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jueves, 2 de julio de 2009

El dedo en la llaga

Hoy voy a poner el dedo en la llaga. O más bien, haciendo “honor a la palabra” voy a saltarme lo que ha dado en denominarse “corrección política”, para llamar al pan, pan y al vino, vino.
No sé por qué extraña razón están desapareciendo palabras de nuestro idioma, algunas con tradición de siglos, como la que nos ocupa, por no llamar blanco a lo que es blanco y negro a lo que es negro.
Como mi preocupación, cuando escribo, no es otra que el buen uso de la lengua, pongo hoy sobre el tapete la palabra moro, definida desde siglos como: “natural de Africa septentrional frontera a España. / 2. Perteneciente o relativo a esta parte de Africa. / 3. Que profesa la religión islámica. // 4. Se dice del musulmán que habitó en España desde el siglo VIII al XV. // 5. Perteneciente o relativo a la España musulmana de aquel tiempo. // 6. Se dice del musulmán de Mindanao y de otras islas de Malasia.
En ninguna acepción figura la abreviatura “despect.”, (despectivo).
Les paso toda esta información semántica para fundamentar mi extrañeza ante la tendencia reciente a no utilizar la palabra moro por el “supuesto” sentido peyorativo que encierra el término. Por más que lo busco, no lo encuentro.
Leo con perplejidad que en un lugar de España, el año pasado, el concejal de un ayuntamiento fue condenado a pagar una multa de 400 euros por llamar moro a un moro.
Me preocupa pensar que haya que ponerse a la ingente tarea de expurgar toda la literatura española anterior al siglo XX para limpiarla del término ofensivo, moro, sustituyéndolo por “musulmán”, un término compuesto de francés y persa, que entró en el español a través de la literatura romántica francesa para designar al que hasta entonces se llamaba moro, o por magrebí (natural del Magreb, o perteneciente a esta parte del noroeste de Africa que comprende Marruecos, Argelia y Túnez).
Y a las fiestas celebradas durante siglos en algunos lugares de España, y alguno de México, conocidas como de “Moros y Cristianos”, habrá que cambiarles el nombre.
Amigos, las palabras no tienen intención. La intencionalidad la pone el hablante cuando las instrumentaliza convirtiendo en arma ofensiva lo que fue creado como vehículo de comunicación y entendimiento.


Luque Maricamen

miércoles, 1 de julio de 2009

Injusticia y gordiano

La expresión, “todos a una como en Fuenteovejuna”, como estrategia solidaria, ha venido empleándose a lo largo de los siglos, y todavía hoy se utiliza cuando es difícil o imposible deslindar responsabilidades frente a un hecho delictivo, que por solidaridad, se lo atribuyen muchos.
Nos llegó la frase a través de una obra literaria, pero detrás tenía su historia.
Cuentan que en la España de los Reyes Católicos, en un pueblo de Córdoba llamado Fuenteovejuna, los vecinos, hartos de soportar las injusticias y crueldades del Comendador, señor y máxima autoridad del lugar, se confabularon contra él, lo degollaron, lo arrastraron por las calles del pueblo y terminaron clavando su cabeza en una pica.
Cuando los agentes del orden llegaron al pueblo para investigar la autoría del hecho, cada uno de los vecinos que era interrogado, a la pregunta de “¿quién mató al Comendador?” contestaba: “Fuenteovejuna, señor”, con lo que nunca llegó a averiguarse quién fue el autor material del crimen.
Este episodio inspiró al escritor español del siglo XVI, Félix Lope de Vega, su obra de teatro titulada Fuenteovejuna, donde recrea el hecho en un delicioso castellano versificado. Y la frase “todos a una como en Fuenteovejuna” pasó a través del tiempo como símbolo de escudo defensivo contra la injusticia.
Distinto origen tiene el calificativo gordiano cuando se aplica a un nudo imposible de desatar. Pues cuenta la mitología que Gordio, un labrador que luego fue rey de Frigia, agradecido a los dioses por haber sido elegido rey, entregó al templo su carro al que amarró su arado, con un nudo tan perfecto que no se veían los cabos y nadie era capaz de desatar.
Tan complicado era el nudo gordiano que el oráculo prometió el imperio de Asia a quien consiguiera desatarlo. Muchos lo intentaron sin conseguirlo, hasta que Alejandro Magno, de camino a su enfrentamiento con los persas lo cortó de un tajo con su espada, consiguiendo la victoria contra el rey persa Darío y siendo proclamado emperador de Asia en el siglo IV a. C.
Muchos siglos hace ya que el gran Alejandro demostró la necesidad, a veces, de aplicar medidas drásticas.

Luque Maricarmen

miércoles, 13 de mayo de 2009

Locuciones dudosas

Se discute sobre la legitimidad del uso de las locuciones “antes de que” y “después de que”, en lugar de “antes que” y “después que”. Y no hay motivo para la discusión.
Con significado temporal, tan legítimo es el uso del antes y el después con “de” como sin ella.
Antiguamente, apegándose al origen latino de las dos expresiones, antequam y postquam, los hablantes y escribientes cultos decían y escribían antes que y después que. Pero ya desde el siglo XVIII, en el español culto fue admitida la infidelidad a la fórmula latina, y simultáneamente con el “antes que” y “después que” se viene usando “antes de que” y “después de que”.
Así, es igualmente correcto decir “antes que anochezca” como “antes de que anochezca”, y tanto da “después que salga el Sol” como “después de que salga el Sol”.
Sin embargo, cuando la locución no es temporal sino que expresa preferencia, sólo es válida la forma “antes que”, como en la frase: “Antes que verlo detrás de una reja (...), prefiero verlo muerto”.
En cuanto a las expresiones temporales, antes de anoche y antes de ayer son igualmente válidas, e incluso preferibles por su brevedad, anteanoche y anteayer, (no antiayer).
Y en América se usan con total legitimidad antenoche y antier, esta última más cercana al ante ayer latino: ante heri.
Por lo que, amigos, no señalemos como incorrectos a los que emplean unas u otras formas, y elijamos las que más nos acomoden.
Y termino señalando que el adjetivo cuyo significado es “anterior al diluvio universal” y que se usa con el sentido de “muy antiguo” o “antiquísimo”, no es antidiluviano, como tantas veces se oye, sino antediluviano.

Luque Maricarmen

La intencionalidad del lenguaje

“El hecho es de que...”, “la realidad es de que...”, “el asunto es de que...” ¡Cómo afea la expresión y qué antiestético resulta el dequeísmo! Y aparece constantemente en boca de nuestros informadores y comentaristas, rebajando la elegancia y el estilo del lenguaje. Tal vez consigamos desterrar el inoportuno y espurio de y construyamos las frases sin él, así: “el hecho es que...”, “la realidad es que...”, el asunto es que... cada vez hablemos mejor.
Y cuando hablemos del “gusto y sabor que se percibe en los manjares, o de la habilidad o buena mano que se tiene para cocinar”, significados, ambos, de la palabra sazón, no olvidemos que ésta tiene género femenino.
Aclarados estos dos puntos, les comento dos palabras interesantes, relacionadas directamente con el latín. Seguro que muchas veces han oído, e incluso utilizado, el adjetivo peyorativo, derivado del adjetivo latino “peior” que significa “peor”. Peyorativo es, por lo tanto, lo que empeora. A una palabra se le da sentido peyorativo cuando interesa que su significado sea peor; cuando se le busca su peor cara, su lado peor, su peor perfil. Pero también existe el adjetivo contrario, meliorativo, derivado del “melior” latino, que es “mejor”. Meliorativo es, por lo tanto, lo que mejora. Por lo que se usa una palabra en sentido meliorativo cuando se le busca su mejor lado o perfil.
Tanto influye la intención del hablante al decir las palabras, que, de darles un sentido meliorativo a dárselo peyorativo, cambia el mensaje.
Y así, si digo “ese futbolista es una fiera”, debo aclarar si lo es en uno u otro sentido. Si lo es en el mejor, (meliorativo) quiero expresar que va por todas, que en el campo lucha y defiende la pelota con fuerza y determinación, sin regatear esfuerzos. Si es una fiera en sentido peyorativo, le estoy acusando de violento, agresivo y peligroso.
Vean la intencionalidad del lenguaje. Cómo una misma palabra puede encerrar distintos matices y cambiar el mensaje según la intención del hablante.
¿De dónde, si no, serían posibles los albures?

Luque Maricarmen

Palabras y expresiones con historia

Hoy me he encontrado con una palabra de empleo no frecuente, pero cuyo uso permanece en nuestro lenguaje. Es varapalo.
Varapalo, formada por dos vocablos, como bien se ve, en su primer sentido es un “palo largo a modo de vara”. O el “golpe dado con un palo o una vara”. Aunque en el lenguaje coloquial, y en sentido figurado, un varapalo es el “daño o quebranto que alguien recibe en sus intereses materiales o en el aspecto moral”. Por ejemplo, de un candidato que no logró, ni por asomo, el número de votos que esperaba, puede decirse: “le dieron tal varapalo en las elecciones, que peligra su futuro político”.
Pero más rara y curiosa es la expresión “de consuno”. Tiene una larga historia.
Desde hace muchos siglos, existía en castellano la expresión “con so uno” que significaba “juntamente”. Esta locución dio lugar al verbo asonar, que entonces significaba “juntar en asonada, derivando en el significado que hoy tiene de “juntar o reunir”. La palabra, asonada, ya existía en el siglo XIII con el significado actual de “reunión tumultuaria y violenta para conseguir algún fin, generalmente político”. Son asonadas, por tanto, los disturbios, motines o revueltas de tipo político.
Pero la expresión de con so uno, además de “parir” las dos palabras mencionadas, no desapareció, sino que fue evolucionando hasta aparecer en 1438 en la forma “de consuno”, forma que perduró hasta hoy en nuestro idioma con el sentido de “juntamente, en unión o de común acuerdo”. Por eso hoy me encontré la frase que ha motivado estas líneas: “Es necesario que esas medidas políticas sean adoptadas de consuno por todos los partidos”.
Pues si la expresión hizo un recorrido tan largo por los caminos de la lengua, hasta llegar a nosotros, justo es que hoy echemos mano de ella, aunque sea de vez en cuando.
¿Qué tal si lo hacemos “de consuno”?

Luque Maricarmen

miércoles, 29 de abril de 2009

La fuerza de algunas expresiones

Les comento hoy, amigos, la fuerza que tiene el uso de algunas palabras o expresiones que se ponen de moda y que, en cuanto llevan un tiempo pasando de boca en boca, desplazan a todas las que pueden utilizarse con el mismo sentido y se convierten en dueñas exclusivas de su territorio lingüístico. Y sucede, como siempre, en aras de lo útil, de lo práctico, de la rapidez.

Por eso, si llamas a la empresa preguntando por alguien de cierta relevancia, que está ausente, su secretaria te contestará con la frase, ya estereotipada, que “está reunido”. Con esas dos palabras debes entender que no puede o no quiere contestar. Difícilmente te va a decir que está ocupado, o que no está en ese momento, o que está con un cliente, o incluso, que está en una reunión. No. “Está reunido” se ha convertido en la frase cliché, breve y contundente. El frenazo en seco está servido y sobra toda explicación.

Y hablando de frases hechas, seguramente muchos de ustedes, yo también, usan el verbo dignarse en la locución “dignarse a”: “no se dignó a dirigirme la palabra”, “no te dignaste a mirarme”, etc. Y así lo hicieron y siguen haciéndolo hablantes y escritores de ambos lados del Atlántico.

Sin embargo, apoyándonos en los estudios que sobre este uso hizo el insigne lingüista Lázaro Carreter, anterior director de la Real Academia, buscando la trayectoria de la frase a lo largo de los siglos, resulta que “dignarse a” es considerado semiculto, mientras que “dignarse”, sin “a”, es considerado más culto, y empleado por escritores de aquí y de allá de la talla de Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Semprún, etc. “No se dignó dirigirme la palabra” o “se dignó bajar del palco para saludarme”.

Escrito está. Parece que “se dignó” mejor que “se dignó a”. Desde ahora, decirlo de una forma u otra no es cuestión de conocimientos, sino de elección.

Espero que se dignen leerme la próxima semana. Hasta entonces… ¡felices días!

Luque Maricarmen

Show, anglicismo innecesario

Por culpa de los medios de comunicación que nos sirven el vocablo sin descanso, se ha afincado en nuestro lenguaje habitual el anglicismo show, que choca con nuestra escritura y pronunciación, pero que ya parece insustituible para referirse a una “función pública destinada a entretener”, es decir, espectáculo, en español.

Y es un anglicismo a todas luces innecesario. Porque nuestra palabra, espectáculo, no sólo tiene el sentido directo que hemos mencionado, sino que además, en sentido figurado, significa “acción que causa escándalo”, significado que, sin embargo, no posee el show inglés.

Por eso no debemos decir: “El show empezará dentro de unos minutos”, ni en sentido peyorativo: “Ya están ésos montando el show de todos los días”, sino “el espectáculo” en ambos casos.

Otro tanto sucede con ranking, palabra de difícil adaptación al castellano y absolutamente innecesaria, teniendo en cuenta que hemos podido vivir siglos, lingüísticamente satisfechos, expresando la misma idea con las palabras lista, tabla clasificatoria, clasificación o escalafón, con el sentido de “clasificación jerarquizada de personas o cosas”.

El Diccionario Panhispánico de Dudas, elaborado por la RAE en consenso con la Asociación de Academias de la Lengua Española, y que desde 2005 está en circulación, sugiere la adaptación gráfica del término inglés en la forma ranquin, con el plural, ránquines, aunque recomienda el empleo preferente de las palabras o expresiones españolas mencionadas.

Es cierto, amigos, que el idioma se enriquece con la aportación de neologismos procedentes de otras lenguas, pero su uso sólo es válido cuando éste es necesario, como ocurre con los vocablos que nombran nuevas tecnologías o prácticas inventadas fuera de los países de ámbito hispanohablante. Es innecesario, sin embargo, cuando, para expresar la misma idea, tenemos en nuestra lengua, no una, sino varias palabras. Desecharla significa ceder a otros la hegemonía del idioma.

Luque Maricarmen

sábado, 18 de abril de 2009

Unos minutos de su atención

En pocos minutos, amigos, revisemos juntos algunas palabras o expresiones de uso frecuente que contienen algún error de sentido o gramatical.
Podía haber empezado estas líneas con una de ellas: “En breves minutos, amigos,…” Es ésta una fórmula muy empleada, pero poco pensada. Los minutos no pueden ser breves o largos.
Tienen siempre la misma duración: 60 segundos, aunque a veces se nos hagan eternos. Cada vez se oye con más frecuencia el uso indebido de las locuciones adverbiales, “delante mío”, “detrás tuyo”, “enfrente suyo”, etcétera, las cuales reflejan un importante desconocimiento gramatical. Los adverbios: delante, detrás, enfrente, o cualquier otro, no pueden pertenecer a nadie, establecen simples relaciones de lugar, por lo que no se les puede aplicar un posesivo. En los casos mencionados, se utilizan los pronombres personales, que son los que sirven para referirse a las personas. Así: delante de mí, detrás de ti, enfrente de él.
Una palabra que en muchas ocasiones se pronuncia mal es cónyuge. Por alguna razón inexplicable se suaviza la última sílaba, dándole el sonido que le correspondería si llevara una u entre la g y la e (cónyugue), pero no la lleva y, por lo tanto, suena fuerte, como jota.
Hay dos adjetivos, extravertido (o extrovertido, menos habitual pero también aceptado), e introvertido, de uso frecuente, formados con los prefijos latinos “extra”, fuera, e “intro”, dentro. Extravertido es el que se interesa por lo que está fuera de sí mismo, el que sale de sí mismo por medio de los sentidos; lo contrario a introvertido, el que se interesa por lo que está dentro de sí, el que penetra en sí mismo abstrayéndose de los sentidos.
Es fácil suponer que, aun siendo necesaria la introversión para conocerse uno mismo, también es aconsejable la extraversión para mejor relacionarse con los demás.

Luque Maricarmen

miércoles, 15 de abril de 2009

El honor de la palabra: Quintaesencia de rizar el rizo

Se dice que alguien “riza el rizo” cuando lleva algo hasta el último extremo del rebuscamiento y la exigencia; “ya conseguiste lo que querías; pedir más sería rizar el rizo”.
La expresión viene de una de las piruetas más complicadas y difíciles que los aviadores de exhibición suelen hacer en sus demostraciones, dando una vuelta de campana con el avión en el aire y describiendo un dibujo como un bucle o rizo.
“Rizar el rizo” es la traducción literal de la expresión inglesa “to loop the loop”, que entre los angloparlantes tiene el mismo sentido.
Para expresar lo más puro, fino y acendrado de algo se usa la palabra quintaesencia, o en dos palabras, quinta esencia. La quintaesencia de algo es el “no va más” de ese algo, lo mejor. “Es la quintaesencia de la finura y la elegancia”, se dice de quien posee esas dos cualidades en el más alto grado. O “ese poema es la quintaesencia del lirismo y la emoción”, se afirma de esos versos cuya belleza te emocionó casi hasta las lágrimas.
El concepto viene de muy atrás.
La quintaesencia era el 5º elemento que consideraba la filosofía antigua en la composición del universo, una especie de éter sutil y purísimo del cual estaban formados los cuerpos celestes.
Pensaban los filósofos antiguos que además de los cuatro elementos tradicionales que componían el universo, existía un 5º, el éter sutil, la quintaesencia, que completaba la lista de los elementos básicos en la concepción del mundo. La quintaesencia se identificó con el llamado éter, que poéticamente es “una esfera aparente que rodea la Tierra”.
En física, se define el éter como un fluido sutil e invisible que llena todo el espacio.
En el año 1110 algunos alquimistas creyeron haber encontrado la quinta esencia cuando surgió de sus alambiques un agua que ardía, era fría al tacto y, al beberla, calentaba la garganta. Pero lo que acababan de descubrir era el alcohol.
Quintaesencia, una palabra que expresa algo inalcanzable, excelso, por encima de lo definible.

Luque Maricarmen

martes, 31 de marzo de 2009

Garbanzos de a libro: Ordenes breves, claras y concisas

Seguramente habrán oído en más de una ocasión el aviso de la azafata del avión cuando les dice: “Los celulares podrán usarse sólo hasta que la puerta del avión sea abierta”. Pues está cayendo en el tan frecuente error de usar incorrectamente la preposición hasta. Si los teléfonos podrán usarse “sólo hasta que la puerta sea abierta”, se supone que su uso está permitido durante el viaje, y dejará de estarlo cuando la puerta se abra, o sea, cuando el viaje acabe.
Pero, no es éste el sentido real del mensaje, sino exactamente el contrario. No se podrán usar durante el viaje y sí cuando éste acabe y la puerta del avión sea abierta.
Porque es necesario recordar que la preposición hasta señala “el término o final de tiempo, lugares, acciones o cantidades”. Por lo que para expresar correctamente el aviso, la azafata debería haber dicho: “Los celulares no podrán usarse hasta que la puerta del avión sea abierta”, indicando así que la acción de no usar terminará cuando la puerta se abra.
Insisto, como ya lo he hecho otras veces, en que para evitar interpretaciones erróneas, basta con suprimir el “hasta” en aquellas frases cuyo uso es reemplazable por otra fórmula. En este caso se entendería perfectamente la frase: “Podrán usarse los celulares sólo cuando las puertas del avión sean abiertas”, sin hasta.
Y es que para órdenes, reglas y avisos el lenguaje debe ser breve, claro y conciso.
Y termino aclarando una duda, ¿son equivalentes los términos cinegética y venatoria? Ambas palabras se refieren a la caza. La cinegética, procedente del griego kinegetikós, es el arte de la caza. Y el adjetivo cinegético-a se aplica a todo lo que a ella se refiere.
Venatorio-a, procedente del latín venatus, se refiere a la montería, caza de jabalíes, venados y otros animales de caza mayor. Y si de arte puede hablarse, el de cazar a esos animales se llama arte venatoria.
Como ven, son términos de la misma familia semántica.

Luque Maricarmen

El origen de las frases

Escarbar en el origen de las frases que usamos en el hablar diario es tarea interesante a la que muchos estudiosos se dedican. Hoy les traigo algunas de esas frases con la historia que llevan detrás.
El que defiende la venganza, causando al ofensor el mismo daño que él infligió al ofendido, está aplicando la“ley del talión”, formulada en la frase de “ojo por ojo y diente por diente”, de inspiración hebraica. La tradición del talión, que aparece en el antiguo derecho griego, en el romano y en el de los pueblos bárbaros, fue combatida durante la Edad Media por la Iglesia.
Muchos siglos después, en el XX, un pacifista, Mahatma Gandhi, refiriéndose a la frase del “ojo por ojo”, diría casi proféticamente: “ojo por ojo y el mundo quedará ciego”, propugnando con ello la aplicación de la misericordia y el perdón en lugar de la venganza.
Que por encima de cualquier otro interés de tipo sentimental, familiar o de amistad está muchas veces el vil metal, el dinero, da fe la frase acuñada en distintos idiomas, que dice: “los negocios son los negocios”, “bussines are bussines” o “les affaires sont les affaires”. Y fue esta última, la francesa, la que dio origen a la irónica pero sentenciosa frase.
“Les affaires sont les affaires” sirvió de título a una comedia del autor Mirabeau, estrenada con gran éxito en París, en 1903. El título se ajustó tan bien al asunto de que trataba la obra, el valor que se le da al dinero, que quedó como frase proverbial ampliamente difundida y adaptada a los distintos idiomas.
Atribuir la culpa de algo a alguien es “cargarle el muerto”. Y lo dice el que se defiende contra la supuesta culpabilidad: “a mí no me cargues el muerto…”
Y es que, en la Edad Media, cuando en un pueblo aparecía una persona muerta violentamente sin que se supiera quién había sido el asesino, era costumbre obligar al pueblo entero a que pagara una multa a los familiares de la víctima. Por lo que los vecinos del pueblo donde eso ocurría, para librarse del pago, trasladaban a toda prisa el cadáver de la víctima a otro pueblo, al que le cargaban el muerto

Luque Maricarmen

El arpía Heliogábalo

El lenguaje habitual está lleno de comparaciones, expresiones o palabras que se usan, la mayoría de las veces, sin saber a ciencia cierta cuál es su historia y de dónde les viene el significado.
Es un heliogábalo la persona dominada por la gula. Y se dice que alguien “come como Heliogábalo” cuando lo hace opíparamente y con voracidad. Y es que así comía el tal Heliogábalo, emperador romano del siglo III cuya memoria ha llegado hasta nosotros, no sólo por su gula incontrolable, sino por sus excentricidades, sus crímenes atroces y su incapacidad.
A pesar del poco tiempo que reinó, pues subió al trono a los 14 años y permaneció en él hasta los 18, Marco Aurelio Antonino, nombre con que se le coronó, no dejó de asombrar a sus súbditos.
Hizo su entrada triunfal en Roma en un lujoso carro tirado por mujeres desnudas, pero las más raras extravagancias las llevaba a cabo en los banquetes que organizaba. En uno de ellos invitó a ocho jorobados, a ocho cojos, a ocho obesos, a ocho esqueléticos, a ocho sordos, a ocho negros y a ocho albinos.
A veces se complacía en gastar pesadas bromas a sus invitados, como en cierta ocasión en que a los postres, cuando ya estaban todos los comensales ebrios, el emperador mandó cerrar todas las salidas del comedor e hizo soltar una manada de fieras salvajes, a las que previamente había hecho arrancar garras y dientes, lo cual era ignorado por los aterrados comensales que, espantados, trataban inútilmente de escapar.
Tal vez, lo de menos era el voraz apetito del joven Heliogábalo, lo peor fue su crueldad y locura, pero lo cierto es que su figura quedó como prototipo de comelón (o comilón), es decir, el que come mucho y desordenadamente.
Otra palabra que se usa con cierta frecuencia es arpía, para referirse a la mujer fea, perversa y de pésimo genio. Y se tacha de arpía a la persona codiciosa que con maña y malas artes saca cuanto puede de los demás.
El nombre hace alusión a unas fabulosas aves, las arpías, que según la mitología griega, tenían cuerpo de ave de rapìña y rostro de mujer. Los dioses se valían de ellas para castigar a los mortales, a los que arrebataban y hundían en los infiernos.

Luque Maricarmen

La razón de algunas frases

Con frecuencia leemos en los periódicos u oímos en la radio o en la televisión frases y expresiones del lenguaje de la comunicación, que unas veces no entendemos y otras, intuimos lo que significan, pero casi nunca tenemos tiempo de investigarlas.
¿No han leído alguna vez sobre el “síndrome de Estocolmo”?
En septiembre de 1973, Clark Olofsson fue sorprendido por la policía atracando un banco de Estocolmo.
El atracador tomó como rehenes a todos los que en ese momento se hallaban en la oficina, los cuales, después de varias horas de negociación, fueron liberados y el atracador detenido.
Pero lo curioso del caso fue que en el juicio la mayoría de los secuestrados intercedieron por el secuestrador, movidos por su amabilidad en el trato y por los motivos que le empujaron a intentar el atraco.
Esta identificación entre secuestrador y secuestrado se estudió psicológicamente, formulando la teoría del citado síndrome cuyo nombre se aplicó, y se sigue aplicando, en situaciones semejantes a la que se produjo en la capital sueca en 1973.
¿Saben a quién se debe el nombre de “prensa amarillista”? A Yellow Kid, protagonista de una famosa historieta cómica que se publicaba a finales del siglo XIX en el periódico sensacionalista estadounidense The New York World.
El personaje y su camiseta amarilla se hicieron famosos, y convirtieron este color en el calificativo que se aplica a la prensa sensacionalista, la que busca más el escándalo que la verdad.
Y ya en el lenguaje cotidiano se usa frecuentemente la expresión de “ser un lince” para referirse a la persona lista y aguda, o la que tiene una muy buena vista.
Pues el lince fue considerado desde tiempos remotos como un animal de extraordinaria agudeza visual, cuya mirada, según la leyenda, era capaz de atravesar las paredes.
Por eso, son ojos linceos los dotados de vista muy aguda.

Luque Maricarmen

jueves, 26 de marzo de 2009

En sentido figurado

Rescatar expresiones o palabras que se usan en sentido figurado en el lenguaje habitual es lo que hace Gregorio Duval, en su libro Del hecho al dicho. Y hoy les traigo algunos de sus rescates.
La palabra bicoca significa “cosa de poca estima o aprecio” y también “cosa apreciable pero adquirida con poco trabajo o bajo precio”.
Se empezó a usar en 1522, cuando las tropas del emperador Carlos V, en Italia, rechazaron, sin gran esfuerzo, un asalto del ejército francés a uno de esos castillos pequeños y de poca defensa que los italianos llaman “bicoccas”. A este asalto se le llamó la batalla de Bicoca, y así quedó el nombre de “bicoca” para referirse a lo que se obtiene fácilmente y sin esfuerzo.
Es curiosa la evolución semántica de la expresión “ser un as” que, como todos sabemos, se aplica a quien es excelente en lo que hace, significando ser el número 1, como el As de la baraja, la carta de más valor en casi todos los juegos de naipes. Sin embargo, hace siglos, esta misma expresión era de uso común en España, pero con otro sentido. Era un as la persona boba, terca y testaruda, ya que la expresión reproducía la primera sílaba de la palabra asno. El tiempo dio la vuelta al sentido de “ser un as”.
La palabra bodrio, del bodrium latino cuyo significado es “caldo”, pasó al español en el siglo XVII como “caldo con sobras de otras comidas que se daba a los pobres en los conventos”. Aunque también es bodrio la “mezcla de sangre de cerdo con cebolla con la que se hace la moronga o morcilla”.
En el lenguaje familiar se utiliza “bodrio” para referirse a la cosa mal hecha o de mal gusto. Una obra de teatro es un bodrio cuando realmente es tan mala que no vale la pena verla. Y un vestido quedó como un bodrio cuando está mal hecho y fachoso.
Por el contrario, se dice que algo es la panacea cuando se considera el remedio o la solución para cualquier mal.
Y es que “panacea” viene de los vocablos griegos pan, que es todo y akos, “remedio” y, como su etimología indica, era el remedio que para todas las enfermedades buscaban los antiguos alquimistas.
Pero, desengañémonos, no existe la panacea; aunque a veces nos la prometan.

Luque Maricarmen

Dorarle la píldora al corso

En nuestra lengua se usa la expresión “patente de corso”, en sentido figurado, para significar la autorización que alguien tiene para realizar actos que a los demás les están prohibidos. “Claro, —diría alguien con justificada indignación—, como es hijo de quien es, tiene patente de corso para saltarse la prohibición”.
Aunque corso es el natural de Córcega, en otro sentido, procedente del latín, el corso era “una campaña que hacían por mar los buques mercantes con patente de su gobierno, para perseguir a los piratas o a las embarcaciones enemigas”.
La cédula con que el gobierno de un Estado autorizaba a un individuo para hacer “el corso” contra los enemigos de la nación era la patente de corso, especie de salvoconducto que empezó a concederse en el siglo XV.
“Dormirse en los laureles” es otra expresión de nuestra lengua que en el ámbito familiar significa, “descuidarse o abandonarse uno en la actividad emprendida, confiando en los éxitos obtenidos”. Sucede que, antiguamente, las hojas de laurel eran empleadas para confeccionar guirnaldas con que se adornaban para festejar los éxitos de artistas y poetas, y con ellas eran también coronados atletas, militares y emperadores. Y como el laurel es un árbol de hoja perenne, simbolizaba la perpetuidad de la gloria.
Sin embargo, amigos, como en realidad no hay éxito perdurable, más vale no dormirse… en los laureles.
Seguramente alguna vez le han “dorado la píldora”, que en español significa suavizar con artificio y blandura una mala noticia o el mal efecto que ésta ha causado. Y es que la píldora es esa “bolita que se hace mezclando un medicamento con un excipiente para ser ingerido”.
Como antes era creencia general que para curarse había que sufrir, debían tragarse, a la brava, aquellas bolitas incomestibles, de un desagradable sabor y difíciles de tomar. Hasta que a alguien se le ocurrió la feliz idea de “dorar la píldora”, mejorando su sabor y haciéndola de fácil ingestión.
Y así sucede en la vida real, se acepta mejor la contrariedad si a uno le doran la píldora.

Luque Maricarmen

miércoles, 25 de marzo de 2009

Todo tiene su razón

Sobre las frases hechas, dichos, refranes y proverbios, hay mucho escrito, y lo que hay escrito suele ser ameno e interesante.
Cuando alguien se marcha de donde está, repentinamente y sin despedirse, se dice que se despidió “a la francesa”.
La expresión nació en el siglo XVII, cuando en la corte francesa se puso de moda abandonar las reuniones “sans adieu”, esto es, “sin adiós”, con lo que se daba a entender que, a pesar de que la reunión era agradable, uno tenía que irse por alguna razón ajena a su voluntad. Esa conducta entraba en las normas de la cortesía palaciega, donde se consideraba de mal gusto avisar de la marcha, y de peor educación aún, excusarse por irse.
Tal costumbre fue mal vista en el resto de Europa, dando lugar a la frase mencionada de: “despedirse a la francesa”. Aunque los franceses dicen hoy, en esa misma situación, “despedirse a la inglesa” o “despedirse a la española”.
Habrá que enterarse si es por devolver la pelota o si tiene fundamento.
Cuando dos personas hablan mal de una tercera, afeándole sus defectos o injuriándole, se dice que lo están poniendo “de chupa de dómine”.
La “chupa” era un saco o chaquetilla modesta que solía vestir el “dómine”, maestro de gramática latina: un individuo siempre de cortos recursos y cuya falta de aseo era proverbial. Ambas cosas se juntaban para que la “chupa” que usaba estuviera siempre sucia o vieja, o sea, hecha un trapo. Por eso, poner a alguien “como chupa de dómine” es lo mismo que ponerle “como un trapo”.
Cuando alguien destaca por su orgullo, vanidad y presunción, se dice que “tiene muchas ínfulas”.
La ínfula era un adorno de lana blanca, a manera de venda, con que se cubría la cabeza y de la cual colgaba a cada lado una cinta o listón. Antiguamente se usaba como símbolo de autoridad o como señal de clase alta. Solía ser ancha y se retorcía como una guirnalda, colocándose a modo de diadema y atándose por detrás con los listones colgantes.
Los sacerdotes paganos y los reyes de la antigüedad las usaban como distintivo de su dignidad. Por todo ello, del orgulloso, engreído, vanidoso o fatuo se dice que “tiene muchas ínfulas”.
Como ven, amigos, todo lo que decimos tiene su porqué. Otro día les cuento más.

Luque Maricarmen

¡Eureka!: es haya, no haiga

Una vez más volvemos sobre el origen o la historia que llevan detrás esas expresiones o palabras de uso frecuente en nuestra lengua. Y como suelen ser curiosas, se las paso a mis amigos lectores.

Eureka es esa exclamación de júbilo que se emplea cuando se encuentra la solución de un asunto o problema buscado con afán. Y tiene su origen en el vocablo griego "eureka", que significa "he hallado", por lo que equivale al tan usado "lo encontré".

Se supone que el primero que empleó el ¡eureka! con ese matiz de entusiasmo fue Arquímedes, pues cuenta la leyenda, que el rey le encomendó que averiguase cuánto oro había en una corona, sin fundirla ni estropearla. Acongojado el sabio ante la responsabilidad de la respuesta, encontró la solución de una forma casual, como suele suceder con las cuestiones más difíciles.

Mientras disfrutaba de un baño, dio con la respuesta exacta, describiendo el principio de la hidrostática, que recibió con un formidable ¡EUREKA! El principio de Arquímedes pasó a la ciencia, y la expresión jubilosa ¡eureka! a muchas lenguas conocidas.

Esta que voy a contarles no tiene un origen tan noble. Es una palabra que no debía escapársele a nadie medianamente culto, pero que surge de repente y sin ninguna razón que lo justifique. Se trata de la palabra haiga, ese presente de subjuntivo del verbo haber que en buena ley todos, desde la escuela, hemos conjugado como haya, pero que, de vez en cuando, se disfraza de plebeyo y se convierte en "haiga".

Pues este espurio "haiga", no con este uso sino con otro de origen burlesco, se llego a popularizar en el habla de España; verán cómo:
Dicen que a poco de terminar la Guerra Civil Española, hacia los años 40 del siglo ya pasado, comenzaron a circular por las carreteras españolas caros y despampanantes modelos de automóvil extranjeros, y la gente comenzó a llamarlos "haigas", porque los propietarios eran indianos, españoles que volvían ricos de América, los cuales, al llegar a su patria, cuando se iban a comprar un automóvil, no preguntaban ni por el precio ni por la marca, simplemente decían: "Yo quiero el mejor que haiga". Y de esa metedura de pata gramatical, nació el apelativo burlón de "haiga" para nombrar aquellos automóviles deslumbrantes y de gran lujo.

La anécdota tiene su gracia, pero la palabra… mejor es olvidarla.

Luque Maricarmen

martes, 24 de marzo de 2009

Del hacer al decir

Las actividades, los pasatiempos y las costumbres van dejando rastro en el lenguaje y dando forma, poco a poco, al idioma. Nuestra lengua está llena de palabras y expresiones que pasaron y pasan del hacer al decir.

Tener en jaque a alguien es atacarlo, tenerlo bajo amenaza, perturbarle de manera que no pueda realizar sus propósitos; y, como muchos saben, la expresión viene del ajedrez: ese juego que, según parece, se inventó en la India hacia el siglo VI y fue introducido en Europa por los persas en el IX. Y allí, durante los siglos XV y XVI, fue modernizándose hasta tomar la forma actual.

El jaque —procedente del Shack, rey en persa— se produce cuando ciertas piezas atacan al rey; y, si éste no tiene escapatoria, la jugada es “jaque mate”, con lo que se da por terminada la partida.

Del argot taurino nos llegan decenas de expresiones. Estar al quite es una. El quite es un lance en el que el torero, con el capote, trata de distraer al toro para librar a otro del peligro de la embestida. Por eso, “está al quite” el que está preparado, listo, para acudir en auxilio o defensa de alguien.

Ve los toros desde la barrera: quien se desentiende de algún asunto e, incluso, se permite aconsejar sin implicarse en él. Como hacen los espectadores en las corridas de toros cuando, parapetados y bien protegidos por las barreras, se permiten dar al torero instrucciones, gritándole, además, que se arrime al animal.

Dar la puntilla a alguien es acabar con él, en sentido figurado, con un gesto definitivo y preciso; como hace el torero con el toro agonizante cuando, con un pinchazo certero, acaba con su vida. En un debate político, un orador da la puntilla a su oponente cuando, con una frase o un breve razonamiento, desbarata sus argumentos.

Y se corta la coleta: quien se aparta de alguna afición o deja de hacer algo que hasta entonces había estado haciendo. Como se la corta el torero para significar su retiro definitivo de los ruedos. Pero hoy no se habla de una coleta verdadera, como la de los toreros del siglo XIX. Lo de hoy no es coleta, sino un pequeño chongo o rodete postizo que llevan prendido en la nuca, aunque la expresión permanece.

Luque Maricarmen