El lenguaje periodístico ha conseguido crear un barullo en torno a estas palabras por el uso indebido de alguna de ellas. Por eso vamos a hacer unas precisiones.
Los verbos cesar y dimitir son de uso intransitivo, por lo que su acción no recae sobre otro (objeto directo), sino sobre el propio sujeto. A nadie se le cesa o se le dimite, es uno mismo el que lo hace cuando deja de desempeñar un empleo o cargo, porque cesar es dejar de hacer lo que se está haciendo. De modo que uno mismo es el que cesa, dimite o renuncia. Lo que sí pueden hacerle es destituirle, separándolo del cargo que ejerce, pues tal es el significado del verbo destituir. Por eso están mal expresados encabezamientos de noticias como éste: “El director cesó a varios ejecutivos de la empresa”.
La cuestión de los latinismos, esas locuciones o palabras que pasaron del latín a nuestra lengua y en ella se quedaron, a veces plantean dudas. Las hay de uso más o menos frecuente. De todos conocidas son las expresiones “lapsus linguae” y “lapsus cálami”, con sus respectivos significados de “error involuntario que se comete al hablar” y “error involuntario que se comete al escribir”. La involuntariedad de ambos procede del sentido inicial de la palabra latina “lapsus”, que es la falta o error que se comete por descuido.
“Maremágnum”, en latín, o maremagno, en la forma castellanizada, significa “confusión, y “masa confusa y numerosa de personas o cosas”. Por ejemplo: En el maremágnum de la pasión, descuidó la importante misión que tenía. Aquella manifestación popular se convirtió en un maremagno donde nadie sabía qué defendía.
Y por último “circum”, cuyo significado es “alrededor de”, es una partícula latina que en la forma “circun” pasa a formar parte de muchas palabras de nuestra lengua. Dos de ellas, circunvalación, “rodeo que se hace de un lugar” y circunvolución, “giro o vuelta en el aire”, son fácilmente confundibles, pero, vean la diferencia: “Hizo la primera circunvalación a la isla en una pequeña balsa, mientras las gaviotas hacían circunvoluciones en torno a la nave”, (volando, claro está).
Luque Maricarmen
La Dichosa Palabra es un programa cultural que se transmite por Canal 22 de la Ciudad de México en donde se hace una apología de la cultura, los libros y el buen hablar de la lengua española. Este blog tiene la la finalidad de mejorar el uso de nuestro idioma. No tiene ninguna relación con el programa antes citado a excepción del objetivo.
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miércoles, 22 de abril de 2009
Regalos: lingüísticos de los medios
No deja uno de sorprenderse ante los regalos lingüísticos con que nos obsequian con excesiva frecuencia los medios de comunicación.
En un programa de radio que hacía publicidad de un instituto de belleza, oí al locutor referirse al director del mismo con las elogiosas palabras de “especialista en estética y nutrística”.
Si lo que quería era redondear la frase con una rima consonante, lo consiguió; pero lo hizo endilgándonos un palabro espantoso e inexistente.
Se puede ser especialista en nutrición, no en nutrística. Y el que tiene tal especialidad es el nutricionista. Y al hilo de la raíz, según un diccionario de uso, aunque aún no aparece en el diccionario de la Real Academia Española, la nutrología es la parte de la medicina que trata de la nutrición, por lo que el nutrólogo, (no nutriólogo) será el especialista en nutrología.
Un profesional de la radio o del radio (son válidos ambos géneros para referirse al radiorreceptor, sin embargo, radiodifusión es femenino), aunque de uso ambiguo en los distintos lugares del ámbito hispanohablante; pues bien, un locutor decía por el micrófono que “según se iban contabilizando los votos, estaba más cerca de saberse quién detentaría el poder”.
Pero el caso es que los votos no iban contabilizándose, sino contándose. Porque no es lo mismo contar que contabilizar.
Contar es numerar o computar cosas para saber cuántas hay. Contabilizar es apuntar la cantidad en los libros de cuentas. Y en cuanto al poder, sólo se detenta cuando se ejerce ilegítimamente; en los demás casos se desempeña, se ocupa o simplemente se ejerce.
Son algunas muestras, amigos, de los errores lingüísticos que ocasionalmente vuelan por las ondas hertzianas. Lo importante es detectarlos y no hacerlos nuestros.
Luque Maricarmen
En un programa de radio que hacía publicidad de un instituto de belleza, oí al locutor referirse al director del mismo con las elogiosas palabras de “especialista en estética y nutrística”.
Si lo que quería era redondear la frase con una rima consonante, lo consiguió; pero lo hizo endilgándonos un palabro espantoso e inexistente.
Se puede ser especialista en nutrición, no en nutrística. Y el que tiene tal especialidad es el nutricionista. Y al hilo de la raíz, según un diccionario de uso, aunque aún no aparece en el diccionario de la Real Academia Española, la nutrología es la parte de la medicina que trata de la nutrición, por lo que el nutrólogo, (no nutriólogo) será el especialista en nutrología.
Un profesional de la radio o del radio (son válidos ambos géneros para referirse al radiorreceptor, sin embargo, radiodifusión es femenino), aunque de uso ambiguo en los distintos lugares del ámbito hispanohablante; pues bien, un locutor decía por el micrófono que “según se iban contabilizando los votos, estaba más cerca de saberse quién detentaría el poder”.
Pero el caso es que los votos no iban contabilizándose, sino contándose. Porque no es lo mismo contar que contabilizar.
Contar es numerar o computar cosas para saber cuántas hay. Contabilizar es apuntar la cantidad en los libros de cuentas. Y en cuanto al poder, sólo se detenta cuando se ejerce ilegítimamente; en los demás casos se desempeña, se ocupa o simplemente se ejerce.
Son algunas muestras, amigos, de los errores lingüísticos que ocasionalmente vuelan por las ondas hertzianas. Lo importante es detectarlos y no hacerlos nuestros.
Luque Maricarmen
sábado, 18 de abril de 2009
Pendiente del lenguaje periodístico
Siempre pendiente del lenguaje periodístico, por ser el que llega al gran público, es necesario señalar que, sobre todo en las secciones informativas, son permitidas ciertas licencias para atraer la atención del lector hacia determinadas cuestiones. Pero cuando esa licencia raya en el error, éste debe ser marcado de alguna manera (cambiando el tipo de letra, encerrándolo entre comillas…) de manera que no siembre dudas idiomáticas.
Porque hace tiempo me encontré en la primera página de un prestigioso periódico algo tan sorprendente como: México es prioridad secundaria para E.U.
Si la prioridad es “la anterioridad o preferencia de algo respecto de otra cosa”, esa prioridad no puede ser secundaria, que es “lo segundo en orden y no principal”. Ambos términos son irreconciliables. No puede usarse un adjetivo con sentido opuesto al sustantivo que califica.
Tal sucede con el adjetivo humanitario que tantas veces vemos en estos días escrito en la prensa nacional y extranjera de habla española. Es la peor catástrofe humanitaria… El desastre humanitario ha desbordado todas las predicciones. La crisis humanitaria no ha hecho más que empezar…
Humanitario-a es un adjetivo que se aplica a lo que mira o se refiere al bien del género humano. Equivale a benigno, caritativo o benéfico. También se aplica humanitario a lo que tiene como finalidad aliviar los efectos que causan la guerra u otras calamidades en las personas que las padecen. Se habla, y se habla bien, de ayuda humanitaria, de asistencia humanitaria, de fines humanitarios; pero calificar una crisis, un desastre o una catástrofe de “humanitarios” es como producir un “cortocircuito” lingüístico.
Y menos grave, pero inadecuado es utilizar el verbo declinar para referirse al indicador bursátil, así: “declinó el 1.79 por ciento el principal indicador”. Declina la salud, la inteligencia, la hermosura, o declina el día cuando camina a su fin, pero elegir un verbo tan poético para algo tan prosaico… El principal indicador de la Bolsa desciende, cae, baja, disminuye, etc. ¡Hay tantos…! La semana que viene, más. ¡Felices días!
Luque Maricarmen
Porque hace tiempo me encontré en la primera página de un prestigioso periódico algo tan sorprendente como: México es prioridad secundaria para E.U.
Si la prioridad es “la anterioridad o preferencia de algo respecto de otra cosa”, esa prioridad no puede ser secundaria, que es “lo segundo en orden y no principal”. Ambos términos son irreconciliables. No puede usarse un adjetivo con sentido opuesto al sustantivo que califica.
Tal sucede con el adjetivo humanitario que tantas veces vemos en estos días escrito en la prensa nacional y extranjera de habla española. Es la peor catástrofe humanitaria… El desastre humanitario ha desbordado todas las predicciones. La crisis humanitaria no ha hecho más que empezar…
Humanitario-a es un adjetivo que se aplica a lo que mira o se refiere al bien del género humano. Equivale a benigno, caritativo o benéfico. También se aplica humanitario a lo que tiene como finalidad aliviar los efectos que causan la guerra u otras calamidades en las personas que las padecen. Se habla, y se habla bien, de ayuda humanitaria, de asistencia humanitaria, de fines humanitarios; pero calificar una crisis, un desastre o una catástrofe de “humanitarios” es como producir un “cortocircuito” lingüístico.
Y menos grave, pero inadecuado es utilizar el verbo declinar para referirse al indicador bursátil, así: “declinó el 1.79 por ciento el principal indicador”. Declina la salud, la inteligencia, la hermosura, o declina el día cuando camina a su fin, pero elegir un verbo tan poético para algo tan prosaico… El principal indicador de la Bolsa desciende, cae, baja, disminuye, etc. ¡Hay tantos…! La semana que viene, más. ¡Felices días!
Luque Maricarmen
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miércoles, 15 de abril de 2009
¡Alerta!, con los errores: del lenguaje periodístico
En una época como la nuestra en que la información recorre en segundos distancias inabarcables, e invade y satura nuestro mundo sin darnos apenas tiempo de examinar el vehículo empleado, la palabra, los errores del lenguaje periodístico vuelan y traspasan fronteras, y se incorporan frecuentemente a nuestra forma de expresión, siendo aceptados por el gran público como norma a seguir.
Por eso, es preciso estar alerta, con oído atento y crítico, para poder desbrozar el mensaje de los yerros, incorrecciones y desatinos que con demasiada frecuencia lo acompañan.
Leemos: “Para comprobarle a la gente que hay corrupción en el sistema…”, pero a la gente no se le comprueba, se le demuestra. Se comprueba, cuando se verifica o confirma su veracidad o exactitud. Y una vez comprobado, se demuestra o se prueba a la gente que hay corrupción.
Larga fue la polémica que surgió a raíz de la aparición de esa píldora anticonceptiva, bautizada en muchos lugares hispanohablantes, como la píldora “del día después”. Y la expresión, como otras muchas, es de procedencia sajona.
Nos llegó a través de aquella película exitosa The day after, que conservando su título original, se tradujo por “El día después”.
Después, en español, es un adverbio, por lo que no puede calificar al sustantivo “día” como si de un adjetivo se tratara. “El día después”, en español, es el día siguiente, debidamente sustituido el adverbio “después” por el adjetivo siguiente, ya que éste, el adjetivo, es el elemento que califica al sustantivo.
Según esto, no debe decirse “el día después”, ni “la hora después”, ni “el minuto después”, sino el día, la hora o el minuto siguiente.
Sí es apropiado, sin embargo, el uso de las frases: “un día después”, “una hora después” o “un minuto después”, empleadas como magnitudes de tiempo.
La regla gramatical dice que el adjetivo califica al nombre, y el adverbio modifica al verbo.
A pesar de lo cual, no seré yo quien condene la hermosa expresión mexicana “que te vaya bonito”, donde el verbo ir es modificado por un adjetivo en lugar de un adverbio. Es una frase de despedida tan bella y desbordante de buenos deseos, que me uno a su uso deseándoles, amigos, eso, que les vaya bonito.
Luque Maricarmen
Por eso, es preciso estar alerta, con oído atento y crítico, para poder desbrozar el mensaje de los yerros, incorrecciones y desatinos que con demasiada frecuencia lo acompañan.
Leemos: “Para comprobarle a la gente que hay corrupción en el sistema…”, pero a la gente no se le comprueba, se le demuestra. Se comprueba, cuando se verifica o confirma su veracidad o exactitud. Y una vez comprobado, se demuestra o se prueba a la gente que hay corrupción.
Larga fue la polémica que surgió a raíz de la aparición de esa píldora anticonceptiva, bautizada en muchos lugares hispanohablantes, como la píldora “del día después”. Y la expresión, como otras muchas, es de procedencia sajona.
Nos llegó a través de aquella película exitosa The day after, que conservando su título original, se tradujo por “El día después”.
Después, en español, es un adverbio, por lo que no puede calificar al sustantivo “día” como si de un adjetivo se tratara. “El día después”, en español, es el día siguiente, debidamente sustituido el adverbio “después” por el adjetivo siguiente, ya que éste, el adjetivo, es el elemento que califica al sustantivo.
Según esto, no debe decirse “el día después”, ni “la hora después”, ni “el minuto después”, sino el día, la hora o el minuto siguiente.
Sí es apropiado, sin embargo, el uso de las frases: “un día después”, “una hora después” o “un minuto después”, empleadas como magnitudes de tiempo.
La regla gramatical dice que el adjetivo califica al nombre, y el adverbio modifica al verbo.
A pesar de lo cual, no seré yo quien condene la hermosa expresión mexicana “que te vaya bonito”, donde el verbo ir es modificado por un adjetivo en lugar de un adverbio. Es una frase de despedida tan bella y desbordante de buenos deseos, que me uno a su uso deseándoles, amigos, eso, que les vaya bonito.
Luque Maricarmen
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