A lo largo y ancho del área hispanohablante, proliferan hoy los políticos, periodistas, líderes y todos los que levantan la voz para que se les oiga que, al dirigirse a un colectivo de distinto sexo, marcan machaconamente la distinción entre los géneros masculino y femenino. Como si de un tiempo a esta parte el uso del plural masculino para referirse a ambos géneros fuera una muestra de discriminación sexual, sexista o de sexo.
E insisten en el señalamiento de compañeros y compañeras, amigas y amigos, ciudadanos y ciudadanas, alumnas y alumnos, reafirmando con ello su incondicional oposición al sexismo, que como saben, es la discriminación de personas en razón de su sexo.
Pero lo que está ocurriendo es que se está mezclando el sexo con el género.
El género es una categoría gramatical; el sexo es una condición orgánica. El género se refiere a las palabras; el sexo a las personas, animales y plantas.
Y el hecho de referirse a personas de distinto sexo con el género masculino no es sino una fórmula lingüística empleada a lo largo de siglos, sin que nadie se haya rasgado las vestiduras al leerlo u oírlo; porque no pasa de ser eso, una norma lingüística.
Como norma es que los determinantes, es decir, artículos y adjetivos, cuando preceden a nombres de distinto género, vayan en masculino plural; por ejemplo los hombres y mujeres, varios hombres y mujeres, todos los hombres y mujeres.
El interés desmedido por parecer políticamente correcto, a veces convierte el lenguaje en caricaturesco.
La lucha contra el sexismo no se libra en el terreno de la gramática, sino en el de la realidad de cada día. El respeto a la igualdad de sexos es cuestión de actitudes y conductas, no de alterar reglas lingüísticas.
Luque Maricarmen
La Dichosa Palabra es un programa cultural que se transmite por Canal 22 de la Ciudad de México en donde se hace una apología de la cultura, los libros y el buen hablar de la lengua española. Este blog tiene la la finalidad de mejorar el uso de nuestro idioma. No tiene ninguna relación con el programa antes citado a excepción del objetivo.
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miércoles, 1 de julio de 2009
Cuando escasean los adjetivos
Una deficiencia de léxico, bastante frecuente entre los hablantes, es la escasez de adjetivos a la hora de calificar las realidades o situaciones con que nos encontramos cada día.
Y mediante circunloquios, o sea, rodeos de palabras que se usan para dar a entender algo que hubiera podido expresarse más brevemente, o bien con una decena de calificativos usados a modo de comodín, cubrimos la necesidad de ponerle características y cualidades precisas a aquello de lo que estamos hablando.<;p>He aquí unos cuantos adjetivos cuyo significado no es muy conocido, para poder echar mano de ellos, una vez sepamos lo que quieren decir.
Algo es inefable cuando “no se puede explicar con palabras”. A veces no se encuentran las palabras para expresar la belleza de algo, de una pieza musical o de una pintura, y se dice que es de una belleza inefable.
Aquello que “no se puede evitar o contra lo que es imposible luchar”, se dice que es inevitable, ineluctable o inexorable, como una guerra o un desenlace fatal. Pero también es inexorable la persona que “no se deja vencer por los ruegos o la piedad”. Maleable es el metal que “puede extenderse en láminas”. Pero también lo es aquello a lo que “se puede dar otra forma que la que tiene sin que se rompa”. Y alguien es maleable si es “fácil de convencer o persuadir”.
En cuanto al adjetivo plausible, se aplica a algo que es “merecedor de aplauso”. Este es su primer significado, por cierto el menos conocido y usado. Sin embargo, se emplean más los significados de “admisible o aceptable”, por ejemplo: “no fue capaz de inventar un pretexto plausible que justificara su actitud”.
Y lo que es “despreciable o de poco valor” se califica de deleznable. Aunque también es deleznable lo que “se rompe o deshace fácilmente”.
Luque Maricarmen
Y mediante circunloquios, o sea, rodeos de palabras que se usan para dar a entender algo que hubiera podido expresarse más brevemente, o bien con una decena de calificativos usados a modo de comodín, cubrimos la necesidad de ponerle características y cualidades precisas a aquello de lo que estamos hablando.<;p>He aquí unos cuantos adjetivos cuyo significado no es muy conocido, para poder echar mano de ellos, una vez sepamos lo que quieren decir.
Algo es inefable cuando “no se puede explicar con palabras”. A veces no se encuentran las palabras para expresar la belleza de algo, de una pieza musical o de una pintura, y se dice que es de una belleza inefable.
Aquello que “no se puede evitar o contra lo que es imposible luchar”, se dice que es inevitable, ineluctable o inexorable, como una guerra o un desenlace fatal. Pero también es inexorable la persona que “no se deja vencer por los ruegos o la piedad”. Maleable es el metal que “puede extenderse en láminas”. Pero también lo es aquello a lo que “se puede dar otra forma que la que tiene sin que se rompa”. Y alguien es maleable si es “fácil de convencer o persuadir”.
En cuanto al adjetivo plausible, se aplica a algo que es “merecedor de aplauso”. Este es su primer significado, por cierto el menos conocido y usado. Sin embargo, se emplean más los significados de “admisible o aceptable”, por ejemplo: “no fue capaz de inventar un pretexto plausible que justificara su actitud”.
Y lo que es “despreciable o de poco valor” se califica de deleznable. Aunque también es deleznable lo que “se rompe o deshace fácilmente”.
Luque Maricarmen
Geometrías del lenguaje
Hoy me hago eco de unas reflexiones que en su día hizo el gran lingüista y director que fue de la Real Academia Española de la Lengua, Fernando Lázaro Carreter.
Se refieren al espíritu geométrico que se ha impuesto en el español, espíritu cultivado con fervor por los emisores de la lengua, que desde todos los medios de comunicación, demuestran su inclinación a anglicanizar (si es que valiera el término) el idioma.
Y se lee y oye hasta la saciedad el adjetivo lineal, cuyo uso ya está aceptado de hecho, cuando se habla de pensiones, salarios; y significa “de la misma cuantía para todos los afectados, sin tener en cuenta su rango, categoría.”
Es, por tanto, lícito hablar de un aumento de sueldo lineal cuando afecta a todos por igual, es decir, que es común para todos.
Como se habrán encontrado multitud de veces con las “soluciones globalizadas”, calificadas con este nuevo adjetivo derivado del verbo globalizar, verbo de uso legítimo, equivalente al antiguo: universalizar. O sea, que hoy se adoptan soluciones globalizadas, donde antes se adoptaban “en bloque” o en su totalidad.
Y ya casi nos hemos acostumbrado a hablar de acuerdos “puntuales” cuando sólo se refieren a determinados puntos, arrinconando los adjetivos: concreto o parcial.
Y es que, en realidad, puntual, en español significa “pronto, diligente o exacto en hacer las cosas a su tiempo”. De manera que hablaremos de acuerdos concretos, parciales o limitados a ciertos puntos, pero no de acuerdos puntuales.
Y es que abundan los geómetras del idioma, que recurren a las metáforas fundadas en la línea, el globo y el punto. Y no es reprobable, siempre que no desplacen a términos usados desde hace siglos, o a no ser que se empleen cuando su uso todavía no está legitimado.
Amigos, por si no llegó a alguno de mis lectores, a todos les deseo un felicísimo año 2008.
Luque Maricarmen
Se refieren al espíritu geométrico que se ha impuesto en el español, espíritu cultivado con fervor por los emisores de la lengua, que desde todos los medios de comunicación, demuestran su inclinación a anglicanizar (si es que valiera el término) el idioma.
Y se lee y oye hasta la saciedad el adjetivo lineal, cuyo uso ya está aceptado de hecho, cuando se habla de pensiones, salarios; y significa “de la misma cuantía para todos los afectados, sin tener en cuenta su rango, categoría.”
Es, por tanto, lícito hablar de un aumento de sueldo lineal cuando afecta a todos por igual, es decir, que es común para todos.
Como se habrán encontrado multitud de veces con las “soluciones globalizadas”, calificadas con este nuevo adjetivo derivado del verbo globalizar, verbo de uso legítimo, equivalente al antiguo: universalizar. O sea, que hoy se adoptan soluciones globalizadas, donde antes se adoptaban “en bloque” o en su totalidad.
Y ya casi nos hemos acostumbrado a hablar de acuerdos “puntuales” cuando sólo se refieren a determinados puntos, arrinconando los adjetivos: concreto o parcial.
Y es que, en realidad, puntual, en español significa “pronto, diligente o exacto en hacer las cosas a su tiempo”. De manera que hablaremos de acuerdos concretos, parciales o limitados a ciertos puntos, pero no de acuerdos puntuales.
Y es que abundan los geómetras del idioma, que recurren a las metáforas fundadas en la línea, el globo y el punto. Y no es reprobable, siempre que no desplacen a términos usados desde hace siglos, o a no ser que se empleen cuando su uso todavía no está legitimado.
Amigos, por si no llegó a alguno de mis lectores, a todos les deseo un felicísimo año 2008.
Luque Maricarmen
miércoles, 13 de mayo de 2009
La intencionalidad del lenguaje
“El hecho es de que...”, “la realidad es de que...”, “el asunto es de que...” ¡Cómo afea la expresión y qué antiestético resulta el dequeísmo! Y aparece constantemente en boca de nuestros informadores y comentaristas, rebajando la elegancia y el estilo del lenguaje. Tal vez consigamos desterrar el inoportuno y espurio de y construyamos las frases sin él, así: “el hecho es que...”, “la realidad es que...”, el asunto es que... cada vez hablemos mejor.
Y cuando hablemos del “gusto y sabor que se percibe en los manjares, o de la habilidad o buena mano que se tiene para cocinar”, significados, ambos, de la palabra sazón, no olvidemos que ésta tiene género femenino.
Aclarados estos dos puntos, les comento dos palabras interesantes, relacionadas directamente con el latín. Seguro que muchas veces han oído, e incluso utilizado, el adjetivo peyorativo, derivado del adjetivo latino “peior” que significa “peor”. Peyorativo es, por lo tanto, lo que empeora. A una palabra se le da sentido peyorativo cuando interesa que su significado sea peor; cuando se le busca su peor cara, su lado peor, su peor perfil. Pero también existe el adjetivo contrario, meliorativo, derivado del “melior” latino, que es “mejor”. Meliorativo es, por lo tanto, lo que mejora. Por lo que se usa una palabra en sentido meliorativo cuando se le busca su mejor lado o perfil.
Tanto influye la intención del hablante al decir las palabras, que, de darles un sentido meliorativo a dárselo peyorativo, cambia el mensaje.
Y así, si digo “ese futbolista es una fiera”, debo aclarar si lo es en uno u otro sentido. Si lo es en el mejor, (meliorativo) quiero expresar que va por todas, que en el campo lucha y defiende la pelota con fuerza y determinación, sin regatear esfuerzos. Si es una fiera en sentido peyorativo, le estoy acusando de violento, agresivo y peligroso.
Vean la intencionalidad del lenguaje. Cómo una misma palabra puede encerrar distintos matices y cambiar el mensaje según la intención del hablante.
¿De dónde, si no, serían posibles los albures?
Luque Maricarmen
Y cuando hablemos del “gusto y sabor que se percibe en los manjares, o de la habilidad o buena mano que se tiene para cocinar”, significados, ambos, de la palabra sazón, no olvidemos que ésta tiene género femenino.
Aclarados estos dos puntos, les comento dos palabras interesantes, relacionadas directamente con el latín. Seguro que muchas veces han oído, e incluso utilizado, el adjetivo peyorativo, derivado del adjetivo latino “peior” que significa “peor”. Peyorativo es, por lo tanto, lo que empeora. A una palabra se le da sentido peyorativo cuando interesa que su significado sea peor; cuando se le busca su peor cara, su lado peor, su peor perfil. Pero también existe el adjetivo contrario, meliorativo, derivado del “melior” latino, que es “mejor”. Meliorativo es, por lo tanto, lo que mejora. Por lo que se usa una palabra en sentido meliorativo cuando se le busca su mejor lado o perfil.
Tanto influye la intención del hablante al decir las palabras, que, de darles un sentido meliorativo a dárselo peyorativo, cambia el mensaje.
Y así, si digo “ese futbolista es una fiera”, debo aclarar si lo es en uno u otro sentido. Si lo es en el mejor, (meliorativo) quiero expresar que va por todas, que en el campo lucha y defiende la pelota con fuerza y determinación, sin regatear esfuerzos. Si es una fiera en sentido peyorativo, le estoy acusando de violento, agresivo y peligroso.
Vean la intencionalidad del lenguaje. Cómo una misma palabra puede encerrar distintos matices y cambiar el mensaje según la intención del hablante.
¿De dónde, si no, serían posibles los albures?
Luque Maricarmen
sábado, 2 de mayo de 2009
Adjetivos,elementos indispensables en el lenguaje
¿Cuántas veces, amigos, hablando o escribiendo, les sucede que no encuentran el calificativo adecuado para aquello que quieren calificar? A mí también.
Y es que el adjetivo, esa palabra que califica al sustantivo, es un elemento indispensable para dar fuerza descriptiva a nuestro lenguaje.
Usarlo en exceso, como todo, es un error, pues hace la expresión recargada y barroca. Pero acertar con el calificativo preciso en una plática o en un escrito es un acierto para el que está hablando o escribiendo.
Muchas veces he pensado que en la escuela, así como nos obligaban a aprender listas interminables de verbos irregulares en inglés, así nos deberían haber surtido de un buen acervo de adjetivos, en español, con sus significados correspondientes, para echar mano de ellos cuando los necesitáramos.
Y de esa forma, se evitaría el uso constante de “bonito, lindo, bueno, malo, padre”… y pocos más, para todo. E incluso llega a ocurrir que la opinión requerida sobre una película, por ejemplo, se resume en un lacónico: “me gustó”, “es buena” o “es mala”, sin más; porque nos faltan los calificativos oportunos para expresar una opinión certera sobre esa película.
Ocurre con frecuencia, que al intentar calificar algo o a alguien, ante la falta del adjetivo oportuno, se recurre a la frase adjetiva, la cual explica la significación de ese adjetivo ausente. Por ejemplo “Las personas (que carecen de fuerza de voluntad) abúlicas no superan las dificultades de la vida” o “las indicaciones (que se expresan en pocas palabras) claras y concisas son más (fáciles de entender) inteligibles”.
Y más breve resulta, decir “ese autor no me gusta porque emplea un lenguaje macarrónico”, que “no me gusta porque emplea un lenguaje vulgar faltando a las normas de la gramática y del buen gusto”, que es en realidad lo que significa macarrónico.
Pues para eso están los adjetivos, para expresar en una sola palabra todo un contenido de cualidades, sin necesidad de explicaciones.
Luque Maricarmen
Y es que el adjetivo, esa palabra que califica al sustantivo, es un elemento indispensable para dar fuerza descriptiva a nuestro lenguaje.
Usarlo en exceso, como todo, es un error, pues hace la expresión recargada y barroca. Pero acertar con el calificativo preciso en una plática o en un escrito es un acierto para el que está hablando o escribiendo.
Muchas veces he pensado que en la escuela, así como nos obligaban a aprender listas interminables de verbos irregulares en inglés, así nos deberían haber surtido de un buen acervo de adjetivos, en español, con sus significados correspondientes, para echar mano de ellos cuando los necesitáramos.
Y de esa forma, se evitaría el uso constante de “bonito, lindo, bueno, malo, padre”… y pocos más, para todo. E incluso llega a ocurrir que la opinión requerida sobre una película, por ejemplo, se resume en un lacónico: “me gustó”, “es buena” o “es mala”, sin más; porque nos faltan los calificativos oportunos para expresar una opinión certera sobre esa película.
Ocurre con frecuencia, que al intentar calificar algo o a alguien, ante la falta del adjetivo oportuno, se recurre a la frase adjetiva, la cual explica la significación de ese adjetivo ausente. Por ejemplo “Las personas (que carecen de fuerza de voluntad) abúlicas no superan las dificultades de la vida” o “las indicaciones (que se expresan en pocas palabras) claras y concisas son más (fáciles de entender) inteligibles”.
Y más breve resulta, decir “ese autor no me gusta porque emplea un lenguaje macarrónico”, que “no me gusta porque emplea un lenguaje vulgar faltando a las normas de la gramática y del buen gusto”, que es en realidad lo que significa macarrónico.
Pues para eso están los adjetivos, para expresar en una sola palabra todo un contenido de cualidades, sin necesidad de explicaciones.
Luque Maricarmen
Tres adjetivos con sus tres sustantivos
Eficaz, eficiente y efectivo; he aquí tres adjetivos con sus correspondientes sustantivos, eficacia, eficiencia y efectividad, que muchas veces empleamos indistintamente. Y aunque son prácticamente iguales en su significado, conviene hacer algunas puntualizaciones sobre su uso.
Eficaz, aplicado a una cosa, es que produce el efecto esperado: “el jugo es eficaz en las afecciones febriles”. Puede aplicarse también a personas, con el sentido de competente —que cumple perfectamente su cometido—, pero en este caso, es preferible usar eficiente, que coincide en el significado: “La eficiente enfermera abandonó el quirófano”.
Eficaz para cosas, eficiente para personas.
El nombre o sustantivo correspondiente a eficaz es eficacia, capacidad de lograr el efecto buscado, capacidad de ser eficaz: “Una buena tecnología amplía la eficacia de la intervención humana sobre la naturaleza”. Eficacia mejor que efectividad. Y con personas: “La eficacia de Juan es reconocida por todos sus compañeros de trabajo”.
El sustantivo correspondiente a eficiente es eficiencia, equivalente a eficacia, y sólo aplicable a personas: “Les sorprendió la eficiencia de las dos enfermeras”.
Efectivo, aplicado siempre a cosas, nunca a personas, posee dos acepciones: Una, lo que es real o verdadero: “Se pactó un aumento efectivo del 8 por ciento”. Otra, coincidiendo con eficaz —lo que es capaz de lograr el efecto que se desea—: “Hablaremos ahora sobre el más efectivo (o eficaz) antídoto contra la corrupción”.
Como ya vimos, la efectividad coincide con la eficacia en el sentido de lo que causa efecto, aunque sea preferible el uso de eficacia.
Por otra parte, la palabra efectivo usada como sustantivo significa: (Singular colectivo), —número de hombres que tiene una unidad militar—: “Para la invasión se contaba con un efectivo de siete mil guerrilleros”.
Y aunque lo leamos en los periódicos, no es correcta la frase: “Llegó el juez y un efectivo de la Policía”. Efectivo deberá sustituirse por “elemento” o escribir simplemente “un policía”.
El espacio de hoy, amigos, no es fácil y está lleno de efes. Para finalizar con la misma letra: ¡Feliz semana!
Luque Maricarmen
Eficaz, aplicado a una cosa, es que produce el efecto esperado: “el jugo es eficaz en las afecciones febriles”. Puede aplicarse también a personas, con el sentido de competente —que cumple perfectamente su cometido—, pero en este caso, es preferible usar eficiente, que coincide en el significado: “La eficiente enfermera abandonó el quirófano”.
Eficaz para cosas, eficiente para personas.
El nombre o sustantivo correspondiente a eficaz es eficacia, capacidad de lograr el efecto buscado, capacidad de ser eficaz: “Una buena tecnología amplía la eficacia de la intervención humana sobre la naturaleza”. Eficacia mejor que efectividad. Y con personas: “La eficacia de Juan es reconocida por todos sus compañeros de trabajo”.
El sustantivo correspondiente a eficiente es eficiencia, equivalente a eficacia, y sólo aplicable a personas: “Les sorprendió la eficiencia de las dos enfermeras”.
Efectivo, aplicado siempre a cosas, nunca a personas, posee dos acepciones: Una, lo que es real o verdadero: “Se pactó un aumento efectivo del 8 por ciento”. Otra, coincidiendo con eficaz —lo que es capaz de lograr el efecto que se desea—: “Hablaremos ahora sobre el más efectivo (o eficaz) antídoto contra la corrupción”.
Como ya vimos, la efectividad coincide con la eficacia en el sentido de lo que causa efecto, aunque sea preferible el uso de eficacia.
Por otra parte, la palabra efectivo usada como sustantivo significa: (Singular colectivo), —número de hombres que tiene una unidad militar—: “Para la invasión se contaba con un efectivo de siete mil guerrilleros”.
Y aunque lo leamos en los periódicos, no es correcta la frase: “Llegó el juez y un efectivo de la Policía”. Efectivo deberá sustituirse por “elemento” o escribir simplemente “un policía”.
El espacio de hoy, amigos, no es fácil y está lleno de efes. Para finalizar con la misma letra: ¡Feliz semana!
Luque Maricarmen
sábado, 18 de abril de 2009
Los natos netos
Nato y neto son dos adjetivos, cuya proximidad fonética puede conducir al error. La definición de nato, del latín “natus”, nacido, es “con predisposición connatural para algo”, es decir, conforme a su propia naturaleza. Y esa predisposición se tiene de nacimiento. Por eso, un músico, un deportista o un actor nato es el que tiene la predisposición a la música, al deporte o a la interpretación, desde que nace. Por lo que destacar en ello no le supone ningún esfuerzo.
Pero neto es otra cosa. Su primer significado es “limpio, puro, claro y bien definido”. Con el sentido de “lo que resulta después de deducir todo lo que le es extraño”, se usa mucho en cuestiones de economía: salario neto, precio neto, ganancia neta, etcétera.
Y de alguien que no consigue lo que desea y cuyos planes con frecuencia se van al traste, se frustran, se dice que es un perdedor neto, o sea, un claro perdedor; o un perdedor nato, es decir, perdedor de nacimiento.
Por cierto, antiguamente, a estas personas con mala suerte y desventura se les calificaba de “desastradas”; pero no en el sentido que hoy tiene la palabra desastrado (andrajoso y sucio), sino en el de no tener buen astro, buena estrella. Sabiamente dice el refrán que “unos nacen con estrella y otros nacen estrellados”.
Aunque, aparte de la influencia de los astros, también se atribuía la buena o mala suerte de la gente a la forma de “aterrizar” en este mundo: nacer de pie era presagio de buena fortuna, y hacerlo de cabeza o de nalgas, de lo contrario.
Yo supongo que tendría que ver con las posibilidades físicas de supervivencia que entonces tendrían unos y otros.
Y aunque hoy esas teorías están superadas, todavía permanece en el lenguaje la frase de “nacer de pie” aplicada al que es afortunado.
Luque Maricarmen
Pero neto es otra cosa. Su primer significado es “limpio, puro, claro y bien definido”. Con el sentido de “lo que resulta después de deducir todo lo que le es extraño”, se usa mucho en cuestiones de economía: salario neto, precio neto, ganancia neta, etcétera.
Y de alguien que no consigue lo que desea y cuyos planes con frecuencia se van al traste, se frustran, se dice que es un perdedor neto, o sea, un claro perdedor; o un perdedor nato, es decir, perdedor de nacimiento.
Por cierto, antiguamente, a estas personas con mala suerte y desventura se les calificaba de “desastradas”; pero no en el sentido que hoy tiene la palabra desastrado (andrajoso y sucio), sino en el de no tener buen astro, buena estrella. Sabiamente dice el refrán que “unos nacen con estrella y otros nacen estrellados”.
Aunque, aparte de la influencia de los astros, también se atribuía la buena o mala suerte de la gente a la forma de “aterrizar” en este mundo: nacer de pie era presagio de buena fortuna, y hacerlo de cabeza o de nalgas, de lo contrario.
Yo supongo que tendría que ver con las posibilidades físicas de supervivencia que entonces tendrían unos y otros.
Y aunque hoy esas teorías están superadas, todavía permanece en el lenguaje la frase de “nacer de pie” aplicada al que es afortunado.
Luque Maricarmen
miércoles, 15 de abril de 2009
Encantada, respondo a una consulta
Un asiduo lector de este espacio nuestro, de ustedes y mío, me comenta una duda acerca del adjetivo inveracundo. Y yo, encantada de aclarar las dudas de mis lectores, respondo a su consulta.
Inveracundo, así, tal cual, no existe en español. Sí existe, sin embargo, inverecundo, que se aplica al que no tiene vergüenza, o sea, al desvergonzado. Y desde luego, tiene mucha relación con el cínico, ya que cinismo no es otra cosa que desvergüenza.
De manera que ese tipo que miente con desvergüenza, defiende actitudes indefendibles o realiza acciones condenables es un cínico, un desvergonzado o un inverecundo. Y si usted está iracundo, es decir, poseído por la ira, por su forma de proceder, no utilice el calificativo inverecundo para recriminarle, porque no le va a entender, mejor, use otro más facilito y claro, que esté a su alcance (el de él), y será más efectivo.
Y con esa misma terminación, tenemos en español tremebundo, lo espantable u horrendo; inmundo, lo sucio o asqueroso, y nauseabundo, lo que causa o produce náuseas, entre otros. Pero, no todas las palabras con este final tienen connotaciones negativas, porque el que se llama Facundo, ya sabe que su nombre significa “fácil y desenvuelto en el hablar”.
Otro amigo me pide que traiga a esta columna los verbos asombrar y sorprender, pues está sorprendido, más que asombrado, de que los medios de comunicación no los empleen adecuadamente.
Veamos. Asombrar significa asustar, espantar, o causar gran admiración. Para los dos primeros sentidos, cabría usarlo en un contexto como: “Los médicos se asombraron ante la gravedad de la herida”. Para el tercero, se usaría en éste: “Los médicos se asombraron de la espectacular recuperación del herido”. Son dos asombros diferentes; uno, con susto y otro, sin él. Y en este último caso, también podría utilizarse sorprender.
Porque sorprender es pillar desprevenido, o conmover por algo raro o imprevisto. Y en sorprender cabe, muchas veces, el segundo sentido de asombrar. Por eso se usa con más frecuencia.
En ambos casos, el asombrado o el sorprendido, son impactados por algo inesperado, pero el asombrado parece más impresionado que el sorprendido.
Y es que el asombro, amigo, afecta más que la sorpresa.Por: Maricarmen Luque Un asiduo lector de este espacio nuestro, de ustedes y mío, me comenta una duda acerca del adjetivo inveracundo. Y yo, encantada de aclarar las dudas de mis lectores, respondo a su consulta.
Inveracundo, así, tal cual, no existe en español. Sí existe, sin embargo, inverecundo, que se aplica al que no tiene vergüenza, o sea, al desvergonzado. Y desde luego, tiene mucha relación con el cínico, ya que cinismo no es otra cosa que desvergüenza.
De manera que ese tipo que miente con desvergüenza, defiende actitudes indefendibles o realiza acciones condenables es un cínico, un desvergonzado o un inverecundo. Y si usted está iracundo, es decir, poseído por la ira, por su forma de proceder, no utilice el calificativo inverecundo para recriminarle, porque no le va a entender, mejor, use otro más facilito y claro, que esté a su alcance (el de él), y será más efectivo.
Y con esa misma terminación, tenemos en español tremebundo, lo espantable u horrendo; inmundo, lo sucio o asqueroso, y nauseabundo, lo que causa o produce náuseas, entre otros. Pero, no todas las palabras con este final tienen connotaciones negativas, porque el que se llama Facundo, ya sabe que su nombre significa “fácil y desenvuelto en el hablar”.
Otro amigo me pide que traiga a esta columna los verbos asombrar y sorprender, pues está sorprendido, más que asombrado, de que los medios de comunicación no los empleen adecuadamente.
Veamos. Asombrar significa asustar, espantar, o causar gran admiración. Para los dos primeros sentidos, cabría usarlo en un contexto como: “Los médicos se asombraron ante la gravedad de la herida”. Para el tercero, se usaría en éste: “Los médicos se asombraron de la espectacular recuperación del herido”. Son dos asombros diferentes; uno, con susto y otro, sin él. Y en este último caso, también podría utilizarse sorprender.
Porque sorprender es pillar desprevenido, o conmover por algo raro o imprevisto. Y en sorprender cabe, muchas veces, el segundo sentido de asombrar. Por eso se usa con más frecuencia.
En ambos casos, el asombrado o el sorprendido, son impactados por algo inesperado, pero el asombrado parece más impresionado que el sorprendido.
Y es que el asombro, amigo, afecta más que la sorpresa.Por: Maricarmen Luque Un asiduo lector de este espacio nuestro, de ustedes y mío, me comenta una duda acerca del adjetivo inveracundo. Y yo, encantada de aclarar las dudas de mis lectores, respondo a su consulta.
Inveracundo, así, tal cual, no existe en español. Sí existe, sin embargo, inverecundo, que se aplica al que no tiene vergüenza, o sea, al desvergonzado. Y desde luego, tiene mucha relación con el cínico, ya que cinismo no es otra cosa que desvergüenza.
De manera que ese tipo que miente con desvergüenza, defiende actitudes indefendibles o realiza acciones condenables es un cínico, un desvergonzado o un inverecundo. Y si usted está iracundo, es decir, poseído por la ira, por su forma de proceder, no utilice el calificativo inverecundo para recriminarle, porque no le va a entender, mejor, use otro más facilito y claro, que esté a su alcance (el de él), y será más efectivo.
Y con esa misma terminación, tenemos en español tremebundo, lo espantable u horrendo; inmundo, lo sucio o asqueroso, y nauseabundo, lo que causa o produce náuseas, entre otros. Pero, no todas las palabras con este final tienen connotaciones negativas, porque el que se llama Facundo, ya sabe que su nombre significa “fácil y desenvuelto en el hablar”.
Otro amigo me pide que traiga a esta columna los verbos asombrar y sorprender, pues está sorprendido, más que asombrado, de que los medios de comunicación no los empleen adecuadamente.
Veamos. Asombrar significa asustar, espantar, o causar gran admiración. Para los dos primeros sentidos, cabría usarlo en un contexto como: “Los médicos se asombraron ante la gravedad de la herida”. Para el tercero, se usaría en éste: “Los médicos se asombraron de la espectacular recuperación del herido”. Son dos asombros diferentes; uno, con susto y otro, sin él. Y en este último caso, también podría utilizarse sorprender.
Porque sorprender es pillar desprevenido, o conmover por algo raro o imprevisto. Y en sorprender cabe, muchas veces, el segundo sentido de asombrar. Por eso se usa con más frecuencia.
En ambos casos, el asombrado o el sorprendido, son impactados por algo inesperado, pero el asombrado parece más impresionado que el sorprendido.
Y es que el asombro, amigo, afecta más que la sorpresa.
Luque Maricarmen
Inveracundo, así, tal cual, no existe en español. Sí existe, sin embargo, inverecundo, que se aplica al que no tiene vergüenza, o sea, al desvergonzado. Y desde luego, tiene mucha relación con el cínico, ya que cinismo no es otra cosa que desvergüenza.
De manera que ese tipo que miente con desvergüenza, defiende actitudes indefendibles o realiza acciones condenables es un cínico, un desvergonzado o un inverecundo. Y si usted está iracundo, es decir, poseído por la ira, por su forma de proceder, no utilice el calificativo inverecundo para recriminarle, porque no le va a entender, mejor, use otro más facilito y claro, que esté a su alcance (el de él), y será más efectivo.
Y con esa misma terminación, tenemos en español tremebundo, lo espantable u horrendo; inmundo, lo sucio o asqueroso, y nauseabundo, lo que causa o produce náuseas, entre otros. Pero, no todas las palabras con este final tienen connotaciones negativas, porque el que se llama Facundo, ya sabe que su nombre significa “fácil y desenvuelto en el hablar”.
Otro amigo me pide que traiga a esta columna los verbos asombrar y sorprender, pues está sorprendido, más que asombrado, de que los medios de comunicación no los empleen adecuadamente.
Veamos. Asombrar significa asustar, espantar, o causar gran admiración. Para los dos primeros sentidos, cabría usarlo en un contexto como: “Los médicos se asombraron ante la gravedad de la herida”. Para el tercero, se usaría en éste: “Los médicos se asombraron de la espectacular recuperación del herido”. Son dos asombros diferentes; uno, con susto y otro, sin él. Y en este último caso, también podría utilizarse sorprender.
Porque sorprender es pillar desprevenido, o conmover por algo raro o imprevisto. Y en sorprender cabe, muchas veces, el segundo sentido de asombrar. Por eso se usa con más frecuencia.
En ambos casos, el asombrado o el sorprendido, son impactados por algo inesperado, pero el asombrado parece más impresionado que el sorprendido.
Y es que el asombro, amigo, afecta más que la sorpresa.Por: Maricarmen Luque Un asiduo lector de este espacio nuestro, de ustedes y mío, me comenta una duda acerca del adjetivo inveracundo. Y yo, encantada de aclarar las dudas de mis lectores, respondo a su consulta.
Inveracundo, así, tal cual, no existe en español. Sí existe, sin embargo, inverecundo, que se aplica al que no tiene vergüenza, o sea, al desvergonzado. Y desde luego, tiene mucha relación con el cínico, ya que cinismo no es otra cosa que desvergüenza.
De manera que ese tipo que miente con desvergüenza, defiende actitudes indefendibles o realiza acciones condenables es un cínico, un desvergonzado o un inverecundo. Y si usted está iracundo, es decir, poseído por la ira, por su forma de proceder, no utilice el calificativo inverecundo para recriminarle, porque no le va a entender, mejor, use otro más facilito y claro, que esté a su alcance (el de él), y será más efectivo.
Y con esa misma terminación, tenemos en español tremebundo, lo espantable u horrendo; inmundo, lo sucio o asqueroso, y nauseabundo, lo que causa o produce náuseas, entre otros. Pero, no todas las palabras con este final tienen connotaciones negativas, porque el que se llama Facundo, ya sabe que su nombre significa “fácil y desenvuelto en el hablar”.
Otro amigo me pide que traiga a esta columna los verbos asombrar y sorprender, pues está sorprendido, más que asombrado, de que los medios de comunicación no los empleen adecuadamente.
Veamos. Asombrar significa asustar, espantar, o causar gran admiración. Para los dos primeros sentidos, cabría usarlo en un contexto como: “Los médicos se asombraron ante la gravedad de la herida”. Para el tercero, se usaría en éste: “Los médicos se asombraron de la espectacular recuperación del herido”. Son dos asombros diferentes; uno, con susto y otro, sin él. Y en este último caso, también podría utilizarse sorprender.
Porque sorprender es pillar desprevenido, o conmover por algo raro o imprevisto. Y en sorprender cabe, muchas veces, el segundo sentido de asombrar. Por eso se usa con más frecuencia.
En ambos casos, el asombrado o el sorprendido, son impactados por algo inesperado, pero el asombrado parece más impresionado que el sorprendido.
Y es que el asombro, amigo, afecta más que la sorpresa.Por: Maricarmen Luque Un asiduo lector de este espacio nuestro, de ustedes y mío, me comenta una duda acerca del adjetivo inveracundo. Y yo, encantada de aclarar las dudas de mis lectores, respondo a su consulta.
Inveracundo, así, tal cual, no existe en español. Sí existe, sin embargo, inverecundo, que se aplica al que no tiene vergüenza, o sea, al desvergonzado. Y desde luego, tiene mucha relación con el cínico, ya que cinismo no es otra cosa que desvergüenza.
De manera que ese tipo que miente con desvergüenza, defiende actitudes indefendibles o realiza acciones condenables es un cínico, un desvergonzado o un inverecundo. Y si usted está iracundo, es decir, poseído por la ira, por su forma de proceder, no utilice el calificativo inverecundo para recriminarle, porque no le va a entender, mejor, use otro más facilito y claro, que esté a su alcance (el de él), y será más efectivo.
Y con esa misma terminación, tenemos en español tremebundo, lo espantable u horrendo; inmundo, lo sucio o asqueroso, y nauseabundo, lo que causa o produce náuseas, entre otros. Pero, no todas las palabras con este final tienen connotaciones negativas, porque el que se llama Facundo, ya sabe que su nombre significa “fácil y desenvuelto en el hablar”.
Otro amigo me pide que traiga a esta columna los verbos asombrar y sorprender, pues está sorprendido, más que asombrado, de que los medios de comunicación no los empleen adecuadamente.
Veamos. Asombrar significa asustar, espantar, o causar gran admiración. Para los dos primeros sentidos, cabría usarlo en un contexto como: “Los médicos se asombraron ante la gravedad de la herida”. Para el tercero, se usaría en éste: “Los médicos se asombraron de la espectacular recuperación del herido”. Son dos asombros diferentes; uno, con susto y otro, sin él. Y en este último caso, también podría utilizarse sorprender.
Porque sorprender es pillar desprevenido, o conmover por algo raro o imprevisto. Y en sorprender cabe, muchas veces, el segundo sentido de asombrar. Por eso se usa con más frecuencia.
En ambos casos, el asombrado o el sorprendido, son impactados por algo inesperado, pero el asombrado parece más impresionado que el sorprendido.
Y es que el asombro, amigo, afecta más que la sorpresa.
Luque Maricarmen
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