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viernes, 11 de abril de 2014

Plural de gente

1. En el español general, este sustantivo femenino se emplea como nombre colectivo no contable y significa ‘personas’: «La gente acudía a su bar» (Obligado Salsa [Arg. 2002]); «En torno a nosotros había un grupo de gente joven que reía y voceaba» (Salisachs Gangrena [Esp. 1975]). Como otros nombres colectivos, admite un plural expresivo, usado casi exclusivamente en la lengua literaria: «Fue ella quien me introdujo en las cosas, en las comidas, en las gentes de aquí» (Benedetti Primavera [Ur. 1982]). La divergencia entre su referente (plural) y su número gramatical (singular) puede dar lugar a errores de concordancia ( concordancia, 4.7).

2. En el español de ciertas zonas de América, especialmente en México y varios países centroamericanos, se usa también con el sentido de ‘persona o individuo’, es decir, como sustantivo contable y no colectivo: «Luis era una gente muy caballerosa» (Prensa [Nic.] 3.2.97); con este sentido, su uso en plural es obligado cuando se desea aludir a más de una persona: «Alrededor de la tina, en la que podían caber cinco gentes, había muchas plantas» (Mastretta Vida [Méx. 1990]). En España solo es normal el uso de gente con referente singular en la expresión buena (o mala) gente, que también se documenta en el español americano: «Yo soy muy buena gente» (Gala Invitados [Esp. 2002]); «Tato, por su parte, no era mala gente» (ÁlvzGil Naufragios [Cuba 2002]).

3. En el español coloquial de muchos países de América se emplea también, como adjetivo o como sustantivo, con el sentido de ‘[persona] honesta, amable y servicial’ y ‘[persona] distinguida o de buena posición’: «Sería conveniente que llamara al doctor Pereyda [...]; él es muy gente y seguramente no le cobrará» (Olivera Enfermera [Méx. 1991]); «Ese es para mí menos que nada, aunque estos caballeros hablen de él como si fuera gente» (Piglia Respiración [Arg. 1980]).


Diccionario panhispánico de dudas ©2005
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

domingo, 3 de enero de 2010

Cazador de gazapos

Es fácil, amigos, actuar de cazador de gazapos, esos errores que por inadvertencia deja escapar quien escribe o habla. Los medios informativos, hablados o escritos nos los sirven en charola.

Así daba la noticia el corresponsal de guerra: “Por el camino ya oímos incrédulas noticias sobre el campo de refugiados”. Pero las noticias no pueden ser incrédulas, sino increíbles, que no pueden creerse; incrédulas son las personas cuando no creen algo fácilmente.
Se lee y se oye con frecuencia: “Hace breves días recordaba…” “En breves minutos les presentaremos…”, como si la duración de los días o los minutos pudiera ser breve o larga. Es la que es. Estos adjetivos pueden aplicarse a aquello cuya duración es cambiante, pero no a lo que tiene una duración fija. Lo correcto es hace pocos días o en pocos minutos.
Cierto que los días o los minutos se nos pueden hacer breves, largos o eternos, pero duran lo que duran.
Es muy clara la diferencia entre las palabras “acreedor y deudor” cuando se utilizan en un contexto económico. Pero refiriéndose a alguien que evitó con su intervención el asalto a un banco, el periodista remataba la noticia así: “Son pocos, valientes y deudores de un reconocimiento público, los ciudadanos que se enfrentan a un acto delictivo”. Cuando una persona se merece algo, no es deudora sino acreedora. Por lo que esos valientes ciudadanos serán acreedores, no deudores.
“Dentro de las medidas de seguridad tomadas para evitar el contagio…”, reza un aviso periodístico. Pero es confundir la locución preposicional “dentro de”, que significa ‘en la parte interior de algo’, con la preposición “entre”, que expresa la ‘situación de algo en medio de más cosas’. La forma adecuada es: “Entre las medidas de seguridad…”
Y para terminar señalo el error de “se encuentra en prisión a expensas de la extradición solicitada por el Gobierno de su país”, texto aparecido en la sección internacional de un periódico.
“A expensas de” significa ‘a costa de, por cuenta de o a cargo de alguien’, ninguna de las cuales encaja en el contexto. Lo correcto es “en espera de o pendiente de”.
El gazapo es una especie que abunda.

Luque Maricarmen

La gente prominente

La palabra gente es motivo de preocupación para mucha gente. Todo lo que hay que saber respecto a su uso correcto cabe en pocas líneas.
Este sustantivo femenino se emplea en general como nombre colectivo no contable y significa personas: Ese tipo de música gusta sobre todo a la gente joven. La gente siempre sigue a sus ídolos.
Como otros colectivos (grupo, ejército, multitud) admite un plural expresivo, usado en la lengua literaria: Enseguida se hizo popular entre las gentes del lugar.
En cuanto a la concordancia, aunque gente, por ser colectivo, encierra la idea de una pluralidad de individuos, cuando actúa de sujeto lleva el verbo en singular: La gente, al ver sus esperanzas truncadas, se sintió defraudada.
Como tal colectivo se usa en singular en frases como: Hubo mucha gente en la manifestación; asistió mucha gente a la misa; en el Zócalo se reunió mucha gente.
En ciertas zonas de América, especialmente en México y en varios países centroamericanos, la palabra gente se usa también con el sentido de “persona o individuo”, por lo que deja de ser colectivo para ser individual y, por lo tanto, admite el plural. En consecuencia, serían correctos los ejemplos: Luis es una gente de trato agradable; él es muy buena gente; en ese salón caben más de cien gentes.
Caso aparte es la duda que se produce entre las palabras prominencia y preeminencia, aunque hay que reconocer que el sentido de ambas frecuentemente tropieza. En principio, una prominencia es una “elevación o abultamiento”: Estaba preocupado porque se detectó una prominencia en el cuello. Pero también prominencia puede significar “cualidad de prominente o destacado”: “Sentía celos por la prominencia social de su hermano. Y es en este sentido en el que tropieza con preeminencia, cuyo significado es “superioridad” y “privilegio o ventaja en razón de algún mérito”: El cargo que ocupaba le confería una preeminencia notable sobre sus compañeros. Y lo mismo sucede con los adjetivos correspondientes, prominente y preeminente: Tenía una nariz prominente; estaban acusadas varias personas prominentes de la ciudad; una de las figuras preeminentes de la cultura hispánica fue José Vasconcelos.

Luque Maricarmen

domingo, 12 de julio de 2009

No caer en el reduccionismo

Un amigo radioescucha, que sigue fielmente mis intervenciones en la radio, me felicitaba a su regreso de un viaje a Madrid, por lo que había percibido de buen hacer lingüístico en lo relativo a carteles, anuncios y demás, lo que, según él, demuestra un cuidado extremo en el uso de nuestra lengua y un gran interés por su buen uso… Y lamentaba que en México no sucediera lo mismo.
Yo le agradecí de corazón su felicitación por la parte que, como madrileña, me toca, pero tengo que confesar que, si bien es cierto que son cuidados los mensajes que han de ser expuestos en lugares públicos, no es tan cierto que el interés por hablar bien, conocer mejor el idioma y conservarlo sea una de las constantes en las calles de las ciudades españolas, ni en los medios de comunicación.
Sin embargo, yo, aquí, desde el puesto de observación privilegiado que constituye un programa de radio al que tienen acceso cientos de miles de hablantes mexicanos, cada día tengo la suerte de poder constatar, a través de los mensajes que recibo, la pasión que en México despierta lo relativo a nuestra lengua común y el enorme deseo de los mexicanos por expresarse con corrección en el lenguaje oral y escrito.
Teniendo en cuenta que México es el país con mayor número de hispanohablantes del mundo, es esperanzador para el futuro del español el amor que por esta lengua sienten la mayoría de sus hablantes.
Por cierto, una cuestión lingüística que a muchos interesa es el valor de un tiempo verbal que se usa poco en México, pero que es habitualmente empleado en otros lugares de habla hispana. Se trata del antepresente: (he amado, has amado, ha amado, hemos amado, han amado).
Este tiempo, como su nombre indica, algo anterior al presente, se refiere al pasado, pero es un pasado cercano, más cercano que el pretérito (amé, amaste, amó...). Ej.: “El mes pasado conocí a los papás de mi novio, hace unos días, a sus hermanos y esta mañana he conocido a sus abuelos”. “¿Qué has comido hoy? -Como ayer comí carne, hoy he comido pescado”.
Con frecuencia, este tiempo es sustituido por el pretérito, pero es conveniente el uso de los dos. El reduccionismo en el idioma, es decir, la supresión de palabras reduciéndolas a una es una tentación en la que conviene no caer, pues lo empobrece. Usémoslas todas, que para eso están.

Luque Maricarmen

Las impropiedades léxicas

Cometer impropiedades léxicas, es decir, usar indebidamente palabras en nuestro lenguaje hablado o escrito con significados inadecuados a lo que tratamos de expresar es algo de lo que nadie está a salvo. Pero cuando estas impropiedades las cometen los medios de comunicación es más grave porque son los que van marcando la pauta o el modelo de cómo se habla o escribe.
Posiblemente hayan visto escrita, como yo, la frase: “La política gubernamental fue valorada negativamente por la oposición”.
El significado de valorar es “reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de alguien o algo”; y el mérito nunca es negativo, por lo que nada puede ser apreciado negativamente. Para eso está el verbo evaluar que es eso, señalar, estimar o calcular el valor de algo. Y así se evalúan los méritos del aspirante a un trabajo, o la política de un partido.
Sin olvidar que para determinar el precio de una cosa, sí es apropiado el uso de valorar o valuar. Y que tanto el verbo evaluar como valuar se acentúan como actuar.
Las palabras que corresponden a la acción o efecto de estos verbos son: valoración o avalúo, de valorar; evaluación, de evaluar y valuación, de valuar.
Y termino señalando la diferencia de uso que se hace en el lenguaje habitual entre las palabras pelo y vello; mientras el primero hace referencia al que cubre la cabeza humana, llamado también cabello, y al de la barba masculina, el vello se refiere al pelo más corto y suave que sale en algunas partes del cuerpo humano. También se llama vello a la pelusa de que están cubiertas algunas frutas o plantas.
Nada que ver con lo bello, referente a la belleza. Obviamente.
Algún día les pasaré expresiones que el habla popular ha ido formando con la palabra pelo. Grosso modo, es decir, más o menos, unas cincuenta.

Luque Maricarmen

domingo, 5 de julio de 2009

Dudas razonables

Una duda que asalta con frecuencia al hispanohablante, más bien al “hispano escribiente, es el uso de los distintos: porque, porqué, por que y por qué. Y es que cada uno tiene un valor y empleo diferente. Veamos.
Porque se usa mayoritariamente como conjunción causal, para introducir la oración subordinada que expresa la causa de la principal: “No iré al viaje porque no tengo dinero”.
Por que, en dos palabras, puede ser:
—La combinación de la preposición por seguida del pronombre relativo que. Este pronombre podría cambiarse por otros relativos (el cual, los cuales): “La verdadera razón por que (por la que) no llegaste a tiempo fue tu impuntualidad”.
—La combinación de la preposición por exigida por un verbo, un sustantivo o un adjetivo, seguida de la conjunción que (preocuparse por, interés por, ansioso por): “No debía preocuparse por que le devolvieran ese dinero”. “Expresó su interés por que el dinero llegara a su destinatario”. “Están ansiosos por que su honradez quede patente”.
Caso aparte es el sustantivo porqué, que significa “causa o motivo”. Como cualquier sustantivo, se usa precedido de un determinante (artículo, posesivo, demostrativo) y admite el plural: porqués. “No entiendo el porqué de tu enojo”. “A menudo no entendemos los porqués de los hijos, y ellos tampoco comprenden nuestros porqués”.
Este porqué no debe confundirse con el por qué en dos palabras, combinación de la preposición por y el interrogativo qué. “¿Por qué no llegaste? No sé por qué no llegué”.
Lo de hoy, amigos, fue una clase de gramática pura y dura. Discúlpenme, pero es un tema recurrente en los correos que recibo.

Luque Maricarmen

jueves, 2 de julio de 2009

Ante lo injusto: No hay “reclamo”, sino reclamación

Con motivo de la descalificación, aparentemente injusta, de un atleta en las Olimpiadas, un cronista deportivo nos pasó la noticia del enérgico reclamo presentado por la delegación de su país ante los jueces olímpicos.
Justa es la reivindicación, y bien está exigir lo que por derecho pertenece. Pero eso no es un “reclamo” sino una reclamación.
El reclamo es la voz o grito con que se llama a alguien. O el ave amaestrada que se lleva a la caza para que con su canto atraiga a otras de su especie, o el instrumento que imita su voz y se utiliza con el mismo fin.
En general, el reclamo es una señal para captar la atención.
Pero la oposición o contradicción que se hace a algo como injusto dando muestras de no consentirlo, se llama reclamación.

Luque Maricarmen


Es un error de la lengua: No hay prácticas monopólicas

No hace mucho, en un programa de radio, oía hablar sobre las prácticas monopólicas. Y como el “palabro” surgió repetidas veces, tengo que aclarar que lo de monopólicas es un lapsus linguae, es decir, un error de la lengua. El adjetivo correspondiente al sustantivo monopolio es monopolístico, no monopólico. Y las prácticas que conducen a ello son prácticas monopolísticas. Y la persona o entidad que ejerce el monopolio es monopolista. Políticas monopolísticas, Estado monopolista.
De la misma raíz e idéntico significado es el verbo monopolizar, atribuirse el aprovechamiento exclusivo de algo; del cual se derivan monopolización, que es la acción de monopolizar, y monopolizador, el adjetivo aplicable a quien lo hace. Monopolización del petróleo o monopolizadores del poder.
Como ven, variaciones múltiples sobre la misma raíz y del mismo campo semántico. Entre los homónimos atajo y hatajo, hay que puntualizar que atajo es el camino más corto que el principal para llegar a un sitio. Este otro hatajo puede referirse a un “pequeño grupo de ganado”: “Le regalaron medio hatajo de borregos para el rancho” o, en sentido despectivo, a un “grupo de personas o cosas”: “Son un hatajo de egoístas y poltrones”. Para este último sentido, es admisible la variante atajo, aunque poco usual.
Alerta es una palabra en la que conviene detenerse. Procede de la interjección italiana all’erta, con la que se instaba a los soldados a ponerse en guardia ante un ataque. Como voz de aviso y alarma se usa también en español: “¡Alerta! El enemigo acecha”.
Como sustantivo, con los significados de aviso o llamada de atención para prevenirse de un posible daño, o situación de vigilancia; alerta puede usarse en los dos géneros, aunque predomina el uso en femenino: “Muchas voces se han levantado dando la alerta para evitar el despilfarro de energía”. Alerta también se usa como adjetivo, sin variación para masculino y femenino: “El hombre permanecía escondido, con la respiración contenida y los ojos alerta”. Y como complemento verbal, con verbos como estar, vivir, mantener, continuar, permanecer; también es invariable: “Todos se mantenían alerta ante el peligro inminente”.
Sin embargo, es válido utilizar el adjetivo alerta con variación de número: “Todos debemos estar alertas frente a las disputas de poder”.

Luque Maricarmen

Los vaivenes del lenguaje

Un error que se comete con relativa frecuencia, y que merece ser señalado, es el uso indistinto de los verbos ampliar y amplificar, en determinados contextos.
Cierto que ambos son sinónimos, y en el sentido amplio significan “extender o dilatar”. Algo se amplifica cuando se amplía, se extiende o se dilata; pero para referirse concretamente a la “reproducción de fotografías, planos o textos en tamaño mayor del original” es más propio y culto decir ampliar que amplificar. Y lo que resulta no es una amplificación sino una ampliación.
Como dato complementario, el verbo ampliar se acentúa igual que “enviar”.
En cuanto a los adjetivos dactilar y digital, cuyo significado es “relativo o perteneciente a los dedos”, pueden usarse indistintamente cuando califican a los sustantivos “huella o impresión”. Y tan correcto es huellas dactilares o digitales, como impresión dactilar o digital.
Sin embargo, en el sentido de dígito, el adjetivo adecuado es digital; por eso se aplica a los instrumentos de medida expresada con números dígitos: reloj digital.
Algo menos árido es la explicación a las consultas que recibo sobre por qué se compara a la persona voluble con el camaleón, y a quién se conoce como “ratón de biblioteca”.
Considerando la capacidad del camaleón de cambiar de color según las condiciones ambientales, suena lógico que a quien cambia de opinión o de conducta por interés, es decir, al que es voluble, se le compare con este reptil.
Durante siglos se llamó “ratón de biblioteca” al erudito que asiduamente escudriñaba cultura en los libros, entre el polvo de las bibliotecas. Con las modernas tecnologías, ¿esta especie no correrá riesgo de extinción y desaparecerá el apelativo?
En fin, la marcha de la lengua va adaptándose a los tiempos y son éstos los que determinan los vaivenes de las palabras.

Luque Maricarmen

Hoy les traigo más errores

Quiero traerles hoy un error, que no llega a ser perceptible en el lenguaje hablado, pero que es notable en el escrito. Y ahí es donde hay que extremar el cuidado.
Cuando coinciden dos vocales iguales al final y al comienzo de palabras consecutivas, frecuentemente se pronuncian juntas; en “vamos a analizar”, se suelen juntar las dos aes en una sola, sin que se note demasiado.
Pero es de un efecto deplorable ver escrito: “se detuvo acomodar”, en lugar de “se detuvo a acomodar”, o “paso analizar”, en vez de “paso a analizar”.
Otra cuestión. Sigue siendo un caballo de batalla la acentuación de verbos como diferenciar, financiar, negociar, evidenciar, influenciar, reverenciar, etcétera. Todos ellos se acentúan como anunciar; por lo que nunca diferencío, ni financíe, ni negocíes, ni evidencías, ni influencíen, ni reverencíe sino diferencio, financie, negocies, evidencias, influencien y reverencien. Como anuncio, anuncias, anuncia, anuncies, anuncien.
Lo oirán muchas veces mal acentuado, incluso en los medios de comunicación, porque se trata de un error ya arraigado, pero como todo error, debe ser corregido
Alerta es una palabra con distintos perfiles. Procede de la interjección italiana all’erta, con la que se instaba a los soldados a ponerse en guardia ante un ataque. En español también se usa con valor de interjección, como voz de aviso o alarma: “¡Alerta!, el enemigo se acerca”.
Pero también puede ser un adjetivo, (sin variación de forma para masculino y femenino) con el significado de “vigilante y atento”: “El soldado, conteniendo la respiración, con los ojos alerta, vigilaba la zona enemiga”.
Cuando “alerta” funciona como complemento verbal, es considerado como un adverbio, por lo tanto es invariable: estar alerta, vivir alerta, permanecer alerta, etc.: “al manejar, el conductor debe estar alerta para no tener accidentes”.
Aunque la forma invariable, alerta, siempre es aconsejable, sin embargo, la palabra podría ser considerada como un adjetivo, por lo que es válido utilizarla con variación de número: “Los ciudadanos debemos estar alertas frente a las disputas de poder”.


Luque Maricarmen


miércoles, 13 de mayo de 2009

Gazapos en la televisión

Hace mucho, en una entrevista realizada en una cadena de televisión, cómo se le escapaba al entrevistado un “gazapo” de los que no es difícil “pillar” en conversaciones entre hablantes de a pie, pero que así, ante micrófono y en pantalla, resulta, cuando menos, llamativo.
“En cuanto me vio, se recordó de nuestros tiempos escolares”, dijo. Error lingüístico que alguna vez traje aquí.
Uno no puede recordarse nada a sí mismo, puede acordarse de algo o recordarlo, pero no recordarse de algo. Sí puede recordar algo a otro: “te recuerdo que...” o “le recordé que...” o “nos recordaron que...”, pero nunca seré yo el que me recuerde, ni serás tú el que te recuerdes, ni él quien se recuerde.
Para eso está el verbo acordarse, verbo pronominal. Yo me acordé, él se acordó, nosotros nos acordamos, es decir, cada uno, mediante un proceso mental, trata de traer a su memoria algo determinado.
El lapsus al que he hecho mención no sería tal, si la frase hubiera sido: “En cuanto me vio, se acordó de nuestros tiempos escolares”.
Y en cualquier medio de difusión, es frecuente el empleo de la palabra publicitar para expresar la idea de hacer algo público o darlo a conocer; y publicitación, la acción o efecto de publicitar.
Pues ambas palabras no existen en nuestro idioma. Para expresar esa idea tenemos en español, publicar, que es hacer notorio o patente, a través de los medios de comunicación, algo que se quiere hacer llegar al conocimiento de todos. Y publicación, lo publicado.
El hablante no debe emplear en su lenguaje términos inventados, sobre todo, cuando ya lo están, y han sido reconocidos y usados a través del tiempo.
Tampoco debe enfatizarse una negación añadiendo una afirmación. Porque usted, como yo, seguro que de vez en cuando oye algo como esto: “yo sí, no creo que eso sea cierto”. ¿Para qué el sí? Basta con el no: “yo no creo que eso sea cierto”.
Si nos ponemos abusados (o aguzados que es lo mismo) conseguiremos alejar de nuestro lenguaje esos solecismos que afean nuestra manera de expresarnos.

Luque Maricarmen

Obsesión por el sexismo de la lengua

Me preocupa la obsesión de ciertos sectores por la cruzada contra el supuesto sexismo de la lengua. Aunque, si hemos de ser rigurosos, la lengua, es decir, las palabras, no tienen sexo, sino género. Y es que en razón a lo políticamente correcto y a fuerza de insistir en el tema se cae en posiciones ridículas, creo.
Claro que yo estoy en contra de la discriminación por razón de sexo. Más bien, estoy en contra de cualquier tipo de discriminación.
Pero bucear en los entresijos de la lengua para buscar intencionalidad maligna en la estructura gramatical del idioma, intentando cambiar ciertas categorías gramaticales, me parece frivolizar un tema que tiene perfiles mucho más dramáticos y urgentes de solución que el que se tenga que hacer distinción de género en los plurales mixtos.
Que no debamos decir: “Los trabajadores de la compañía iniciaron un movimiento de protesta”, sino “los trabajadores y las trabajadoras de la compañía...”, ni “el colectivo de actores se reunieron ayer”, sino “el colectivo de actores y actrices...”, ni “los egresados de esa universidad tienen buena preparación”, sino “los egresados y las egresadas ...”, ni “los obreros de esa empresa empezaron la huelga”, sino “los obreros y las obreras...”, porque pueda parecer discriminatorio, me parece sacar las cosas de quicio.
Claro que la lengua evoluciona; por eso, ante la incorporación de la mujer a los distintos estratos de la vida profesional se feminizaron los nombres de las profesiones, y se sigue haciendo, pero de forma sensata y acorde con las reglas lingüísticas que rigen el idioma, sin urgencias ni pasiones desbordadas.
Si a lo largo de siglos, al hablar de pintores, literatos, cómicos, artistas, escritores, ciudadanos y campesinos hemos podido entender que el plural abarca los dos géneros, sin necesidad de más concreción salvo en casos específicos, ¿por qué hoy es necesario complicar la forma de expresarse, separando el masculino del femenino, cuando lo que se predica afecta a ambos?
¿No llegaremos a situaciones tan ridículas como hablar de los albañiles y las albañilas, las tenistas y los tenistos, los peatones y las peatonas, las artistas y los artistos?

Luque Maricarmen

miércoles, 29 de abril de 2009

Fíjense en la ortografía

Fíjense si es importante la ortografía y el cuidado que hay que poner al escribir las palabras para hacerlo con la letra oportuna, pues aunque suenen igual, el significado cambia de escribirla con una o con otra. Eso ocurre con las letras b (be, be alta o be larga) y v (uve, ve, ve baja o ve corta).

Por cierto, el sonido de ambas es idéntico, a pesar de la diferenciación que muchos hacen al pronunciarlas, en un alarde de ultracorrección.

Si escribimos balón, todos sabemos a lo que nos referimos, pero no debemos olvidar que valón es el natural del territorio belga que ocupa, aproximadamente, la parte meridional de este país europeo. Es decir que los valones son los belgas del sur de Bélgica.

Y no confundamos al humano de sexo masculino, el varón, con el título nobiliario de barón que algunos varones poseen.

Si vemos escrito bis, sabemos que significa “dos veces”. Pero la expresión “vis a vis” quiere decir, como muchos saben, “cara a cara”.

No es lo mismo vacante, lo que está sin ocupar, que las bacantes, esas mujeres que celebraban las fiestas bacanales en honor al dios Baco.

La voz del carnero, la oveja, la cabra y el ciervo se llama balido, mientras que el valido es el hombre que, por tener la confianza de un alto personaje, ejercía muchas veces el poder de éste.

Vaquear se dice de los toros cuando cubren a las vacas; y nada tiene que ver con baquear que, en el lenguaje del mar, es navegar al amor del agua a la velocidad de la corriente cuando ésta es más rápida que la que daría el impulso del viento.

Todos sabemos que en el béisbol y en otros juegos, el palo más grueso por el extremo libre que por la empuñadura, con el que se golpea la pelota, se llama bate. Pero no se debe ignorar que un vate es un poeta o también un adivino.

Y así podríamos seguir, revisando palabras homófonas, que suenan igual pero que difieren en el significado. Y lo haremos, pero será otro día.

Feliz semana, amigos.

Luque Maricarmen

Errores lingüísticos en los medios de comunicación

Como siempre, o como casi siempre, los errores lingüísticos se detectan en los medios de comunicación, y de éstos, rápidamente, trascienden a los hablantes. Y somos nosotros, los hablantes, los que debemos señalar aquello que nos suena mal en lugar de incorporarlo, sin más, a nuestro propio vocabulario.

Leía, no hace mucho, en los subtítulos de una película esta frase: “No te preocupes, querida, para que te sientas segura durante mi ausencia, él se cuidará de ti”.

El gentil esposo estaba diciendo justo lo contrario de lo que quería expresar. Para que se sintiera segura, lo que la esposa necesitaba era que alguien cuidara de ella, no que se cuidara de ella.

Porque una cosa es cuidar de alguien y otra bien distinta es cuidarse de alguien.

Cuidar de alguien, protegerlo o defenderlo es hacer lo posible para que no sufra daño, mientras que cuidarse, protegerse o defenderse de alguien o de algo es hacer lo posible para no recibir daño de ese alguien o ese algo. Por eso: “Cuídate de las malas compañías”, “protéjanse del frío crudo del invierno” o “defiéndete de lo que te pueda lastimar”.

Oí decir a un reportero de futbol: “ya se prevee quien será el ganador del Mundial”, olvidando, sin duda, que el verbo “preveer” no existe. Se puede prever, es decir, ver por adelantado, quién será el ganador, pero no se puede preveer. Porque lo que más se parece a ese vocablo espurio es el verbo proveer, cuyo significado es preparar o suministrar lo necesario para un fin.

Y no se escandalicen, amigos, sino protéjanse del contagio, cuando oigan decir “las miles de personas” o “unas miles de veces”. Y es que el adjetivo numeral mil, en su forma plural, miles, siempre es masculino. Lo mismo tratándose de personas, de veces o de pesos: los miles de personas, unos miles de veces y varios miles de pesos.

Luque Maricarmen

miércoles, 22 de abril de 2009

El honor de la palabra: El barullo del lenguaje periodístico

El lenguaje periodístico ha conseguido crear un barullo en torno a estas palabras por el uso indebido de alguna de ellas. Por eso vamos a hacer unas precisiones.
Los verbos cesar y dimitir son de uso intransitivo, por lo que su acción no recae sobre otro (objeto directo), sino sobre el propio sujeto. A nadie se le cesa o se le dimite, es uno mismo el que lo hace cuando deja de desempeñar un empleo o cargo, porque cesar es dejar de hacer lo que se está haciendo. De modo que uno mismo es el que cesa, dimite o renuncia. Lo que sí pueden hacerle es destituirle, separándolo del cargo que ejerce, pues tal es el significado del verbo destituir. Por eso están mal expresados encabezamientos de noticias como éste: “El director cesó a varios ejecutivos de la empresa”.
La cuestión de los latinismos, esas locuciones o palabras que pasaron del latín a nuestra lengua y en ella se quedaron, a veces plantean dudas. Las hay de uso más o menos frecuente. De todos conocidas son las expresiones “lapsus linguae” y “lapsus cálami”, con sus respectivos significados de “error involuntario que se comete al hablar” y “error involuntario que se comete al escribir”. La involuntariedad de ambos procede del sentido inicial de la palabra latina “lapsus”, que es la falta o error que se comete por descuido.
“Maremágnum”, en latín, o maremagno, en la forma castellanizada, significa “confusión, y “masa confusa y numerosa de personas o cosas”. Por ejemplo: En el maremágnum de la pasión, descuidó la importante misión que tenía. Aquella manifestación popular se convirtió en un maremagno donde nadie sabía qué defendía.
Y por último “circum”, cuyo significado es “alrededor de”, es una partícula latina que en la forma “circun” pasa a formar parte de muchas palabras de nuestra lengua. Dos de ellas, circunvalación, “rodeo que se hace de un lugar” y circunvolución, “giro o vuelta en el aire”, son fácilmente confundibles, pero, vean la diferencia: “Hizo la primera circunvalación a la isla en una pequeña balsa, mientras las gaviotas hacían circunvoluciones en torno a la nave”, (volando, claro está).

Luque Maricarmen