lengua. Tal sucede con el término informático CD-ROM, el cual ya aparece en la última edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Y aunque está así escrito, es necesario saber que su pronunciación correcta en español es cederrón, como aparece también en el Diccionario. El CD-ROM, que como saben, es el “disco compacto que contiene información no modificable y está fabricado en serie mediante matrices”.
Disco compacto, amigos, no “compact-disc”, como se empecinan en decir los que se resisten a emplear la traducción española.
Una palabra italiana que ya nos pertenece es “ciabatta”, pero adecuada a nuestra ortografía y pronunciación como chapata. La chapata es un “pan crujiente de forma aplastada y alargada”. En cuanto al vocablo chapurreo, no olvidemos que es “la torpeza en el habla del que no domina un idioma”. Y son muchos los que piensan que lo dominan, cuando en realidad lo que hacen es chapurrearlo, que nada tiene que ver con expresarse en él correctamente.
Con frecuencia aparecen dudas en la acentuación de las palabras elite y cenit. Conviene saber que en ambas ya está permitida la doble acentuación. Por lo que “la minoría selecta” será la elite o la élite, más culta la primera forma que la segunda.
Asimismo, el “punto culminante o momento de apogeo de alguien o algo” será el cenit o el cénit, cargando la fuerza de la pronunciación en la última o en la penúltima sílaba, respectivamente.
También surge la duda sobre el género de la palabra azúcar; ¿es masculina o femenina? ¿azúcar refinada o azúcar refinado? ¿azúcar morena o azúcar moreno? Pues de cualquier manera, ya que su género es ambiguo. Pero, cuidado, porque en plural siempre será masculina: los azúcares.
Son precisiones del lenguaje que nunca viene mal hacer.

Luque Maricarmen

Sobran palabras y reflexiones: Profundo dolor

El mundo entero está de luto. La tragedia del maremoto que ha asolado las costas del Océano Indico nos ha sumido a todos en el más profundo dolor. Sobran palabras y reflexiones. Todo está dicho ya. Sólo nos queda levantar los ojos al cielo y suplicar por aquellos sobre los que se ha ensañado la fatalidad. Y solidarizarnos con ellos. De la manera que sea, hay muchas, haciéndonos partícipes de su desgracia.
Tsunami es hoy la palabra maldita. La palabra, de origen japonés, es “una ola gigantesca causada por un maremoto”. Como el que se ha llevado por delante ciudades, pueblos, aldeas y hasta islas enteras. Y miles de vidas humanas.
A lo largo de la historia se ha producido este fenómeno natural en varias ocasiones, siempre con efectos devastadores.
En 1876, una ola de 15 metros de altura se estrelló contra la costa de la bahía de Bengala alcanzando 365 kilómetros cuadrados tierra adentro y ocasionando la muerte a unas 25 mil personas.
Otro tsunami se produjo en 1883 en Indonesia, alrededor de la isla de Krakatoa, de unos 30 metros, que se pudo percibir en todos los mares del mundo.
El 1 de abril de 1946, los grandes fondos marinos del Pacífico norte, frente a Alaska, se vieron sacudidos por un maremoto que originó otro tsunami tan fuerte que, cuatro horas más tarde, la ola había cruzado 3 mil 600 kilómetros de océano a la increíble velocidad de 900 kilómetros por hora.
Aunque dicen que el mayor tsunami de los registrados en épocas históricas alcanzó los 85 metros de altura, chocando contra la isla Ishigaki, en Japón, en el año 1771, desprendiendo un enorme bloque de coral de 750 toneladas que salió proyectado hasta caer a dos kilómetros y medio de distancia.
Pero, más antiguo y mayor fue el que se supone que se produjo hace unos mil años. Un descomunal tsunami de 300 metros de altura que chocó contra las costas de Hawai.
Sin embargo, los expertos consideran que el del día 26 de diciembre de 2004 ha sido el más mortífero de la historia.
Triste récord el que se apuntó este año antes de abandonarnos.

Luque Maricarmen

Una paella para Proteo

¿Sabían, amigos, que Proteo es una divinidad marina de la mitología griega, llamada también “El Viejo Mar”? Tenía la facultad de conocer el futuro, pero nunca lo revelaba, a no ser que le obligaran a ello. Para evitarlo, cambiaba de forma a su antojo, y lo hacía con frecuencia para ocultarse de los mortales.
Del griego pasó al español la palabra proteo como adjetivo, que califica a las personas inconstantes, al hombre que cambia frecuentemente de opiniones y afectos.Todos hemos disfrutado alguna vez de una rica paella, ese guiso de arroz con carne, pescado, marisco, legumbres, originario de un lugar del Levante español, llamado Valencia.
Pero la paella no sólo es el nombre del guiso, sino también del recipiente donde éste se elabora. De manera que ese recipiente de hierro, de poco fondo y con dos asas, que sirve para hacer la paella se puede llamar paella o paellera.
Entre los anglicismos que nos invaden figura la palabra “lunch”, que literalmente se traduce por “comida ligera”. En el español de este lado del Atlántico tomó la forma “lonche” y, de hecho, algunos locales donde se sirve comida son llamados “loncherías”, aunque ninguna de las dos palabras está recogida en el Diccionario de la Academia.
Sí existe, sin embargo, en español el vocablo loncha: “trozo pequeño y delgado de algo”, (loncha de jamón, loncha de carne, de tocino.)
Y aunque la palabra lonja es casi idéntica a loncha, pues significa “cosa larga, ancha y poco gruesa, que se corta o separa de otra”, no hay que olvidar que el otro sentido muy conocido de lonja es “edificio donde se juntan mercaderes y comerciantes para sus tratos y comercios”.
Y terminamos puntualizando que tanto da lucubrar como elucubrar, ya que los dos verbos significan “imaginar sin mucho fundamento”, o “hacer una divagación complicada y con apariencia de profundidad”. Y es claro que las lucubraciones o elucubraciones son inútiles y sólo conducen al desconcierto.

Luque Maricarmen

martes, 31 de marzo de 2009

El espanglish levanta pasiones

Alguna vez, desde este espacio, he hablado sobre el tema del espanglish, un tema que, como todos los relacionados con la lengua, levanta pasiones.
Habrá quien piense que hay otros asuntos urgentes y merecedores de más atención, claro que sí. Pero de esos no hay que hablar ni discutir, esos hay que arreglarlos. Mientras que la lengua, nuestra lengua, no necesita arreglo, sino respeto. Basta con que a los que la hablamos nos preocupe su buen uso.
Y vuelvo sobre el asunto del espanglish por la polémica surgida alrededor de un artículo periodístico en defensa del mismo.
Es una realidad que el espanglish, esa lengua híbrida utilizada por personas que no han tenido acceso a la enseñanza de ninguna de las dos lenguas que lo componen, español e inglés, está ahí. Pero de ahí, a pasar a su defensa y apología como lengua de comunicación es pura demagogia. Y como toda demagogia, no responde sino al deseo de ser reconocido como defensor de las causas débiles.
Flaca defensa es la de quien defiende algo carente de calidad, que surgió de la necesidad de comunicarse, hablantes desconocedores de la lengua en que habían de expresarse, en lugar de proponer y alentar la creación de medios e instrumentos para que esos “espanglohablantes”, si es que sirve la palabreja, puedan expresarse con corrección en las dos lenguas que necesitan, pero que sólo chapurrean.
Y no vale establecer un paralelismo entre el espanglish y las lenguas románicas que surgieron del contacto del latín con las de los pueblos que iban dominando.
Porque, si bien el latín ya estaba en el inicio del proceso de descomposición, y las lenguas con que se juntaba eran lenguas primitivas y poco desarrolladas, en cambio el español y el inglés son lenguas firmemente consolidadas, con un largo historial literario y en constante expansión. No me parece el mejor camino para la integración alentar el uso de una pseudolengua que, a la larga, se convertirá en seña discriminatoria de los que, por razones ajenas a su voluntad, no tuvieron la oportunidad de aprender bien su lengua materna ni la del país de adopción. Aprender o afianzar la lengua materna para usarla con dignidad y sin absurdos complejos y adoptar el inglés como instrumento de comunicación preferente, por ser la lengua del país donde viven, es el mejor camino para integrarse y evitar una dolorosa pérdida de identidad.

Luque Maricarmen