La Dichosa Palabra es un programa cultural que se transmite por Canal 22 de la Ciudad de México en donde se hace una apología de la cultura, los libros y el buen hablar de la lengua española. Este blog tiene la la finalidad de mejorar el uso de nuestro idioma. No tiene ninguna relación con el programa antes citado a excepción del objetivo.
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lunes, 26 de septiembre de 2011
Olfato. Apreciar, agradecer. Civilidad, civismo. Verdura, hortaliza. Genero de calor y maratón. Imprimir.
Maricarmen Luque
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domingo, 12 de julio de 2009
Machismo y feminismo en la lengua
Por todos los ámbitos de la sociedad se paseó, y sigue paseándose, la cuestión del machismo y el feminismo, con protestas, cambios y reajustes para todos los gustos. Y la corriente llegó a la Academia de la Lengua.
Fue en el año 1999 cuando el Instituto de la Mujer, en España, levantó su voz presentado un estudio en defensa de la mujer y su entorno, en lo que al idioma se refiere.
Y el estudio, elaborado por expertas en lingüística y docencia, mostró cómo, en efecto, el Diccionario de la Real Academia Española en sus definiciones tomaba como base, en muchos casos, una perspectiva masculina, considerando al hombre como elemento central. Ciertamente, la sociedad va cambiando y la mujer hoy está presente en todos los estamentos sociales desempeñando las más variadas funciones, por lo que la Academia hubo de ajustar el género gramatical en profesiones, cargos, títulos y otras actividades de las que la mujer ya forma parte.
En líneas generales, la formación del femenino sigue las normas siguientes:
- En las palabras cuyo masculino termina en –o cambian esa o en –a: ingeniero/ingeniera, médico/médica, ministro/ministra, aunque hay excepciones como el/la piloto, el/la modelo.
- Los que acaban en –a son comunes: el/la terapeuta, el/la logopeda, el/la pedíatra. En algunos casos toma la terminación culta –isa: profeta/profetisa, poeta/poetisa, aunque también es válido poeta para mujer.
- Los que terminan en –e tienden a funcionar como comunes: el/la cicerone, el/la conserje, el/la orfebre. Algunos forman el femenino con las terminaciones –es, -isa o –ina: conde/condesa, sacerdote/sacerdotisa, héroe/heroína.
- Son también comunes los terminados en –ante o –ente: el/la agente, el/la dibujante, el/la estudiante.
- Funcionan también como comunes los pocos que terminan en –i o en –u: el/la maniquí, el/la gurú.
- Los que acaban en –or forman el femenino añadiendo –a: gobernador/gobernadora, aunque en algunos casos presentan la forma culta en –triz: emperador/emperatriz, actor/actriz.
- Los que acaban en consonante suelen ser comunes: el/la cónsul, el/la capataz, el/la juez, aunque a veces toman una –a: juez/jueza, aprendiz/aprendiza.
Independientemente de su terminación, funcionan como comunes los que designan grados en la escala militar: el/la teniente, el/la capitana, el/la teniente.
Como ven, la Academia adaptándose a las necesidades de la comunidad hablante.
Luque Maricarmen
Fue en el año 1999 cuando el Instituto de la Mujer, en España, levantó su voz presentado un estudio en defensa de la mujer y su entorno, en lo que al idioma se refiere.
Y el estudio, elaborado por expertas en lingüística y docencia, mostró cómo, en efecto, el Diccionario de la Real Academia Española en sus definiciones tomaba como base, en muchos casos, una perspectiva masculina, considerando al hombre como elemento central. Ciertamente, la sociedad va cambiando y la mujer hoy está presente en todos los estamentos sociales desempeñando las más variadas funciones, por lo que la Academia hubo de ajustar el género gramatical en profesiones, cargos, títulos y otras actividades de las que la mujer ya forma parte.
En líneas generales, la formación del femenino sigue las normas siguientes:
- En las palabras cuyo masculino termina en –o cambian esa o en –a: ingeniero/ingeniera, médico/médica, ministro/ministra, aunque hay excepciones como el/la piloto, el/la modelo.
- Los que acaban en –a son comunes: el/la terapeuta, el/la logopeda, el/la pedíatra. En algunos casos toma la terminación culta –isa: profeta/profetisa, poeta/poetisa, aunque también es válido poeta para mujer.
- Los que terminan en –e tienden a funcionar como comunes: el/la cicerone, el/la conserje, el/la orfebre. Algunos forman el femenino con las terminaciones –es, -isa o –ina: conde/condesa, sacerdote/sacerdotisa, héroe/heroína.
- Son también comunes los terminados en –ante o –ente: el/la agente, el/la dibujante, el/la estudiante.
- Funcionan también como comunes los pocos que terminan en –i o en –u: el/la maniquí, el/la gurú.
- Los que acaban en –or forman el femenino añadiendo –a: gobernador/gobernadora, aunque en algunos casos presentan la forma culta en –triz: emperador/emperatriz, actor/actriz.
- Los que acaban en consonante suelen ser comunes: el/la cónsul, el/la capataz, el/la juez, aunque a veces toman una –a: juez/jueza, aprendiz/aprendiza.
Independientemente de su terminación, funcionan como comunes los que designan grados en la escala militar: el/la teniente, el/la capitana, el/la teniente.
Como ven, la Academia adaptándose a las necesidades de la comunidad hablante.
Luque Maricarmen
Machismo y feminismo en la lengua
Por todos los ámbitos de la sociedad se paseó, y sigue paseándose, la cuestión del machismo y el feminismo, con protestas, cambios y reajustes para todos los gustos. Y la corriente llegó a la Academia de la Lengua.
Fue en el año 1999 cuando el Instituto de la Mujer, en España, levantó su voz presentado un estudio en defensa de la mujer y su entorno, en lo que al idioma se refiere.
Y el estudio, elaborado por expertas en lingüística y docencia, mostró cómo, en efecto, el Diccionario de la Real Academia Española en sus definiciones tomaba como base, en muchos casos, una perspectiva masculina, considerando al hombre como elemento central. Ciertamente, la sociedad va cambiando y la mujer hoy está presente en todos los estamentos sociales desempeñando las más variadas funciones, por lo que la Academia hubo de ajustar el género gramatical en profesiones, cargos, títulos y otras actividades de las que la mujer ya forma parte.
En líneas generales, la formación del femenino sigue las normas siguientes:
- En las palabras cuyo masculino termina en –o cambian esa o en –a: ingeniero/ingeniera, médico/médica, ministro/ministra, aunque hay excepciones como el/la piloto, el/la modelo.
- Los que acaban en –a son comunes: el/la terapeuta, el/la logopeda, el/la pedíatra. En algunos casos toma la terminación culta –isa: profeta/profetisa, poeta/poetisa, aunque también es válido poeta para mujer.
- Los que terminan en –e tienden a funcionar como comunes: el/la cicerone, el/la conserje, el/la orfebre. Algunos forman el femenino con las terminaciones –es, -isa o –ina: conde/condesa, sacerdote/sacerdotisa, héroe/heroína.
- Son también comunes los terminados en –ante o –ente: el/la agente, el/la dibujante, el/la estudiante.
- Funcionan también como comunes los pocos que terminan en –i o en –u: el/la maniquí, el/la gurú.
- Los que acaban en –or forman el femenino añadiendo –a: gobernador/gobernadora, aunque en algunos casos presentan la forma culta en –triz: emperador/emperatriz, actor/actriz.
- Los que acaban en consonante suelen ser comunes: el/la cónsul, el/la capataz, el/la juez, aunque a veces toman una –a: juez/jueza, aprendiz/aprendiza.
Independientemente de su terminación, funcionan como comunes los que designan grados en la escala militar: el/la teniente, el/la capitana, el/la teniente.
Como ven, la Academia adaptándose a las necesidades de la comunidad hablante.
Luque Maricarmen
Fue en el año 1999 cuando el Instituto de la Mujer, en España, levantó su voz presentado un estudio en defensa de la mujer y su entorno, en lo que al idioma se refiere.
Y el estudio, elaborado por expertas en lingüística y docencia, mostró cómo, en efecto, el Diccionario de la Real Academia Española en sus definiciones tomaba como base, en muchos casos, una perspectiva masculina, considerando al hombre como elemento central. Ciertamente, la sociedad va cambiando y la mujer hoy está presente en todos los estamentos sociales desempeñando las más variadas funciones, por lo que la Academia hubo de ajustar el género gramatical en profesiones, cargos, títulos y otras actividades de las que la mujer ya forma parte.
En líneas generales, la formación del femenino sigue las normas siguientes:
- En las palabras cuyo masculino termina en –o cambian esa o en –a: ingeniero/ingeniera, médico/médica, ministro/ministra, aunque hay excepciones como el/la piloto, el/la modelo.
- Los que acaban en –a son comunes: el/la terapeuta, el/la logopeda, el/la pedíatra. En algunos casos toma la terminación culta –isa: profeta/profetisa, poeta/poetisa, aunque también es válido poeta para mujer.
- Los que terminan en –e tienden a funcionar como comunes: el/la cicerone, el/la conserje, el/la orfebre. Algunos forman el femenino con las terminaciones –es, -isa o –ina: conde/condesa, sacerdote/sacerdotisa, héroe/heroína.
- Son también comunes los terminados en –ante o –ente: el/la agente, el/la dibujante, el/la estudiante.
- Funcionan también como comunes los pocos que terminan en –i o en –u: el/la maniquí, el/la gurú.
- Los que acaban en –or forman el femenino añadiendo –a: gobernador/gobernadora, aunque en algunos casos presentan la forma culta en –triz: emperador/emperatriz, actor/actriz.
- Los que acaban en consonante suelen ser comunes: el/la cónsul, el/la capataz, el/la juez, aunque a veces toman una –a: juez/jueza, aprendiz/aprendiza.
Independientemente de su terminación, funcionan como comunes los que designan grados en la escala militar: el/la teniente, el/la capitana, el/la teniente.
Como ven, la Academia adaptándose a las necesidades de la comunidad hablante.
Luque Maricarmen
Machismo y feminismo en la lengua
Por todos los ámbitos de la sociedad se paseó, y sigue paseándose, la cuestión del machismo y el feminismo, con protestas, cambios y reajustes para todos los gustos. Y la corriente llegó a la Academia de la Lengua.
Fue en el año 1999 cuando el Instituto de la Mujer, en España, levantó su voz presentado un estudio en defensa de la mujer y su entorno, en lo que al idioma se refiere.
Y el estudio, elaborado por expertas en lingüística y docencia, mostró cómo, en efecto, el Diccionario de la Real Academia Española en sus definiciones tomaba como base, en muchos casos, una perspectiva masculina, considerando al hombre como elemento central. Ciertamente, la sociedad va cambiando y la mujer hoy está presente en todos los estamentos sociales desempeñando las más variadas funciones, por lo que la Academia hubo de ajustar el género gramatical en profesiones, cargos, títulos y otras actividades de las que la mujer ya forma parte.
En líneas generales, la formación del femenino sigue las normas siguientes:
- En las palabras cuyo masculino termina en –o cambian esa o en –a: ingeniero/ingeniera, médico/médica, ministro/ministra, aunque hay excepciones como el/la piloto, el/la modelo.
- Los que acaban en –a son comunes: el/la terapeuta, el/la logopeda, el/la pedíatra. En algunos casos toma la terminación culta –isa: profeta/profetisa, poeta/poetisa, aunque también es válido poeta para mujer.
- Los que terminan en –e tienden a funcionar como comunes: el/la cicerone, el/la conserje, el/la orfebre. Algunos forman el femenino con las terminaciones –es, -isa o –ina: conde/condesa, sacerdote/sacerdotisa, héroe/heroína.
- Son también comunes los terminados en –ante o –ente: el/la agente, el/la dibujante, el/la estudiante.
- Funcionan también como comunes los pocos que terminan en –i o en –u: el/la maniquí, el/la gurú.
- Los que acaban en –or forman el femenino añadiendo –a: gobernador/gobernadora, aunque en algunos casos presentan la forma culta en –triz: emperador/emperatriz, actor/actriz.
- Los que acaban en consonante suelen ser comunes: el/la cónsul, el/la capataz, el/la juez, aunque a veces toman una –a: juez/jueza, aprendiz/aprendiza.
Independientemente de su terminación, funcionan como comunes los que designan grados en la escala militar: el/la teniente, el/la capitana, el/la teniente.
Como ven, la Academia adaptándose a las necesidades de la comunidad hablante.
Luque Maricarmen
Fue en el año 1999 cuando el Instituto de la Mujer, en España, levantó su voz presentado un estudio en defensa de la mujer y su entorno, en lo que al idioma se refiere.
Y el estudio, elaborado por expertas en lingüística y docencia, mostró cómo, en efecto, el Diccionario de la Real Academia Española en sus definiciones tomaba como base, en muchos casos, una perspectiva masculina, considerando al hombre como elemento central. Ciertamente, la sociedad va cambiando y la mujer hoy está presente en todos los estamentos sociales desempeñando las más variadas funciones, por lo que la Academia hubo de ajustar el género gramatical en profesiones, cargos, títulos y otras actividades de las que la mujer ya forma parte.
En líneas generales, la formación del femenino sigue las normas siguientes:
- En las palabras cuyo masculino termina en –o cambian esa o en –a: ingeniero/ingeniera, médico/médica, ministro/ministra, aunque hay excepciones como el/la piloto, el/la modelo.
- Los que acaban en –a son comunes: el/la terapeuta, el/la logopeda, el/la pedíatra. En algunos casos toma la terminación culta –isa: profeta/profetisa, poeta/poetisa, aunque también es válido poeta para mujer.
- Los que terminan en –e tienden a funcionar como comunes: el/la cicerone, el/la conserje, el/la orfebre. Algunos forman el femenino con las terminaciones –es, -isa o –ina: conde/condesa, sacerdote/sacerdotisa, héroe/heroína.
- Son también comunes los terminados en –ante o –ente: el/la agente, el/la dibujante, el/la estudiante.
- Funcionan también como comunes los pocos que terminan en –i o en –u: el/la maniquí, el/la gurú.
- Los que acaban en –or forman el femenino añadiendo –a: gobernador/gobernadora, aunque en algunos casos presentan la forma culta en –triz: emperador/emperatriz, actor/actriz.
- Los que acaban en consonante suelen ser comunes: el/la cónsul, el/la capataz, el/la juez, aunque a veces toman una –a: juez/jueza, aprendiz/aprendiza.
Independientemente de su terminación, funcionan como comunes los que designan grados en la escala militar: el/la teniente, el/la capitana, el/la teniente.
Como ven, la Academia adaptándose a las necesidades de la comunidad hablante.
Luque Maricarmen
miércoles, 1 de julio de 2009
Realidad de cada día: Lenguaje caricaturesco
A lo largo y ancho del área hispanohablante, proliferan hoy los políticos, periodistas, líderes y todos los que levantan la voz para que se les oiga que, al dirigirse a un colectivo de distinto sexo, marcan machaconamente la distinción entre los géneros masculino y femenino. Como si de un tiempo a esta parte el uso del plural masculino para referirse a ambos géneros fuera una muestra de discriminación sexual, sexista o de sexo.
E insisten en el señalamiento de compañeros y compañeras, amigas y amigos, ciudadanos y ciudadanas, alumnas y alumnos, reafirmando con ello su incondicional oposición al sexismo, que como saben, es la discriminación de personas en razón de su sexo.
Pero lo que está ocurriendo es que se está mezclando el sexo con el género.
El género es una categoría gramatical; el sexo es una condición orgánica. El género se refiere a las palabras; el sexo a las personas, animales y plantas.
Y el hecho de referirse a personas de distinto sexo con el género masculino no es sino una fórmula lingüística empleada a lo largo de siglos, sin que nadie se haya rasgado las vestiduras al leerlo u oírlo; porque no pasa de ser eso, una norma lingüística.
Como norma es que los determinantes, es decir, artículos y adjetivos, cuando preceden a nombres de distinto género, vayan en masculino plural; por ejemplo los hombres y mujeres, varios hombres y mujeres, todos los hombres y mujeres.
El interés desmedido por parecer políticamente correcto, a veces convierte el lenguaje en caricaturesco.
La lucha contra el sexismo no se libra en el terreno de la gramática, sino en el de la realidad de cada día. El respeto a la igualdad de sexos es cuestión de actitudes y conductas, no de alterar reglas lingüísticas.
Luque Maricarmen
E insisten en el señalamiento de compañeros y compañeras, amigas y amigos, ciudadanos y ciudadanas, alumnas y alumnos, reafirmando con ello su incondicional oposición al sexismo, que como saben, es la discriminación de personas en razón de su sexo.
Pero lo que está ocurriendo es que se está mezclando el sexo con el género.
El género es una categoría gramatical; el sexo es una condición orgánica. El género se refiere a las palabras; el sexo a las personas, animales y plantas.
Y el hecho de referirse a personas de distinto sexo con el género masculino no es sino una fórmula lingüística empleada a lo largo de siglos, sin que nadie se haya rasgado las vestiduras al leerlo u oírlo; porque no pasa de ser eso, una norma lingüística.
Como norma es que los determinantes, es decir, artículos y adjetivos, cuando preceden a nombres de distinto género, vayan en masculino plural; por ejemplo los hombres y mujeres, varios hombres y mujeres, todos los hombres y mujeres.
El interés desmedido por parecer políticamente correcto, a veces convierte el lenguaje en caricaturesco.
La lucha contra el sexismo no se libra en el terreno de la gramática, sino en el de la realidad de cada día. El respeto a la igualdad de sexos es cuestión de actitudes y conductas, no de alterar reglas lingüísticas.
Luque Maricarmen
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miércoles, 13 de mayo de 2009
Obsesión por el sexismo de la lengua
Me preocupa la obsesión de ciertos sectores por la cruzada contra el supuesto sexismo de la lengua. Aunque, si hemos de ser rigurosos, la lengua, es decir, las palabras, no tienen sexo, sino género. Y es que en razón a lo políticamente correcto y a fuerza de insistir en el tema se cae en posiciones ridículas, creo.
Claro que yo estoy en contra de la discriminación por razón de sexo. Más bien, estoy en contra de cualquier tipo de discriminación.
Pero bucear en los entresijos de la lengua para buscar intencionalidad maligna en la estructura gramatical del idioma, intentando cambiar ciertas categorías gramaticales, me parece frivolizar un tema que tiene perfiles mucho más dramáticos y urgentes de solución que el que se tenga que hacer distinción de género en los plurales mixtos.
Que no debamos decir: “Los trabajadores de la compañía iniciaron un movimiento de protesta”, sino “los trabajadores y las trabajadoras de la compañía...”, ni “el colectivo de actores se reunieron ayer”, sino “el colectivo de actores y actrices...”, ni “los egresados de esa universidad tienen buena preparación”, sino “los egresados y las egresadas ...”, ni “los obreros de esa empresa empezaron la huelga”, sino “los obreros y las obreras...”, porque pueda parecer discriminatorio, me parece sacar las cosas de quicio.
Claro que la lengua evoluciona; por eso, ante la incorporación de la mujer a los distintos estratos de la vida profesional se feminizaron los nombres de las profesiones, y se sigue haciendo, pero de forma sensata y acorde con las reglas lingüísticas que rigen el idioma, sin urgencias ni pasiones desbordadas.
Si a lo largo de siglos, al hablar de pintores, literatos, cómicos, artistas, escritores, ciudadanos y campesinos hemos podido entender que el plural abarca los dos géneros, sin necesidad de más concreción salvo en casos específicos, ¿por qué hoy es necesario complicar la forma de expresarse, separando el masculino del femenino, cuando lo que se predica afecta a ambos?
¿No llegaremos a situaciones tan ridículas como hablar de los albañiles y las albañilas, las tenistas y los tenistos, los peatones y las peatonas, las artistas y los artistos?
Luque Maricarmen
Claro que yo estoy en contra de la discriminación por razón de sexo. Más bien, estoy en contra de cualquier tipo de discriminación.
Pero bucear en los entresijos de la lengua para buscar intencionalidad maligna en la estructura gramatical del idioma, intentando cambiar ciertas categorías gramaticales, me parece frivolizar un tema que tiene perfiles mucho más dramáticos y urgentes de solución que el que se tenga que hacer distinción de género en los plurales mixtos.
Que no debamos decir: “Los trabajadores de la compañía iniciaron un movimiento de protesta”, sino “los trabajadores y las trabajadoras de la compañía...”, ni “el colectivo de actores se reunieron ayer”, sino “el colectivo de actores y actrices...”, ni “los egresados de esa universidad tienen buena preparación”, sino “los egresados y las egresadas ...”, ni “los obreros de esa empresa empezaron la huelga”, sino “los obreros y las obreras...”, porque pueda parecer discriminatorio, me parece sacar las cosas de quicio.
Claro que la lengua evoluciona; por eso, ante la incorporación de la mujer a los distintos estratos de la vida profesional se feminizaron los nombres de las profesiones, y se sigue haciendo, pero de forma sensata y acorde con las reglas lingüísticas que rigen el idioma, sin urgencias ni pasiones desbordadas.
Si a lo largo de siglos, al hablar de pintores, literatos, cómicos, artistas, escritores, ciudadanos y campesinos hemos podido entender que el plural abarca los dos géneros, sin necesidad de más concreción salvo en casos específicos, ¿por qué hoy es necesario complicar la forma de expresarse, separando el masculino del femenino, cuando lo que se predica afecta a ambos?
¿No llegaremos a situaciones tan ridículas como hablar de los albañiles y las albañilas, las tenistas y los tenistos, los peatones y las peatonas, las artistas y los artistos?
Luque Maricarmen
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sábado, 2 de mayo de 2009
El museo lateral
La palabra “lateral”, ¿es masculina o femenina?
Del adjetivo latino, lateralis procede nuestro adjetivo, lateral; como tal, carece de género, es decir, toma el del sustantivo a que acompaña. Su significado: “Situado al lado de una cosa” se acomoda tanto a nombres masculinos (el espacio lateral, un camino lateral) como a femeninos (una zona lateral, la parte lateral).
Sin embargo, cuando lateral funciona como sustantivo con el significado de “cada uno de los lados de una avenida separado de la parte central por un camino o un seto”, su género es masculino: “El Museo de Antropología se encuentra en un lateral del Paseo de la Reforma”.
Y ya que salió la palabra museo, conviene saber que es de origen griego: Museion, colina de Atenas dedicada a las Musas. Del griego pasó al latín: museum, lugar de las musas, y de ahí a nuestro museo. Su historia viene de antiguo.
Existió en Roma la costumbre de exhibir los objetos artísticos expoliados durante la conquista de nuevos territorios. Y eran expuestos en lugares públicos, aunque el gusto por el coleccionismo de estos objetos llenó de ellos las casas de los poderosos.
En el siglo I a. C., el emperador Agripa, temeroso de que se perdieran las obras de arte desperdigadas por las villas romanas, propuso reunirlas en edificios especiales donde la gente pudiera verlas y estuviesen protegidas. Es entonces cuando nacen los museos.
Ya en la Edad Moderna, en el Renacimiento (s. XV y XVI), cuando el arte llena los palacios de los mecenas italianos, Vasari realiza el primer proyecto de un edificio que se construirá expresamente para ser utilizado como museo: el palacio de los Uffizi en Florencia.
En los siglos posteriores, los reyes, la aristocracia y los altos dignatarios de la Iglesia, apasionados coleccionistas de arte, sientan las bases de los museos nacionales, pero todos de carácter privado.
Es en el siglo XVIII cuando se funda el primer museo público de Europa, el Museo Británico, en 1753.
El Museo de Louvre fue abierto al público en 1793, y el Museo del Prado se inauguró en 1819.
El significado más antiguo de la palabra museo ha derivado hacia el sentido actual donde tienen cabida no sólo objetos artísticos sino científicos o de otro tipo, y en general, de valor cultural.
Luque Maricarmen
Del adjetivo latino, lateralis procede nuestro adjetivo, lateral; como tal, carece de género, es decir, toma el del sustantivo a que acompaña. Su significado: “Situado al lado de una cosa” se acomoda tanto a nombres masculinos (el espacio lateral, un camino lateral) como a femeninos (una zona lateral, la parte lateral).
Sin embargo, cuando lateral funciona como sustantivo con el significado de “cada uno de los lados de una avenida separado de la parte central por un camino o un seto”, su género es masculino: “El Museo de Antropología se encuentra en un lateral del Paseo de la Reforma”.
Y ya que salió la palabra museo, conviene saber que es de origen griego: Museion, colina de Atenas dedicada a las Musas. Del griego pasó al latín: museum, lugar de las musas, y de ahí a nuestro museo. Su historia viene de antiguo.
Existió en Roma la costumbre de exhibir los objetos artísticos expoliados durante la conquista de nuevos territorios. Y eran expuestos en lugares públicos, aunque el gusto por el coleccionismo de estos objetos llenó de ellos las casas de los poderosos.
En el siglo I a. C., el emperador Agripa, temeroso de que se perdieran las obras de arte desperdigadas por las villas romanas, propuso reunirlas en edificios especiales donde la gente pudiera verlas y estuviesen protegidas. Es entonces cuando nacen los museos.
Ya en la Edad Moderna, en el Renacimiento (s. XV y XVI), cuando el arte llena los palacios de los mecenas italianos, Vasari realiza el primer proyecto de un edificio que se construirá expresamente para ser utilizado como museo: el palacio de los Uffizi en Florencia.
En los siglos posteriores, los reyes, la aristocracia y los altos dignatarios de la Iglesia, apasionados coleccionistas de arte, sientan las bases de los museos nacionales, pero todos de carácter privado.
Es en el siglo XVIII cuando se funda el primer museo público de Europa, el Museo Británico, en 1753.
El Museo de Louvre fue abierto al público en 1793, y el Museo del Prado se inauguró en 1819.
El significado más antiguo de la palabra museo ha derivado hacia el sentido actual donde tienen cabida no sólo objetos artísticos sino científicos o de otro tipo, y en general, de valor cultural.
Luque Maricarmen
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