Nuestro idioma está plagado de términos derivados de las dos grandes lenguas de la Antigüedad clásica, el latín y el griego, y son tantos “logos”, “grafos” y “fonos”, que a veces confundimos el significado de las palabras formadas con esos sufijos.
Tal sucede con grafólogo y calígrafo.
Grafología y caligrafía tienen en común el sufijo “graf” que es letra. Pero, mientras la grafología relaciona a la letra con “logos” que es estudio o conocimiento (grafología: estudio de la letra), la caligrafía lo hace con “kallós” que es belleza, (caligrafía: belleza de la letra). El oficio del calígrafo fue siempre escribir con hermosa letra. Y como escribía con péndola o pluma, a veces de ave, se les llamó también pendolistas.
Pero, con el paso del tiempo, y casi desaparecido el oficio del calígrafo o pendolista sustituido por los medios mecánicos de escritura, la palabra calígrafo se aplica además a las personas capacitadas para dictaminar acerca de la autenticidad o falsedad de un texto manuscrito.
El grafólogo, por su parte, es el perito en averiguar, por las particularidades de la letra, cualidades psicológicas de quien la escribe.
Tienen también relación entre sí los términos ortografía, ortofonía y ortología. Los tres están formados por el prefijo griego “orto” que significa correcto.
La ortografía, cuya etimología la define como “correcta escritura”, es el conjunto de normas que regulan la escritura de una lengua, y se ocupa del buen uso de las letras y de los signos especiales.
La ortofonía corrige los defectos de la voz y de la pronunciación.
Y la ortología es el arte de pronunciar correctamente, y en sentido más general, de hablar con propiedad, es decir, bien.
Luque Maricarmen
La Dichosa Palabra es un programa cultural que se transmite por Canal 22 de la Ciudad de México en donde se hace una apología de la cultura, los libros y el buen hablar de la lengua española. Este blog tiene la la finalidad de mejorar el uso de nuestro idioma. No tiene ninguna relación con el programa antes citado a excepción del objetivo.
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martes, 31 de marzo de 2009
La plaga de algunos términos
jueves, 26 de marzo de 2009
Diminutivos en el español
El lingüista, Emilio Lorenzo, trata en un interesante artículo el tema de los diminutivos en nuestro idioma, y yo se lo comento hoy.
Uno de los rasgos más característicos de nuestra lengua es el de los sufijos afectivos, que pueden ser diminutivos o aumentativos. Fíjense en “tipazo” o “padrazo”, en “chiquillo” o en “viejito”, aumentativos y diminutivos que no aumentan ni disminuyen, sino que dan a la palabra un valor afectivo.
No es obligatorio, pues, suponer una significación empequeñecedora a muchos diminutivos, como “tortilla”, que no es una torta pequeña, “vainilla”, que no es una pequeña vaina, “manzanilla” o “cerillo”; aunque junto a ellos “plazuela”, “mesilla” o “cursillo” son diminutivos para todos los hispanohablantes.
Pero, lo que vuelve locos a los no hispanohablantes, a la hora de traducir, son nuestros diminutivos, no de cosas o cualidades, sino de esas palabras que no pueden ser grandes ni pequeñas, porque no tienen dimensión. Por ejemplo, los gerundios, como de andando, “andandito”, o los adverbios, como de ahora, “ahorita” o de deprisa, “deprisita”, o como de tanto, “tantito”; o las expresiones, como “adiosito” o “hasta lueguito”. Todas esas palabras cuya forma gramatical les confiere un matiz afectivo y que difícilmente son explicables mediante reglas.
Y termino señalando que el uso de la palabra medio presenta dudas cuando es adverbio, o sea, cuando acompaña a un adjetivo o a un verbo; pues se oye con frecuencia decir “está media dormida” o “es media despistada”, como si el adverbio tuviera que concertar con la palabra que le sigue.
El adverbio es un elemento invariable, por lo que siempre se utiliza en la misma forma, independientemente de la palabra a que acompañe. Debe ser, por lo tanto, está medio dormida o es medio despistada.
Distinto sería si “medio” hiciera oficio de adjetivo partitivo, en cuyo caso, como cualquier adjetivo, irá concertando con el sustantivo que le sigue; así: medio kilo, media docena, medio vaso o media taza.
Luque Maricarmen
Uno de los rasgos más característicos de nuestra lengua es el de los sufijos afectivos, que pueden ser diminutivos o aumentativos. Fíjense en “tipazo” o “padrazo”, en “chiquillo” o en “viejito”, aumentativos y diminutivos que no aumentan ni disminuyen, sino que dan a la palabra un valor afectivo.
No es obligatorio, pues, suponer una significación empequeñecedora a muchos diminutivos, como “tortilla”, que no es una torta pequeña, “vainilla”, que no es una pequeña vaina, “manzanilla” o “cerillo”; aunque junto a ellos “plazuela”, “mesilla” o “cursillo” son diminutivos para todos los hispanohablantes.
Pero, lo que vuelve locos a los no hispanohablantes, a la hora de traducir, son nuestros diminutivos, no de cosas o cualidades, sino de esas palabras que no pueden ser grandes ni pequeñas, porque no tienen dimensión. Por ejemplo, los gerundios, como de andando, “andandito”, o los adverbios, como de ahora, “ahorita” o de deprisa, “deprisita”, o como de tanto, “tantito”; o las expresiones, como “adiosito” o “hasta lueguito”. Todas esas palabras cuya forma gramatical les confiere un matiz afectivo y que difícilmente son explicables mediante reglas.
Y termino señalando que el uso de la palabra medio presenta dudas cuando es adverbio, o sea, cuando acompaña a un adjetivo o a un verbo; pues se oye con frecuencia decir “está media dormida” o “es media despistada”, como si el adverbio tuviera que concertar con la palabra que le sigue.
El adverbio es un elemento invariable, por lo que siempre se utiliza en la misma forma, independientemente de la palabra a que acompañe. Debe ser, por lo tanto, está medio dormida o es medio despistada.
Distinto sería si “medio” hiciera oficio de adjetivo partitivo, en cuyo caso, como cualquier adjetivo, irá concertando con el sustantivo que le sigue; así: medio kilo, media docena, medio vaso o media taza.
Luque Maricarmen
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dudas,
español,
ortografía,
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