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viernes, 14 de febrero de 2014

Sobre el estornudo

Sobre el estornudo hay mucho escrito. El origen de la palabra está en el verbo latino sternutāre tomado literalmente del sonido que causa el que estornuda como si exprimiera las tres primeras consonantes del vocablo latino str. La verdadera raíz del verbo estornudar como la de todas las palabras que pertenecen al lenguaje de la naturaleza es la armonía imitativa, esa grande y maravillosa etimología de la creación. Los antiguos daban al estornudo distintos agüeros: era señal fatal si se estornudaba hacia la izquierda y augurio favorable si se hacía hacia la derecha, presagio de felicidad para el que estornudaba al nacer. Señal de buen agüero si se estornudaba por la tarde, malo si se hacía por la mañana y peor si se producía al salir de la cama.
En la antigüedad se llamó al estornudo “pequeña muerte” pues se creía que al estornudar el alma se separaba del cuerpo. Pero, de dónde vienen las expresiones que se dirigen hacia el que estornuda: en tiempo de Aristóteles el estornudo era tenido como algo divino razón por la que al estornudaba se le decía “Vive! que Zeus te salve”. Los romanos decían “Salve!”, nadie era indiferente a un estornudo y si no había quién saludara al estornudador el mismo lo hacía.
Cómo el estornudo era muchas veces aviso de resfriado y parece que en la peste que sacudió Roma en el siglo VI los infectados morían estornudando se impuso la costumbre entre los cristianos de responder a un estornudo ajeno con las expresiones de “Dios te bendiga”, “Jesús” o “Salud” con el fin de espantar la enfermedad.
Avicena, un médico árabe del siglo X, explicaba la costumbre del saludo al considerar el estornudo como señal de un desorden físico, por lo que era bueno desearle salud y pedir a Alá que lo librara del mal. Los alemanes ante el estornudo también dicen “salud”, los italianos “felicidad”. En la cultura anglosajona se dice “un estornudo un deseo, dos estornudos un beso, tres estornudos algo mucho mejor”.
El escritor y ensayista francés del siglo XVI Montaigne escribe sobre el estornudo éstas palabras: “¿Me preguntáis de dónde proviene esa costumbre de bendecir a los que estornudan? Nosotros producimos tres clases de viento: el que sale por abajo es demasiado puerco, el que exhala nuestra boca lleva algún reproche de glotonería, el tercero es el estornudo y porque viene de la cabeza y no es acreedor de censura le dedicamos honroso recibimiento, no os burléis de esta sutileza de la cuál Aristóteles es el padre.
Curiosa y larga historia la del estornudo. De las diferentes interpretaciones que se le ha dado a través del tiempo y las distintas expresiones que lo acompañan.

Maricarmen Luque

miércoles, 13 de mayo de 2009

¿Es lógico el lenguaje?

No hace mucho, me encontré con un interesante artículo del académico Emilio Lorenzo acerca de la lógica y el lenguaje, y les paso algunas reflexiones sobre el mismo.
El respeto, mezclado con temor, que siempre ha infundido la gramática a quienes acuden a ella en busca de orientación empuja a buscar apoyo, cuando no es suficientemente explícita, en la lógica o el sentido común, aunque no siempre éstos nos dan la solución.
Porque, por ejemplo, nadie discute la redundancia de la frase “a tu hermana la vi ayer en el museo”. El pronombre “la” lógicamente sobra; pero el uso caprichoso del hablante lo impuso, y hoy sería difícilmente aceptable la misma frase sin el “la”: “a tu hermana vi ayer en el museo”.
Y es que las paradojas del idioma son incontables: el sufijo diminutivo “ino” no es tan frecuente como “ito” o “illo”, y aunque se registran casos como palomino, golondrino, etcétera, es inexplicable que pollino, que siempre fue “hijo o cría de aves o cuadrúpedos”, hoy sea “un asno joven”. Como ejemplo de lógica absurda es el de la identidad entre una botella “medio llena” y otra “medio vacía”, donde pueden entrar valoraciones subjetivas ajenas a la objetividad.
El lenguaje humano sometido siempre a las veleidades del hablante no es un modelo de funcionamiento lógico.
Cuatrocientos millones de personas hablamos el mismo idioma, pero, incluso en una misma familia se descubren diferencias, los llamados idiolectos que son los rasgos propios de la forma de expresarse de un individuo. Porque cada hablante y cada oyente parte de posiciones, ideas, sentimientos e intereses distintos.
Prescindiendo de los cambios de significado que a lo largo de la historia sufren muchos vocablos, la experiencia individual, el entorno geográfico y social y múltiples circunstancias imprimen a las palabras matices y distorsiones que pocas veces tienen que ver con la lógica.
Fíjense si no, ¿por qué se llama “ajusticiar” cuando se da muerte al reo condenado a ella, y no cuando se le declara inocente? Es que la justicia sólo condena? Cuando salva, ¿no es justicia?
Aquí, amigos, una vez más falló la lógica.

Luque Maricarmen

sábado, 2 de mayo de 2009

El lenguaje de los pirahãs

Les comento un artículo periodístico sobre un caso, que en pleno siglo XXI parece increíble. Se trata del apasionante estudio del lingüista y antropólogo, profesor de la Universidad de Manchester, Daniel Everet, quien con su esposa y tres hijos convivió durante veinticinco años en la selva amazónica con los indígenas pirahãs.
Los pirahãs, una tribu de doscientos individuos, llevan comunicándose desde hace más de doscientos años en un “idioma” extraño, que consta de sólo ocho consonantes (siete para las mujeres) y tres vocales. No tiene números ni palabras que expresen magnitudes, como todo, algo, poco.
Durante un año, los Everet trataron de enseñarles a contar hasta 10 en portugués y a sumar cantidades inferiores a ese número, pero ninguno fue capaz de hacerlo. Afirman los indígenas que ellos tienen la cabeza diferente, y se autodenominan “cabezas rectas”, mientras llaman “cabezas torcidas” a los extranjeros.
En la lengua de los pirahãs no existen los tiempos verbales pasados ni futuros, por lo que carecen de conciencia histórica y restringen la comunicación a la experiencia inmediata. No tienen dioses ni contemplan el mito de la creación, y son incapaces de abstraer y de crear ficciones, por lo que en su cultura no aparecen muestras de arte, pintura o escultura.
Lo más sorprendente para los lingüistas es que los pirahãs parecen incapaces de crear en su lengua oraciones subordinadas, esto es, introducir oraciones en otras oraciones, recurso utilizado en todos los idiomas, lo que contradice la teoría, mayoritariamente aceptada, del lingüista Chomsky, según la cual existe una gramática universal que rige las distintas formas de expresión del género humano.
Pero la cantidad de limitaciones del lenguaje de los “cabezas rectas” no implica discapacidad en estos individuos. Según el investigador Everet, su lengua es compleja y tiene un complicadísimo sistema prosódico. Además son gente brillante y divertida que juega, miente y goza de un gran sentido del humor, aunque su esquema mental responda a una inmediatez absoluta.
Amigos, no deja uno de sorprenderse.

Luque Maricarmen

Adjetivos,elementos indispensables en el lenguaje

¿Cuántas veces, amigos, hablando o escribiendo, les sucede que no encuentran el calificativo adecuado para aquello que quieren calificar? A mí también.
Y es que el adjetivo, esa palabra que califica al sustantivo, es un elemento indispensable para dar fuerza descriptiva a nuestro lenguaje.
Usarlo en exceso, como todo, es un error, pues hace la expresión recargada y barroca. Pero acertar con el calificativo preciso en una plática o en un escrito es un acierto para el que está hablando o escribiendo.
Muchas veces he pensado que en la escuela, así como nos obligaban a aprender listas interminables de verbos irregulares en inglés, así nos deberían haber surtido de un buen acervo de adjetivos, en español, con sus significados correspondientes, para echar mano de ellos cuando los necesitáramos.
Y de esa forma, se evitaría el uso constante de “bonito, lindo, bueno, malo, padre”… y pocos más, para todo. E incluso llega a ocurrir que la opinión requerida sobre una película, por ejemplo, se resume en un lacónico: “me gustó”, “es buena” o “es mala”, sin más; porque nos faltan los calificativos oportunos para expresar una opinión certera sobre esa película.
Ocurre con frecuencia, que al intentar calificar algo o a alguien, ante la falta del adjetivo oportuno, se recurre a la frase adjetiva, la cual explica la significación de ese adjetivo ausente. Por ejemplo “Las personas (que carecen de fuerza de voluntad) abúlicas no superan las dificultades de la vida” o “las indicaciones (que se expresan en pocas palabras) claras y concisas son más (fáciles de entender) inteligibles”.
Y más breve resulta, decir “ese autor no me gusta porque emplea un lenguaje macarrónico”, que “no me gusta porque emplea un lenguaje vulgar faltando a las normas de la gramática y del buen gusto”, que es en realidad lo que significa macarrónico.
Pues para eso están los adjetivos, para expresar en una sola palabra todo un contenido de cualidades, sin necesidad de explicaciones.

Luque Maricarmen

Hablamos y escribimos un idioma rico

La verdad, amigos, es que hablamos y escribimos en un idioma rico, expresivo y bello. Nuestra lengua posee tantos matices, que una sola raíz cuando está acompañada de los distintos afijos (prefijos y sufijos) aportados por las diversas lenguas que conformaron la nuestra, genera múltiples significados, aumentando casi indefinidamente el número de vocablos. Y así, nuestra capacidad de expresión es casi ilimitada. Es sorprendente, sin embargo, que la mayoría de los hablantes nos conformemos con un reducido número de términos para hacernos entender. Cierto que el fin primordial del lenguaje es la comunicación, pero, ¿por qué desperdiciar las infinitas posibilidades de nuestro idioma para comunicarnos mejor? ¿Y por qué no reflexionar sobre él de vez en cuando?
Para hacerlo les propongo algunas palabras sobre las qué pensar. El sentido del sufijo aumentativo “on” es aumentar o añadir intensidad. Sin embargo, a veces hace lo contrario. Por eso vemos que la pluma es cada una de las piezas que forman la cubierta exterior (plumaje) de un ave, mientras el plumón, que nace en la parte más interior, es más suave y más pequeña.
La rata es un roedor de unos 36 centímetros, con cola incluida, más grande que ratón, que no pasa de los 20 centímetros y, curiosamente, frente a pelo está pelón que significa carencia de lo que expresa la palabra de que procede. Curiosidades del lenguaje.
Los prefijos “ante” y “anti” a veces son confundidos. “Ante” denota anterioridad y equivale a “antes”. “Anti” es lo opuesto y equivale a “contra”. Por eso, anteayer es antes de ayer, anteproyecto, antes del proyecto. Así como antitusígeno es contra la tos, y antisocial, opuesto a la sociedad. Con esto queda aclarada la duda sobre si a lo que sucedió antes del diluvio, me refiero al diluvio universal, cuando Noé se encerró en un arca con una pareja de cada especie animal, se le aplica el calificativo antidiluviano o antediluviano. Y por extensión, se califica de antediluviano a lo que es antiquísimo.

Luque Maricarmen

miércoles, 22 de abril de 2009

El dudoso lenguaje habitual

Atendiendo a consultas hechas por lectores asiduos de esta sección, vamos a revisar algunas palabras del lenguaje habitual que plantean dudas.
Muchas veces se llama fonazo a la llamada telefónica, sin reparar en que ese vocablo no existe en español. La única explicación de su uso es el contagio del inglés “phone”, pero en nuestro idioma, una llamada telefónica es un telefonazo, no un fonazo.
Afocar es un término que se utiliza con frecuencia aquí, en México. Sin embargo, cuando queremos centrar la imagen, o en el manejo de la cámara fotográfica, “centrar en el visor la imagen que se quiere obtener”, el verbo adecuado es enfocar, formado con el prefijo latino “in” (“en” o “dentro de” en castellano); enfocar, mejor que afocar. La acción de enfocar es el enfoque, y cuando la imagen pierde el enfoque es que está desenfocada.
Hay quien confunde el dintel con el umbral. El dintel de una puerta o ventana es la parte superior que carga sobre las piezas laterales verticales que lo sostienen. Estas piezas se llaman jambas. El umbral, sin embargo, es la parte inferior o escalón contrapuesto al dintel. De manera que, resumiendo, al entrar o al salir pisamos el umbral y pasamos bajo el dintel el cual se apoya en las jambas.
Relajarse, relajación y relajamiento son vocablos de origen latino cuyo sentido genérico es “distender”. Desde siglos se usaron para significar aflojamiento o alivio en el trabajo y esparcimiento del ánimo. También, cuando las costumbres se corrompen o envician se dice que se relajan.
Pero, desde hace unos años, la palabra relax, de naturaleza inglesa pero de origen latino, vino a ennoblecer el verbo relajarse y sus derivados, pues se ha convertido en el ideal psicohigiénico de nuestro tiempo.
Claro que al hablar y escribir no conviene relajarse en exceso, sino mantener las neuronas tensas y estar alerta en el buen uso de la lengua.

Luque Maricarmen

Las palabras polisémicas

Atendiendo a consultas hechas por lectores asiduos de esta sección, vamos a revisar algunas palabras del lenguaje habitual que plantean dudas.
Muchas veces se llama fonazo a la llamada telefónica, sin reparar en que ese vocablo no existe en español. La única explicación de su uso es el contagio del inglés “phone”, pero en nuestro idioma, una llamada telefónica es un telefonazo, no un fonazo.
Afocar es un término que se utiliza con frecuencia aquí, en México. Sin embargo, cuando queremos centrar la imagen, o en el manejo de la cámara fotográfica, “centrar en el visor la imagen que se quiere obtener”, el verbo adecuado es enfocar, formado con el prefijo latino “in” (“en” o “dentro de” en castellano); enfocar, mejor que afocar. La acción de enfocar es el enfoque, y cuando la imagen pierde el enfoque es que está desenfocada.
Hay quien confunde el dintel con el umbral. El dintel de una puerta o ventana es la parte superior que carga sobre las piezas laterales verticales que lo sostienen. Estas piezas se llaman jambas. El umbral, sin embargo, es la parte inferior o escalón contrapuesto al dintel. De manera que, resumiendo, al entrar o al salir pisamos el umbral y pasamos bajo el dintel el cual se apoya en las jambas.
Relajarse, relajación y relajamiento son vocablos de origen latino cuyo sentido genérico es “distender”. Desde siglos se usaron para significar aflojamiento o alivio en el trabajo y esparcimiento del ánimo. También, cuando las costumbres se corrompen o envician se dice que se relajan.
Pero, desde hace unos años, la palabra relax, de naturaleza inglesa pero de origen latino, vino a ennoblecer el verbo relajarse y sus derivados, pues se ha convertido en el ideal psicohigiénico de nuestro tiempo.
Claro que al hablar y escribir no conviene relajarse en exceso, sino mantener las neuronas tensas y estar alerta en el buen uso de la lengua.

Luque Maricarmen

El honor de la palabra: El barullo del lenguaje periodístico

El lenguaje periodístico ha conseguido crear un barullo en torno a estas palabras por el uso indebido de alguna de ellas. Por eso vamos a hacer unas precisiones.
Los verbos cesar y dimitir son de uso intransitivo, por lo que su acción no recae sobre otro (objeto directo), sino sobre el propio sujeto. A nadie se le cesa o se le dimite, es uno mismo el que lo hace cuando deja de desempeñar un empleo o cargo, porque cesar es dejar de hacer lo que se está haciendo. De modo que uno mismo es el que cesa, dimite o renuncia. Lo que sí pueden hacerle es destituirle, separándolo del cargo que ejerce, pues tal es el significado del verbo destituir. Por eso están mal expresados encabezamientos de noticias como éste: “El director cesó a varios ejecutivos de la empresa”.
La cuestión de los latinismos, esas locuciones o palabras que pasaron del latín a nuestra lengua y en ella se quedaron, a veces plantean dudas. Las hay de uso más o menos frecuente. De todos conocidas son las expresiones “lapsus linguae” y “lapsus cálami”, con sus respectivos significados de “error involuntario que se comete al hablar” y “error involuntario que se comete al escribir”. La involuntariedad de ambos procede del sentido inicial de la palabra latina “lapsus”, que es la falta o error que se comete por descuido.
“Maremágnum”, en latín, o maremagno, en la forma castellanizada, significa “confusión, y “masa confusa y numerosa de personas o cosas”. Por ejemplo: En el maremágnum de la pasión, descuidó la importante misión que tenía. Aquella manifestación popular se convirtió en un maremagno donde nadie sabía qué defendía.
Y por último “circum”, cuyo significado es “alrededor de”, es una partícula latina que en la forma “circun” pasa a formar parte de muchas palabras de nuestra lengua. Dos de ellas, circunvalación, “rodeo que se hace de un lugar” y circunvolución, “giro o vuelta en el aire”, son fácilmente confundibles, pero, vean la diferencia: “Hizo la primera circunvalación a la isla en una pequeña balsa, mientras las gaviotas hacían circunvoluciones en torno a la nave”, (volando, claro está).

Luque Maricarmen

Envejecer dignamente; ojalá

En un artículo sobre el envejecimiento de la población mundial, leo que el número de personas mayores de 65 años crece en porcentaje del 2.5 anual. (Por cierto, cuando se usa la palabra “porcentaje”, no debe emplearse el signo junto al número).
Esto quiere decir que dentro de 25 años, uno de cada tres humanos tendrá más de 65 años, y uno de cada diez, más de 85. Lo que significa que con los adelantos científicos y técnicos de este mundo nuestro caminamos hacia un futuro de personas muy grandes, muy mayores, longevas, que constituirán el colectivo que en todo el mundo empieza a llamarse “la cuarta edad”. Hasta hoy, la especialidad médica que se ocupa de nuestros viejitos es la geriatría o la gerontología; pero, según el articulista, ya aparece en el horizonte una nueva ciencia: el titonusismo.
El origen de esta palabra se remonta a la mitología griega. Tithonus fue quien pidió a los dioses una larga vida para él y para su esposa Aurora, además de una perdurable belleza para ella. El caso fue que mientras en él la decrepitud de la vejez era evidente, ella permanecía aparentemente joven y radiante.
¿Se llamará titonusismo la ciencia que nos permita envejecer sin la declinación de facultades físicas, y a veces mentales, propias de la ancianidad? Ojalá.
A propósito de esta interjección nuestra, ojalá, que denota el vivo deseo de que suceda algo, procede de la expresión árabe, “in sa Alláh”, cuya traducción literal al español es “si Dios quiere”. Pues, amigos, hasta la semana que viene, ¡ojalá!

Luque Maricarmen

Errores en el lenguaje coloquial

Seguro que ustedes, como yo, han oído muchas veces un error que se comete con frecuencia en el lenguaje coloquial, como el de la frase: “Le conocí por primera vez…”. Es un pleonasmo —uso de palabras innecesarias que insisten en una idea— que afea nuestra expresión habitual. Porque es obvio que sólo se conoce a alguien una vez, la primera. Y una vez conocido, ya no se le vuelve a conocer. Estorba, pues, en la frase esa primera vez, como estorban más de una palabra en el enunciado, tantas veces escuchado: “Yo mismo lo vi con mis propios ojos”.
Otra cuestión distinta es la duda, bastante común, a la hora de usar las palabras laso, laxo, lasitud, laxitud.
Si se habla de alguien cansado o falto de fuerzas se utiliza el adjetivo laso, aplicable también al cabello lacio, flojo, aunque es de uso más frecuente el sustantivo lasitud para el significado de cansancio o falta de fuerzas. Por ejemplo: “Toda la energía consumida en la lucha dio paso a una gran lasitud”.
Es fácil confundir las anteriores, por la proximidad en el significado, con laxo y laxitud. Laxo es lo que no está firme o tenso, lo relajado o poco estricto, lo carente de rigidez o firmeza. Por eso los músculos están laxos cuando les falta tonicidad. Y si las reglas son excesivamente rígidas o demasiado laxas, surgen problemas en la educación.
Del mismo sentido participa el sustantivo laxitud: “Cuando el cansancio te domina, una terrible laxitud invade tu cuerpo”.
Y termino recordando que la palabra poco, en su valor de cantidad pequeña de algo o de parte de un todo, no debe concertar en género con ese algo o con ese todo, sino permanecer invariable; por lo que es desaconsejable en el habla culta decir algo así: “Sírveme una poca de agua o comí una poca de ensalada”, sino más bien: un poco de agua o un poco de ensalada. Es obvio. Feliz semana, amigos.

Luque Maricarmen

sábado, 18 de abril de 2009

Acorde a los nuevos tiempos: Nueva gramática del español

La Asociación de Academias de la Lengua Española ha tenido un nuevo encuentro. Esta vez ha sido en la ciudad española de Salamanca. El motivo, tratar de temas que nos incumben a los 400 millones de hispanohablantes que poblamos el planeta.
La novedad de esta cumbre es la elaboración de una nueva gramática del español, que abarque nuestra lengua en toda su amplitud, reconociendo las variedades regionales de cada academia. Una gramática “acorde a los nuevos tiempos, atenta al enorme desarrollo de la lingüística”, según palabras del académico mexicano, Moreno de Alba.
En este Congreso de 2005, también se ultiman los detalles de salida del Diccionario Panhispánico de Dudas que se publicará, por fin, el próximo mes de noviembre. El objetivo de este trabajo es, según su coordinador, Pedro Luis Barcia, “orientar al usuario frente a las dificultades, descubrir las palabras vulgares e incorrectas, frenar los innecesarios anglicismos y mostrar un criterio lingüístico consensuado”.
Otra obra de la que se trata en este encuentro es el Diccionario de americanismos, cuya publicación está prevista para dentro de tres años. El texto “intentará establecer los criterios para identificar las palabras llegadas desde el inglés” y constituirá una útil herramienta de consulta.
Y no se acaban con esto las actividades, de las que iremos dando cuenta, en este nuevo encuentro de las veintidós Academias de la Lengua Española que forman la Asociación.
Pero quiero hoy recordarles que esta Asociación de Academias de la Lengua Española, integrada por la española, las de toda Hispanoamérica, además de la filipina y la norteamericana nació, a instancias del presidente mexicano Miguel Alemán, en el año 1951. Fue un 23 de abril, celebrándose desde entonces esa fecha el “día del idioma español”.
Desde su constitución, la Asociación se ha reunido en numerosas ocasiones, en distintas ciudades de países hispanohablantes para trabajar firmemente por un objetivo común a todas las Academias: el engrandecimiento del español.

Luque Maricarmen

Pendiente del lenguaje periodístico

Siempre pendiente del lenguaje periodístico, por ser el que llega al gran público, es necesario señalar que, sobre todo en las secciones informativas, son permitidas ciertas licencias para atraer la atención del lector hacia determinadas cuestiones. Pero cuando esa licencia raya en el error, éste debe ser marcado de alguna manera (cambiando el tipo de letra, encerrándolo entre comillas…) de manera que no siembre dudas idiomáticas.
Porque hace tiempo me encontré en la primera página de un prestigioso periódico algo tan sorprendente como: México es prioridad secundaria para E.U.
Si la prioridad es “la anterioridad o preferencia de algo respecto de otra cosa”, esa prioridad no puede ser secundaria, que es “lo segundo en orden y no principal”. Ambos términos son irreconciliables. No puede usarse un adjetivo con sentido opuesto al sustantivo que califica.
Tal sucede con el adjetivo humanitario que tantas veces vemos en estos días escrito en la prensa nacional y extranjera de habla española. Es la peor catástrofe humanitaria… El desastre humanitario ha desbordado todas las predicciones. La crisis humanitaria no ha hecho más que empezar…
Humanitario-a es un adjetivo que se aplica a lo que mira o se refiere al bien del género humano. Equivale a benigno, caritativo o benéfico. También se aplica humanitario a lo que tiene como finalidad aliviar los efectos que causan la guerra u otras calamidades en las personas que las padecen. Se habla, y se habla bien, de ayuda humanitaria, de asistencia humanitaria, de fines humanitarios; pero calificar una crisis, un desastre o una catástrofe de “humanitarios” es como producir un “cortocircuito” lingüístico.
Y menos grave, pero inadecuado es utilizar el verbo declinar para referirse al indicador bursátil, así: “declinó el 1.79 por ciento el principal indicador”. Declina la salud, la inteligencia, la hermosura, o declina el día cuando camina a su fin, pero elegir un verbo tan poético para algo tan prosaico… El principal indicador de la Bolsa desciende, cae, baja, disminuye, etc. ¡Hay tantos…! La semana que viene, más. ¡Felices días!

Luque Maricarmen

Traiciones al idioma español

Siento lástima de ver y oír cómo el español es “traicionado” continuamente por sus propios hablantes. Porque somos nosotros, los que lo poseemos como patrimonio cultural y lengua materna desde generaciones, los que con demasiada frecuencia lo desplazamos a favor de otras lenguas, usando términos extranjeros indebidamente, sin necesidad, cuando tenemos los nuestros con idéntico sentido y que por pleno derecho nos pertenecen.
¿Por qué utilizar la palabra aplicar para presentar una solicitud en una universidad para hacer una maestría? “Voy a aplicar a Stanford”, nos dicen para explicar que van a presentar solicitud para hacer la maestría en esa Universidad. Y es que están traduciendo, pero traduciendo mal, el verbo inglés to apply por aplicar. Porque aplicar, en español, es, fíjense bien: “Poner algo sobre una cosa o en contacto con otra”. “Emplear, administrar o poner en práctica un conocimiento, medida o principio, a fin de obtener un determinado efecto”. “Referir a un caso particular lo que se ha dicho en general”. “Atribuir o imputar a alguien un hecho o un dicho”, y algunos significados más, pero nunca tiene el sentido que la palabra apply tiene en inglés.
Afirmar que un determinado programa de radio tiene un elevado rating, significa olvidar que nivel de audiencia es lo mismo, pero en español.
Y cuando les hablen, otra vez traduciendo directamente del inglés, de las “tiendas de conveniencia”, díganles que nosotros tenemos las “tienditas de barrio”, en lenguaje coloquial, o autoservicios.
Y ya, puestos a decirles, insistan en que no sustituyan constantemente, como lo hacen, nuestro de acuerdo o vale (de antigua tradición romana), por el ok, ni nuestro adiós, por el archirrepetido bye.

Luque Maricarmen

Economía : de los profanos

En el lenguaje de la economía, con frecuencia aparecen términos cuyo significado muchas veces desconocemos, sobre todo, los que somos profanos en la materia. Por si a alguien le sirve, vamos a revisar algunos.
Deflación e inflación son palabras con las que tropezamos a diario. La deflación es “el descenso del nivel de precios debido, generalmente, a un fase de depresión económica”. Justo lo contrario de inflación, que es “la elevación notable del nivel de precios con efectos desfavorables para la economía de un país”.
Políticas deflacionarias o inflacionarias son perjudiciales para la salud económica de un país. Es de suponer que contra la inflación y la deflación lo mejor sea la estabilización, pero los economistas son los que saben…
Sin embargo, lo que todos debemos saber es que la deflagración nada tiene ver con las palabras anteriores. La deflagración es lo que se produce cuando una sustancia arde de repente con llama y sin explosión.
Relacionada con el tema de la economía, aparece la palabra domiciliar; domiciliamos nuestros recibos de luz, agua, teléfono, etcétera, cuando disponemos que sean abonados a través de nuestra cuenta bancaria. Eso es domiciliar: “Autorizar pagos o cobros con cargo a una cuenta existente en una entidad bancaria”.
Un vocablo poco frecuente es fiduciario, cuyo origen está en la palabra latina “fiducia”, que significa confianza. Fiduciario es un adjetivo que se aplica a todo aquello que depende del crédito o confianza que merezca. Un negocio o un contrato fiduciario es el que está basado en la confianza entre las partes. Actuar como fiduciario de alguien es hacerlo como su persona de confianza, porque la “fiducia” o confianza se basa en la “fides” o fe (en español).
Fiducia et fides, confianza y fe, dos palabras que nunca deberían desaparecer de nuestro vocabulario, y menos aún, de nuestra vida.

Luque Maricarmen

miércoles, 15 de abril de 2009

La salud del idioma español es robusta

Sobre el estado de salud del español, escribió un oportuno artículo que yo les paso hoy, el prestigiado académico, Gregorio Salvador. Sale al paso de la insistente pregunta de: ¿cuál es actualmente el estado de salud de nuestra lengua?
Ataca, Salvador, el abuso de esas metáforas antropomórficas que se aplican al lenguaje, descargando sobre él culpas que, en todo caso, corresponden a personas concretas o a grupos humanos.
Porque es obvio que no hay dialectos depredadores, ni idiomas “lingüicidas” ni lenguas oprimidas u opresoras. Lo que hay o hubo fue tiranos dispuestos a dificultar o a perseguir el uso de una lengua, legisladores capaces de coartar la libre elección lingüística de sus conciudadanos, o abanderados idiomáticos que hacen de las lenguas estandartes políticos.
Y la salud de una lengua está por encima de estas cosas. La salud está representada por su robustez, por su presencia, por su entidad. Y nadie puede dudar de la excelencia de la entidad del español, de su valor y su importancia entre las lenguas del mundo.
Estos datos lo demuestran: la humanidad posee actualmente alrededor de 4 mil lenguas; sólo unas cien exceden del millón de hablantes, y de ellas unas doce llegan a los 100 millones o acaso los superan. Pero, solamente cuatro, llamadas “las cuatro mayores”, son habladas por 400 millones o más: el chino, el inglés, el hindi, usado en India, y el español.
Si a ello añadimos el carácter nacional del chino y el hindi, y sus peculiares sistemas gráficos, resultan sólo el inglés y el español lenguas plurinacionales.
El inglés y el español, las lenguas cuya presencia se extiende a todo el mundo con el rango de principales lenguas de relación; el inglés delante del español, es cierto, por lo que el español ocupa el segundo lugar entre todos los idiomas de la Tierra.
Ateniéndonos a estos datos, nosotros, con Gregorio Salvador, podemos afirmar que el estado del español no sólo es excelente, sino excepcional.
Y para que lo siga siendo, todos ponemos nuestro granito de arena; ustedes allí y yo desde aquí, robándoles unos minutos cada semana.

Luque Maricarmen

Aportaciones: lingüísticas del boxeo

Amigos, cuesta trabajo constatar que el boxeo, un deporte considerado por muchos como un espectáculo sádico y morboso, ha podido introducirse hasta tal punto en el lenguaje común, con una aportación tan numerosa de palabras y expresiones. Por algo será. Y ha dado lugar a locuciones que, con sentido figurado, añaden expresividad a nuestra forma de comunicarnos.
El toque de campana, en boxeo, es el que marca el final del asalto, librando al boxeador, a punto de ser abatido, de caer sobre la lona. En el lenguaje común, alguien se salva por la campana cuando, gracias a un hecho providencial, se libra de algún perjuicio.
Tirar la toalla, en el habla cotidiana, es darse por vencido, claudicar, rendirse. Porque en un combate de boxeo, el entrenador de un púgil tira la toalla al cuadrilátero, cuando considera que éste está en inferioridad respecto de su adversario.
Otra expresión típicamente boxística es “estar contra las cuerdas”. Le sucede esto al luchador cuando está siendo castigado duramente por su rival, a punto de caer. La expresión habitual, está contra las cuerdas se refiere al que se encuentra en una situación muy apurada de la que es difícil salir.
Entre las reglas de boxeo, figura la prohibición de golpear al adversario de la cintura para abajo. De hecho, los golpes bajos están penalizados. En el habla coloquial, un golpe bajo es una traición, una acción indigna e inesperada.
Las siglas KO responden a la abreviatura de la expresión inglesa “Knock out”, que traducida al español es fuera de combate. Esta expresión dio origen a un nuevo verbo: noquear, que por primera vez aparece en el Diccionario de la Real Academia, en su última edición del año 2001. El significado de noquear, que en el lenguaje boxístico es “dejar al adversario fuera de combate”, en otros contextos es “dejar sin sentido a alguien con un golpe” o bien “derrotar, o imponerse sobre alguien notablemente”.
Y aunque nada tenga que ver con el tema, hoy me entero de que una forma cariñosa de referirse a los yucatecos es boxitos. ¿Lo sabían? Yo no, aunque el término ya está recogido en el Diccionario de la Real Academia Española.

Luque Maricarmen

Dudas sin resolver

Hay muchas dudas en el lenguaje habitual que con frecuencia se quedan en eso, en dudas sin resolver. Ojalá estas líneas sirvan para aclarar alguna.
Las paralimpiadas o parolimpiadas, como los juegos paralímpicos o parolímpicos son las competiciones universales de diversos deportes que se celebran cada cuatro años, y en las cuales los atletas son personas disminuidas físicamente. Y así se escribe el nombre, aunque muchas veces lo veamos erróneamente escrito como juegos paraolímpicos.
Entre oportuno y oportunista hay identidad etimológica, pero sus significados son bien diferentes. Oportuno es un adjetivo que se aplica a lo que se hace o sucede en tiempo a propósito y cuando conviene. También es oportuno el ocurrente y ágil en el hablar y en el hacer.
Oportunista, en cambio, se considera al que en su actitud o conducta se separa de los principios fundamentales, acomodándose a las circunstancias de tiempo y lugar que más le convienen. El oportunista no es fiel ni leal a sus principios, y, como dice el refrán, “se arrima al sol que más calienta”.
Con los adjetivos monopolizador y monopolístico se da una situación parecida a la de los anteriores; y aunque ambos participan del significado de “adquirir o atribuirse uno sólo el exclusivo aprovechamiento de algo”, se consideran prácticas monopolizadoras las que se derivan de un monopolio ilícito, mientras que las prácticas monopolísticas lo hacen de un monopolio ejercido con pleno derecho, al proceder, uno de monopolizar y el otro de monopolio.
Algo semejante sucede con los verbos ampliar y amplificar. Es verdad que son palabras sinónimas: algo se amplifica cuando se amplía, se extiende o se dilata; pero, para referirse concretamente a la reproducción de fotografías o planos en tamaño mayor del original, es más propio decir ampliar que amplificar. Y lo que resulta no es una amplificación, sino una ampliación.

Luque Maricarmen

martes, 31 de marzo de 2009

Medios de comunicación, de mal en peor

Sigo insistiendo, amigos lectores, en que el lenguaje de los medios de comunicación, con frecuencia, deja mucho que desear. Si no lo creen, escuchen la radio o vean la televisión con sentido crítico y se percatarán de cosas como ésta:
“No sólo en nuestro país, pero en otros muchos…”.
Y era un reportero quien hablaba, no alguien de la calle. Sin duda se le olvidaba que detrás de la expresión “no sólo” nunca debe usarse la conjunción “pero”. Para eso está “sino”, que se utiliza para contraponer a un concepto negativo otro afirmativo; así: “no sólo en nuestro país, sino en otros muchos…”.
Otro caballo de batalla es el verbo “haber” con valor impersonal. Son las formas tan empleadas, “hay”, “había”, “hubo” y “habrá”, que siempre han de ir en singular, independientemente de que lo que haya sea singular o plural; así: “había una flor” o “había muchas flores en el jardín”. “Hubo muchas personas en la fiesta”. “En la asamblea sólo habrá dos representantes por cada partido”. Nunca habían, hubieron ni habrán.
Aunque el mencionado reportero dijo: “A lo largo del recorrido van a haber revueltas inevitables”, es necesario recordar que cuando “haber” está auxiliado por el verbo “ir”, este auxiliar irá también en singular; por lo que debería haber dicho: “A lo largo del recorrido va a haber revueltas inevitables”.
Claro, que no hay que confundir el verbo “haber” con el verbo “ver”, porque son totalmente diferentes. Y otra cosa distinta indicaría la frase: “Ustedes van a ver revueltas inevitables a lo largo del recorrido”.
Y el despistado periodista terminó su reportaje con la frase: “Así es de que nosotros estaremos en contacto”, soltando ese espurio “de” como remate de la “faena”.
Algunos “gazapos” son disculpables, pero, tantos seguidos…

Luque Maricarmen