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domingo, 3 de enero de 2010

Cazador de gazapos

Es fácil, amigos, actuar de cazador de gazapos, esos errores que por inadvertencia deja escapar quien escribe o habla. Los medios informativos, hablados o escritos nos los sirven en charola.

Así daba la noticia el corresponsal de guerra: “Por el camino ya oímos incrédulas noticias sobre el campo de refugiados”. Pero las noticias no pueden ser incrédulas, sino increíbles, que no pueden creerse; incrédulas son las personas cuando no creen algo fácilmente.
Se lee y se oye con frecuencia: “Hace breves días recordaba…” “En breves minutos les presentaremos…”, como si la duración de los días o los minutos pudiera ser breve o larga. Es la que es. Estos adjetivos pueden aplicarse a aquello cuya duración es cambiante, pero no a lo que tiene una duración fija. Lo correcto es hace pocos días o en pocos minutos.
Cierto que los días o los minutos se nos pueden hacer breves, largos o eternos, pero duran lo que duran.
Es muy clara la diferencia entre las palabras “acreedor y deudor” cuando se utilizan en un contexto económico. Pero refiriéndose a alguien que evitó con su intervención el asalto a un banco, el periodista remataba la noticia así: “Son pocos, valientes y deudores de un reconocimiento público, los ciudadanos que se enfrentan a un acto delictivo”. Cuando una persona se merece algo, no es deudora sino acreedora. Por lo que esos valientes ciudadanos serán acreedores, no deudores.
“Dentro de las medidas de seguridad tomadas para evitar el contagio…”, reza un aviso periodístico. Pero es confundir la locución preposicional “dentro de”, que significa ‘en la parte interior de algo’, con la preposición “entre”, que expresa la ‘situación de algo en medio de más cosas’. La forma adecuada es: “Entre las medidas de seguridad…”
Y para terminar señalo el error de “se encuentra en prisión a expensas de la extradición solicitada por el Gobierno de su país”, texto aparecido en la sección internacional de un periódico.
“A expensas de” significa ‘a costa de, por cuenta de o a cargo de alguien’, ninguna de las cuales encaja en el contexto. Lo correcto es “en espera de o pendiente de”.
El gazapo es una especie que abunda.

Luque Maricarmen

domingo, 12 de julio de 2009

No caer en el reduccionismo

Un amigo radioescucha, que sigue fielmente mis intervenciones en la radio, me felicitaba a su regreso de un viaje a Madrid, por lo que había percibido de buen hacer lingüístico en lo relativo a carteles, anuncios y demás, lo que, según él, demuestra un cuidado extremo en el uso de nuestra lengua y un gran interés por su buen uso… Y lamentaba que en México no sucediera lo mismo.
Yo le agradecí de corazón su felicitación por la parte que, como madrileña, me toca, pero tengo que confesar que, si bien es cierto que son cuidados los mensajes que han de ser expuestos en lugares públicos, no es tan cierto que el interés por hablar bien, conocer mejor el idioma y conservarlo sea una de las constantes en las calles de las ciudades españolas, ni en los medios de comunicación.
Sin embargo, yo, aquí, desde el puesto de observación privilegiado que constituye un programa de radio al que tienen acceso cientos de miles de hablantes mexicanos, cada día tengo la suerte de poder constatar, a través de los mensajes que recibo, la pasión que en México despierta lo relativo a nuestra lengua común y el enorme deseo de los mexicanos por expresarse con corrección en el lenguaje oral y escrito.
Teniendo en cuenta que México es el país con mayor número de hispanohablantes del mundo, es esperanzador para el futuro del español el amor que por esta lengua sienten la mayoría de sus hablantes.
Por cierto, una cuestión lingüística que a muchos interesa es el valor de un tiempo verbal que se usa poco en México, pero que es habitualmente empleado en otros lugares de habla hispana. Se trata del antepresente: (he amado, has amado, ha amado, hemos amado, han amado).
Este tiempo, como su nombre indica, algo anterior al presente, se refiere al pasado, pero es un pasado cercano, más cercano que el pretérito (amé, amaste, amó...). Ej.: “El mes pasado conocí a los papás de mi novio, hace unos días, a sus hermanos y esta mañana he conocido a sus abuelos”. “¿Qué has comido hoy? -Como ayer comí carne, hoy he comido pescado”.
Con frecuencia, este tiempo es sustituido por el pretérito, pero es conveniente el uso de los dos. El reduccionismo en el idioma, es decir, la supresión de palabras reduciéndolas a una es una tentación en la que conviene no caer, pues lo empobrece. Usémoslas todas, que para eso están.

Luque Maricarmen

Las impropiedades léxicas

Cometer impropiedades léxicas, es decir, usar indebidamente palabras en nuestro lenguaje hablado o escrito con significados inadecuados a lo que tratamos de expresar es algo de lo que nadie está a salvo. Pero cuando estas impropiedades las cometen los medios de comunicación es más grave porque son los que van marcando la pauta o el modelo de cómo se habla o escribe.
Posiblemente hayan visto escrita, como yo, la frase: “La política gubernamental fue valorada negativamente por la oposición”.
El significado de valorar es “reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de alguien o algo”; y el mérito nunca es negativo, por lo que nada puede ser apreciado negativamente. Para eso está el verbo evaluar que es eso, señalar, estimar o calcular el valor de algo. Y así se evalúan los méritos del aspirante a un trabajo, o la política de un partido.
Sin olvidar que para determinar el precio de una cosa, sí es apropiado el uso de valorar o valuar. Y que tanto el verbo evaluar como valuar se acentúan como actuar.
Las palabras que corresponden a la acción o efecto de estos verbos son: valoración o avalúo, de valorar; evaluación, de evaluar y valuación, de valuar.
Y termino señalando la diferencia de uso que se hace en el lenguaje habitual entre las palabras pelo y vello; mientras el primero hace referencia al que cubre la cabeza humana, llamado también cabello, y al de la barba masculina, el vello se refiere al pelo más corto y suave que sale en algunas partes del cuerpo humano. También se llama vello a la pelusa de que están cubiertas algunas frutas o plantas.
Nada que ver con lo bello, referente a la belleza. Obviamente.
Algún día les pasaré expresiones que el habla popular ha ido formando con la palabra pelo. Grosso modo, es decir, más o menos, unas cincuenta.

Luque Maricarmen

jueves, 2 de julio de 2009

Es un error de la lengua: No hay prácticas monopólicas

No hace mucho, en un programa de radio, oía hablar sobre las prácticas monopólicas. Y como el “palabro” surgió repetidas veces, tengo que aclarar que lo de monopólicas es un lapsus linguae, es decir, un error de la lengua. El adjetivo correspondiente al sustantivo monopolio es monopolístico, no monopólico. Y las prácticas que conducen a ello son prácticas monopolísticas. Y la persona o entidad que ejerce el monopolio es monopolista. Políticas monopolísticas, Estado monopolista.
De la misma raíz e idéntico significado es el verbo monopolizar, atribuirse el aprovechamiento exclusivo de algo; del cual se derivan monopolización, que es la acción de monopolizar, y monopolizador, el adjetivo aplicable a quien lo hace. Monopolización del petróleo o monopolizadores del poder.
Como ven, variaciones múltiples sobre la misma raíz y del mismo campo semántico. Entre los homónimos atajo y hatajo, hay que puntualizar que atajo es el camino más corto que el principal para llegar a un sitio. Este otro hatajo puede referirse a un “pequeño grupo de ganado”: “Le regalaron medio hatajo de borregos para el rancho” o, en sentido despectivo, a un “grupo de personas o cosas”: “Son un hatajo de egoístas y poltrones”. Para este último sentido, es admisible la variante atajo, aunque poco usual.
Alerta es una palabra en la que conviene detenerse. Procede de la interjección italiana all’erta, con la que se instaba a los soldados a ponerse en guardia ante un ataque. Como voz de aviso y alarma se usa también en español: “¡Alerta! El enemigo acecha”.
Como sustantivo, con los significados de aviso o llamada de atención para prevenirse de un posible daño, o situación de vigilancia; alerta puede usarse en los dos géneros, aunque predomina el uso en femenino: “Muchas voces se han levantado dando la alerta para evitar el despilfarro de energía”. Alerta también se usa como adjetivo, sin variación para masculino y femenino: “El hombre permanecía escondido, con la respiración contenida y los ojos alerta”. Y como complemento verbal, con verbos como estar, vivir, mantener, continuar, permanecer; también es invariable: “Todos se mantenían alerta ante el peligro inminente”.
Sin embargo, es válido utilizar el adjetivo alerta con variación de número: “Todos debemos estar alertas frente a las disputas de poder”.

Luque Maricarmen

Hoy les traigo más errores

Quiero traerles hoy un error, que no llega a ser perceptible en el lenguaje hablado, pero que es notable en el escrito. Y ahí es donde hay que extremar el cuidado.
Cuando coinciden dos vocales iguales al final y al comienzo de palabras consecutivas, frecuentemente se pronuncian juntas; en “vamos a analizar”, se suelen juntar las dos aes en una sola, sin que se note demasiado.
Pero es de un efecto deplorable ver escrito: “se detuvo acomodar”, en lugar de “se detuvo a acomodar”, o “paso analizar”, en vez de “paso a analizar”.
Otra cuestión. Sigue siendo un caballo de batalla la acentuación de verbos como diferenciar, financiar, negociar, evidenciar, influenciar, reverenciar, etcétera. Todos ellos se acentúan como anunciar; por lo que nunca diferencío, ni financíe, ni negocíes, ni evidencías, ni influencíen, ni reverencíe sino diferencio, financie, negocies, evidencias, influencien y reverencien. Como anuncio, anuncias, anuncia, anuncies, anuncien.
Lo oirán muchas veces mal acentuado, incluso en los medios de comunicación, porque se trata de un error ya arraigado, pero como todo error, debe ser corregido
Alerta es una palabra con distintos perfiles. Procede de la interjección italiana all’erta, con la que se instaba a los soldados a ponerse en guardia ante un ataque. En español también se usa con valor de interjección, como voz de aviso o alarma: “¡Alerta!, el enemigo se acerca”.
Pero también puede ser un adjetivo, (sin variación de forma para masculino y femenino) con el significado de “vigilante y atento”: “El soldado, conteniendo la respiración, con los ojos alerta, vigilaba la zona enemiga”.
Cuando “alerta” funciona como complemento verbal, es considerado como un adverbio, por lo tanto es invariable: estar alerta, vivir alerta, permanecer alerta, etc.: “al manejar, el conductor debe estar alerta para no tener accidentes”.
Aunque la forma invariable, alerta, siempre es aconsejable, sin embargo, la palabra podría ser considerada como un adjetivo, por lo que es válido utilizarla con variación de número: “Los ciudadanos debemos estar alertas frente a las disputas de poder”.


Luque Maricarmen


miércoles, 1 de julio de 2009

Los gazapos en los medios de comunicación

Los medios de comunicación ofrecen un buen instrumento para la corrección de los errores lingüísticos que con frecuencia se cometen. Basta con permanecer un rato escuchando la radio o ante la pantalla de la televisión para detectarlos.
“En la revuelta, se produjo un inesperado masacre entre la población”, nos comunica el reportero, olvidando que una masacre, “la matanza de personas, por lo general indefensas, motivada por un ataque armado”, es palabra femenina; por lo que sus determinantes irán también en femenino: una inesperada.
Un colega dice que “ese colectivo ha sufrido mejoras con este último gobierno”. Pero las mejoras, amigos, no se sufren, se experimentan. Dejemos el verbo sufrir para las realidades tristes o acaso indiferentes, pero no para las mejoras.
“Los participantes causaron un revuelo durante su llegada al aeropuerto”, nos informa el reportero de turno. “Durante” es un antiguo participio activo del verbo durar que indica duración; se utiliza en situaciones duraderas: “durante dos días no ha dejado de llover”. La llegada al aeropuerto, o a otro lugar, es una acción momentánea, puntual, no duradera; por eso no es adecuado usar “durante”. Lo propio es: “causaron un revuelo a su llegada al aeropuerto”.
Un político afirma a través del micrófono que “será respetuoso de las decisiones del comité ejecutivo del partido”. Mejor sería que lo fuera con, porque se es respetuoso con algo, no de algo. Y antes de cambiar de estación alcancé a oír que “los soldados esperaban la orden de ingresar hacia la capital”. Pero si ingresar es “entrar en un lugar o institución”, la orden esperada por los soldados era la de ingresar en o a la capital, no hacia. Se avanza hacia, pero se ingresa en o a.
Y es que el uso de la preposición indicada para introducir el complemento de cada verbo es una de las cuestiones más espinosas de muchos idiomas. Del nuestro también. Por eso el verlas bien escritas o el oírlas correctamente empleadas ayuda a su correcta utilización.

Luque Maricarmen

miércoles, 13 de mayo de 2009

Gazapos en la televisión

Hace mucho, en una entrevista realizada en una cadena de televisión, cómo se le escapaba al entrevistado un “gazapo” de los que no es difícil “pillar” en conversaciones entre hablantes de a pie, pero que así, ante micrófono y en pantalla, resulta, cuando menos, llamativo.
“En cuanto me vio, se recordó de nuestros tiempos escolares”, dijo. Error lingüístico que alguna vez traje aquí.
Uno no puede recordarse nada a sí mismo, puede acordarse de algo o recordarlo, pero no recordarse de algo. Sí puede recordar algo a otro: “te recuerdo que...” o “le recordé que...” o “nos recordaron que...”, pero nunca seré yo el que me recuerde, ni serás tú el que te recuerdes, ni él quien se recuerde.
Para eso está el verbo acordarse, verbo pronominal. Yo me acordé, él se acordó, nosotros nos acordamos, es decir, cada uno, mediante un proceso mental, trata de traer a su memoria algo determinado.
El lapsus al que he hecho mención no sería tal, si la frase hubiera sido: “En cuanto me vio, se acordó de nuestros tiempos escolares”.
Y en cualquier medio de difusión, es frecuente el empleo de la palabra publicitar para expresar la idea de hacer algo público o darlo a conocer; y publicitación, la acción o efecto de publicitar.
Pues ambas palabras no existen en nuestro idioma. Para expresar esa idea tenemos en español, publicar, que es hacer notorio o patente, a través de los medios de comunicación, algo que se quiere hacer llegar al conocimiento de todos. Y publicación, lo publicado.
El hablante no debe emplear en su lenguaje términos inventados, sobre todo, cuando ya lo están, y han sido reconocidos y usados a través del tiempo.
Tampoco debe enfatizarse una negación añadiendo una afirmación. Porque usted, como yo, seguro que de vez en cuando oye algo como esto: “yo sí, no creo que eso sea cierto”. ¿Para qué el sí? Basta con el no: “yo no creo que eso sea cierto”.
Si nos ponemos abusados (o aguzados que es lo mismo) conseguiremos alejar de nuestro lenguaje esos solecismos que afean nuestra manera de expresarnos.

Luque Maricarmen

Obsesión por el sexismo de la lengua

Me preocupa la obsesión de ciertos sectores por la cruzada contra el supuesto sexismo de la lengua. Aunque, si hemos de ser rigurosos, la lengua, es decir, las palabras, no tienen sexo, sino género. Y es que en razón a lo políticamente correcto y a fuerza de insistir en el tema se cae en posiciones ridículas, creo.
Claro que yo estoy en contra de la discriminación por razón de sexo. Más bien, estoy en contra de cualquier tipo de discriminación.
Pero bucear en los entresijos de la lengua para buscar intencionalidad maligna en la estructura gramatical del idioma, intentando cambiar ciertas categorías gramaticales, me parece frivolizar un tema que tiene perfiles mucho más dramáticos y urgentes de solución que el que se tenga que hacer distinción de género en los plurales mixtos.
Que no debamos decir: “Los trabajadores de la compañía iniciaron un movimiento de protesta”, sino “los trabajadores y las trabajadoras de la compañía...”, ni “el colectivo de actores se reunieron ayer”, sino “el colectivo de actores y actrices...”, ni “los egresados de esa universidad tienen buena preparación”, sino “los egresados y las egresadas ...”, ni “los obreros de esa empresa empezaron la huelga”, sino “los obreros y las obreras...”, porque pueda parecer discriminatorio, me parece sacar las cosas de quicio.
Claro que la lengua evoluciona; por eso, ante la incorporación de la mujer a los distintos estratos de la vida profesional se feminizaron los nombres de las profesiones, y se sigue haciendo, pero de forma sensata y acorde con las reglas lingüísticas que rigen el idioma, sin urgencias ni pasiones desbordadas.
Si a lo largo de siglos, al hablar de pintores, literatos, cómicos, artistas, escritores, ciudadanos y campesinos hemos podido entender que el plural abarca los dos géneros, sin necesidad de más concreción salvo en casos específicos, ¿por qué hoy es necesario complicar la forma de expresarse, separando el masculino del femenino, cuando lo que se predica afecta a ambos?
¿No llegaremos a situaciones tan ridículas como hablar de los albañiles y las albañilas, las tenistas y los tenistos, los peatones y las peatonas, las artistas y los artistos?

Luque Maricarmen

miércoles, 29 de abril de 2009

En tiempos de Fernando I: Nunca hubo guerras intestinales

Amigos, el lenguaje periodístico sigue siendo uno de mis sinsabores. Les cuento: esperando a una persona cerca de un kiosco (o quiosco) de periódicos, me entretenía ojeando los titulares de la prensa nacional y extranjera, y en ese ratito, fíjense lo que encontré.

“La habitualidad y el maltrato son objeto de una nueva regulación legal. La habitualidad no puede quedar impune”.

Así, de buenas a primeras, leer en letras grandes y negras que se está tratando de regular legalmente la habitualidad, sorprende bastante. Porque la habitualidad es la calidad de habitual, y habitual es lo que se hace por hábito. Pero, teniendo en cuenta que siempre hubo hábitos buenos y malos, no se comprende por qué la habitualidad, como tal, ha de ser contemplada por la ley.

Para salir de mi ignorancia continué leyendo el artículo, donde descubrí que lo que se intentaba regular era la habitualidad en la ejecución de delitos, es decir, la reincidencia. Pero nuestros amigos periodistas prefirieron utilizar la palabra habitualidad, que así, aislada, no añade bondad ni maldad a nada porque carece de calificación moral, en lugar de emplear reincidencia, vocablo que así, sin más, significa “reiteración o repetición de las mismas culpas o defectos”.

Aunque más pintoresco y divertido es el gazapo periodístico que “cacé” en un artículo sobre el origen de la ya desaparecida peseta española. Decía: “El rey Fernando I dividió su reino, con lo que empezaron las guerras intestinales”.

¡Ah, caramba! No hay más guerras intestinales que las que sostienen los intestinos con la materia fecal para desprenderse de ella. Porque el adjetivo intestinal se refiere a los intestinos, última parte del aparato digestivo, mientras que el adjetivo intestino significa interno.

Así es que las guerras provocadas por la división del reino de Fernando I fueron guerras civiles, internas o intestinas, no intestinales.

Son… gajes del oficio.

Luque Maricarmen

Errores lingüísticos en los medios de comunicación

Como siempre, o como casi siempre, los errores lingüísticos se detectan en los medios de comunicación, y de éstos, rápidamente, trascienden a los hablantes. Y somos nosotros, los hablantes, los que debemos señalar aquello que nos suena mal en lugar de incorporarlo, sin más, a nuestro propio vocabulario.

Leía, no hace mucho, en los subtítulos de una película esta frase: “No te preocupes, querida, para que te sientas segura durante mi ausencia, él se cuidará de ti”.

El gentil esposo estaba diciendo justo lo contrario de lo que quería expresar. Para que se sintiera segura, lo que la esposa necesitaba era que alguien cuidara de ella, no que se cuidara de ella.

Porque una cosa es cuidar de alguien y otra bien distinta es cuidarse de alguien.

Cuidar de alguien, protegerlo o defenderlo es hacer lo posible para que no sufra daño, mientras que cuidarse, protegerse o defenderse de alguien o de algo es hacer lo posible para no recibir daño de ese alguien o ese algo. Por eso: “Cuídate de las malas compañías”, “protéjanse del frío crudo del invierno” o “defiéndete de lo que te pueda lastimar”.

Oí decir a un reportero de futbol: “ya se prevee quien será el ganador del Mundial”, olvidando, sin duda, que el verbo “preveer” no existe. Se puede prever, es decir, ver por adelantado, quién será el ganador, pero no se puede preveer. Porque lo que más se parece a ese vocablo espurio es el verbo proveer, cuyo significado es preparar o suministrar lo necesario para un fin.

Y no se escandalicen, amigos, sino protéjanse del contagio, cuando oigan decir “las miles de personas” o “unas miles de veces”. Y es que el adjetivo numeral mil, en su forma plural, miles, siempre es masculino. Lo mismo tratándose de personas, de veces o de pesos: los miles de personas, unos miles de veces y varios miles de pesos.

Luque Maricarmen

miércoles, 22 de abril de 2009

Errores en el lenguaje coloquial

Seguro que ustedes, como yo, han oído muchas veces un error que se comete con frecuencia en el lenguaje coloquial, como el de la frase: “Le conocí por primera vez…”. Es un pleonasmo —uso de palabras innecesarias que insisten en una idea— que afea nuestra expresión habitual. Porque es obvio que sólo se conoce a alguien una vez, la primera. Y una vez conocido, ya no se le vuelve a conocer. Estorba, pues, en la frase esa primera vez, como estorban más de una palabra en el enunciado, tantas veces escuchado: “Yo mismo lo vi con mis propios ojos”.
Otra cuestión distinta es la duda, bastante común, a la hora de usar las palabras laso, laxo, lasitud, laxitud.
Si se habla de alguien cansado o falto de fuerzas se utiliza el adjetivo laso, aplicable también al cabello lacio, flojo, aunque es de uso más frecuente el sustantivo lasitud para el significado de cansancio o falta de fuerzas. Por ejemplo: “Toda la energía consumida en la lucha dio paso a una gran lasitud”.
Es fácil confundir las anteriores, por la proximidad en el significado, con laxo y laxitud. Laxo es lo que no está firme o tenso, lo relajado o poco estricto, lo carente de rigidez o firmeza. Por eso los músculos están laxos cuando les falta tonicidad. Y si las reglas son excesivamente rígidas o demasiado laxas, surgen problemas en la educación.
Del mismo sentido participa el sustantivo laxitud: “Cuando el cansancio te domina, una terrible laxitud invade tu cuerpo”.
Y termino recordando que la palabra poco, en su valor de cantidad pequeña de algo o de parte de un todo, no debe concertar en género con ese algo o con ese todo, sino permanecer invariable; por lo que es desaconsejable en el habla culta decir algo así: “Sírveme una poca de agua o comí una poca de ensalada”, sino más bien: un poco de agua o un poco de ensalada. Es obvio. Feliz semana, amigos.

Luque Maricarmen

Regalos: lingüísticos de los medios

No deja uno de sorprenderse ante los regalos lingüísticos con que nos obsequian con excesiva frecuencia los medios de comunicación.
En un programa de radio que hacía publicidad de un instituto de belleza, oí al locutor referirse al director del mismo con las elogiosas palabras de “especialista en estética y nutrística”.
Si lo que quería era redondear la frase con una rima consonante, lo consiguió; pero lo hizo endilgándonos un palabro espantoso e inexistente.
Se puede ser especialista en nutrición, no en nutrística. Y el que tiene tal especialidad es el nutricionista. Y al hilo de la raíz, según un diccionario de uso, aunque aún no aparece en el diccionario de la Real Academia Española, la nutrología es la parte de la medicina que trata de la nutrición, por lo que el nutrólogo, (no nutriólogo) será el especialista en nutrología.
Un profesional de la radio o del radio (son válidos ambos géneros para referirse al radiorreceptor, sin embargo, radiodifusión es femenino), aunque de uso ambiguo en los distintos lugares del ámbito hispanohablante; pues bien, un locutor decía por el micrófono que “según se iban contabilizando los votos, estaba más cerca de saberse quién detentaría el poder”.
Pero el caso es que los votos no iban contabilizándose, sino contándose. Porque no es lo mismo contar que contabilizar.
Contar es numerar o computar cosas para saber cuántas hay. Contabilizar es apuntar la cantidad en los libros de cuentas. Y en cuanto al poder, sólo se detenta cuando se ejerce ilegítimamente; en los demás casos se desempeña, se ocupa o simplemente se ejerce.
Son algunas muestras, amigos, de los errores lingüísticos que ocasionalmente vuelan por las ondas hertzianas. Lo importante es detectarlos y no hacerlos nuestros.

Luque Maricarmen

miércoles, 15 de abril de 2009

Medios de comunicación: las sorpresas de cada día

No deja de sorprenderme cada día lo que los medios de comunicación nos “espetan” a través de sus plataformas comunicativas.
La palabra espetar puede causar espanto en este contexto, por eso debo recordarles que, además del significado que todos conocemos, de “atravesar con un instrumento puntiagudo carnes, aves o pescados para asarlos”, también significa “sorprender o molestar a alguien con palabras o por escrito”. Y eso es lo que nos hacen de vez en cuando los profesionales de la comunicación.
Les cuento. Hace poco oí decir a un reportero ante un accidente de tráfico provocado por una pipa, o camión cisterna, cargado de gasolina: “Los responsables de la compañía hicieron el traspaso del líquido a otra pipa”.
Ya se sabe que traspasar es pasar una cosa de un sitio a otro; pero cuando lo que se pasa es un líquido, ese traspaso recibe el nombre de trasvase, ya que el verbo trasvasar es precisamente “pasar un líquido de un recipiente a otro”.
También he oído llamar financistas a los que se dedican a las finanzas, cuando lo correcto es financieros.
Y tampoco está bien confundir sintonizar con sincronizar.
Sintonizar es ajustar a una frecuencia de resonancia determinada un circuito, que es lo que hacemos cuando seleccionamos o sintonizamos una emisora de radio. Aunque, en otro sentido, también se sintoniza cuando se coincide con otras personas en formas de pensar o de sentir. Por ejemplo: “desde el primer momento sintonicé muy bien contigo”.
Nada que ver con sincronizar, que significa hacer coincidir en el tiempo varios hechos. Por ejemplo: “ya sincronicé nuestros relojes para que lleguemos a la misma hora”.
Y termino aceptando la corrección que he recibido al referirme a una recién nacida como “la bebé”. Y la aprovecho para comunicarles que bebé es una palabra de origen francés, de género masculino, y a la que, por lo tanto, no se debe anteponer un determinante femenino, como la, sino el. El bebé o un bebé se refiere tanto a un niño como a una niña de pecho, es decir, que todavía mama; si se quiere feminizar, utilícese beba.

Luque Maricarmen

martes, 31 de marzo de 2009

Medios de comunicación, de mal en peor

Sigo insistiendo, amigos lectores, en que el lenguaje de los medios de comunicación, con frecuencia, deja mucho que desear. Si no lo creen, escuchen la radio o vean la televisión con sentido crítico y se percatarán de cosas como ésta:
“No sólo en nuestro país, pero en otros muchos…”.
Y era un reportero quien hablaba, no alguien de la calle. Sin duda se le olvidaba que detrás de la expresión “no sólo” nunca debe usarse la conjunción “pero”. Para eso está “sino”, que se utiliza para contraponer a un concepto negativo otro afirmativo; así: “no sólo en nuestro país, sino en otros muchos…”.
Otro caballo de batalla es el verbo “haber” con valor impersonal. Son las formas tan empleadas, “hay”, “había”, “hubo” y “habrá”, que siempre han de ir en singular, independientemente de que lo que haya sea singular o plural; así: “había una flor” o “había muchas flores en el jardín”. “Hubo muchas personas en la fiesta”. “En la asamblea sólo habrá dos representantes por cada partido”. Nunca habían, hubieron ni habrán.
Aunque el mencionado reportero dijo: “A lo largo del recorrido van a haber revueltas inevitables”, es necesario recordar que cuando “haber” está auxiliado por el verbo “ir”, este auxiliar irá también en singular; por lo que debería haber dicho: “A lo largo del recorrido va a haber revueltas inevitables”.
Claro, que no hay que confundir el verbo “haber” con el verbo “ver”, porque son totalmente diferentes. Y otra cosa distinta indicaría la frase: “Ustedes van a ver revueltas inevitables a lo largo del recorrido”.
Y el despistado periodista terminó su reportaje con la frase: “Así es de que nosotros estaremos en contacto”, soltando ese espurio “de” como remate de la “faena”.
Algunos “gazapos” son disculpables, pero, tantos seguidos…

Luque Maricarmen

miércoles, 25 de marzo de 2009

Las faltas de los cronistas deportivos

Ya hemos comentado otras veces las faltas contra la lengua que con frecuencia cometen los cronistas deportivos, aunque, tal vez, sean ocasionadas por la urgencia o la pasión que imprimen al mensaje.
Pero, sí conviene señalarlas para que no se conviertan en hábitos que se transmiten al gran público.
Porque, ¿cuántas veces, a lo largo de una transmisión deportiva, oímos frases como ésta: “Continúa inalterable el resultado inicial?”.
No se puede hablar de un resultado presente mientras el juego está en acción, porque el resultado es “la consecuencia de un hecho”. Si el hecho es un partido de futbol y éste todavía no ha terminado, ¿cómo va a haber resultado? Y mucho menos “inicial”. Pero, si además, como añade el reportero, ese resultado es inalterable, no puede cambiar, ¿para qué siguen jugando los futbolistas? Distinto sería si la frase hubiera sido: “Continúa estable la puntuación inicial”, ¿no les parece?
También sorprende oír a un eminente periodista, refiriéndose a la indefensión en que quedan los que declaran en un juicio criminal contra el asesino, si no sería posible proteger la secresía del declarante para que no sea objeto de represalias. Y demostrando que no se trataba de un lapsus linguae, repitió el “palabro” varias veces. Es de suponer que lo que quería saber es si el declarante puede quedar en el anonimato o si se puede guardar el secreto de su declaración. Porque ni “secresía” ni “secrecía” existen en nuestro idioma.
En cuanto a la palabra asimismo, equivalente a “también” o “de igual modo” puede escribirse como antecede, o en dos palabras separadas, así mismo (sólo en este último caso con acento). Y hablando de acentuación, conviene saber que todas las palabras terminadas en “mente”, como fácilmente, realmente, hábilmente, que no son otra cosa sino adverbios de modo derivados de adjetivos, conservarán el acento del adjetivo de que proceden y no lo llevarán si el adjetivo que las forman tampoco lo lleva: individualmente, lógicamente, alegremente, enérgicamente. Son recordatorios que, seguramente, les servirán.

Luque Maricarmen

Patadas al diccionario

Seguro que a ustedes, como a mí, siguen sorprendiéndoles los medios de comunicación con esas frecuentes “patadas” al diccionario. Si quieren desarrollar un espíritu crítico hacia el idioma, escuchen o lean con cierta disposición analítica lo que nos llega a través de las ondas o de la prensa escrita.
Un comentarista de futbol escribe en su crónica: “la culpa de que el equipo ascendiera a primera división la tuvo el portero con su buen hacer”.
¿Se puede considerar el ascenso a primera como una culpa, y se puede culpar el “buen hacer”?
Porque si no es así, debería haber escrito que el mérito del ascenso del equipo debe atribuirse al portero, o bien que, gracias al buen hacer del portero, el equipo ascendió a primera división. Y no señalar culpas donde no las hay.
De una noticia periodística surge el error contrario: “Gracias a la violencia de la corriente algunas embarcaciones se fueron a pique”. Como si el hecho de que las embarcaciones zozobren fuese motivo de agradecimiento.
En ambos casos se está tergiversando el sentido de las expresiones “por culpa de” y “gracias a”.
Y siguiendo con el periodismo deportivo, el entrenador aconsejó a su equipo salir con ímpetu al terreno de juego “en aras de” no descender a segunda división. Extraño resulta aquí el empleo de la expresión “en aras de” que, como todos sabemos, significa “en honor o en beneficio de algo”. Y el descenso a segunda división no parece ser motivo de honores.
“En aras de la deportividad, los jugadores de los equipos enfrentados se abrazaron calurosamente”, sería hacer un buen uso de esa expresión.
Pero no salgo de mi asombro cuando leo el titular de un artículo sobre el origen de la ya desaparecida peseta española: “El rey Fernando I dividió su reino, con lo que empezaron las guerras intestinales”.
¡Caramba! Teniendo en cuenta que no hay más guerras intestinales que las que los intestinos sostienen con la materia fecal para deshacerse de ella, es de suponer que las provocadas por la división del reino no fueran intestinales, sino intestinas. Porque no es lo mismo.
Intestino, como adjetivo, significa interno. Y guerras intestinas son guerras internas o civiles.
Seguiremos con esto…

Luque Maricarmen

Los gazapos

Ahí van, amigos una serie de errores o “gazapos” que cometemos en el uso habitual de nuestro idioma. La mayoría, de forma inconsciente, lo que hace que se queden fijos en el lenguaje y sean difíciles de desterrar. Por eso vamos a “poner el dedo en la llaga”.
“Lo haremos más mejor si...” Es una falta importante emplear mejor, que es un comparativo, con más, que es el término utilizado para formar el comparativo de superioridad. Sobra uno de los dos. Pero, si lo que queremos es enfatizar el “mejor”, hagámoslo con el adverbio “mucho”, y en lugar de “más mejor”, digamos mucho mejor. De esta manera hablaremos mucho mejor, no más mejor.
“Hoy llega su mamá de mi cuñada”, “vamos a la casa de su papá de Eduardo”. ¿Qué necesidad hay de usar ese posesivo “su”, si la posesión ya va indicada al nombrar al poseedor? Juntar el posesivo con el poseedor es innecesario y vulgariza la expresión. “Hoy llega la mamá de mi cuñada”, deja lo suficientemente claro de quién es la mamá que llega hoy, y “vamos a la casa del papá de Eduardo” es más que suficiente para saber de quién es la casa y a dónde tenemos que ir.
Y es que el contagio del inglés cada vez es más fuerte en nuestra lengua. Sabido es que el hablante anglosajón utiliza muchos más posesivos que el hispanohablante, y ya se está percibiendo ese modo de hablar entre nosotros. Hoy es más frecuente oír “tengo mi dinero en una cuenta de ahorro” que “tengo el dinero en una cuenta de ahorro”; “iré a buscarte en mi coche”, que “iré a buscarte en el coche”, o “me duele mi cabeza”, que “me duele la cabeza”, cuando nunca en español se hizo abuso de posesivos.
“Entre más estudies, más aprenderás” y “contra más le dan, menos se esfuerza” son dos muestras de frases construidas de forma vulgar; porque el adverbio de cantidad “más” no se refuerza con las preposiciones “entre” y “contra”, sino con el adverbio relativo cuanto, por lo que la construcción correcta será: “cuanto más estudies ...” y “cuanto más le dan ...”. Es un vicio muy arraigado, incluso entre personas de nivel cultural elevado.
Debemos cuidar el lenguaje incluso “para andar por casa”. Sólo así el buen hablar se convertirá en algo espontáneo y natural. Merece la pena el esfuerzo.

Luque Maricarmen