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jueves, 2 de julio de 2009

Ante lo injusto: No hay “reclamo”, sino reclamación

Con motivo de la descalificación, aparentemente injusta, de un atleta en las Olimpiadas, un cronista deportivo nos pasó la noticia del enérgico reclamo presentado por la delegación de su país ante los jueces olímpicos.
Justa es la reivindicación, y bien está exigir lo que por derecho pertenece. Pero eso no es un “reclamo” sino una reclamación.
El reclamo es la voz o grito con que se llama a alguien. O el ave amaestrada que se lleva a la caza para que con su canto atraiga a otras de su especie, o el instrumento que imita su voz y se utiliza con el mismo fin.
En general, el reclamo es una señal para captar la atención.
Pero la oposición o contradicción que se hace a algo como injusto dando muestras de no consentirlo, se llama reclamación.

Luque Maricarmen


Es un error de la lengua: No hay prácticas monopólicas

No hace mucho, en un programa de radio, oía hablar sobre las prácticas monopólicas. Y como el “palabro” surgió repetidas veces, tengo que aclarar que lo de monopólicas es un lapsus linguae, es decir, un error de la lengua. El adjetivo correspondiente al sustantivo monopolio es monopolístico, no monopólico. Y las prácticas que conducen a ello son prácticas monopolísticas. Y la persona o entidad que ejerce el monopolio es monopolista. Políticas monopolísticas, Estado monopolista.
De la misma raíz e idéntico significado es el verbo monopolizar, atribuirse el aprovechamiento exclusivo de algo; del cual se derivan monopolización, que es la acción de monopolizar, y monopolizador, el adjetivo aplicable a quien lo hace. Monopolización del petróleo o monopolizadores del poder.
Como ven, variaciones múltiples sobre la misma raíz y del mismo campo semántico. Entre los homónimos atajo y hatajo, hay que puntualizar que atajo es el camino más corto que el principal para llegar a un sitio. Este otro hatajo puede referirse a un “pequeño grupo de ganado”: “Le regalaron medio hatajo de borregos para el rancho” o, en sentido despectivo, a un “grupo de personas o cosas”: “Son un hatajo de egoístas y poltrones”. Para este último sentido, es admisible la variante atajo, aunque poco usual.
Alerta es una palabra en la que conviene detenerse. Procede de la interjección italiana all’erta, con la que se instaba a los soldados a ponerse en guardia ante un ataque. Como voz de aviso y alarma se usa también en español: “¡Alerta! El enemigo acecha”.
Como sustantivo, con los significados de aviso o llamada de atención para prevenirse de un posible daño, o situación de vigilancia; alerta puede usarse en los dos géneros, aunque predomina el uso en femenino: “Muchas voces se han levantado dando la alerta para evitar el despilfarro de energía”. Alerta también se usa como adjetivo, sin variación para masculino y femenino: “El hombre permanecía escondido, con la respiración contenida y los ojos alerta”. Y como complemento verbal, con verbos como estar, vivir, mantener, continuar, permanecer; también es invariable: “Todos se mantenían alerta ante el peligro inminente”.
Sin embargo, es válido utilizar el adjetivo alerta con variación de número: “Todos debemos estar alertas frente a las disputas de poder”.

Luque Maricarmen

miércoles, 1 de julio de 2009

Los gazapos en los medios de comunicación

Los medios de comunicación ofrecen un buen instrumento para la corrección de los errores lingüísticos que con frecuencia se cometen. Basta con permanecer un rato escuchando la radio o ante la pantalla de la televisión para detectarlos.
“En la revuelta, se produjo un inesperado masacre entre la población”, nos comunica el reportero, olvidando que una masacre, “la matanza de personas, por lo general indefensas, motivada por un ataque armado”, es palabra femenina; por lo que sus determinantes irán también en femenino: una inesperada.
Un colega dice que “ese colectivo ha sufrido mejoras con este último gobierno”. Pero las mejoras, amigos, no se sufren, se experimentan. Dejemos el verbo sufrir para las realidades tristes o acaso indiferentes, pero no para las mejoras.
“Los participantes causaron un revuelo durante su llegada al aeropuerto”, nos informa el reportero de turno. “Durante” es un antiguo participio activo del verbo durar que indica duración; se utiliza en situaciones duraderas: “durante dos días no ha dejado de llover”. La llegada al aeropuerto, o a otro lugar, es una acción momentánea, puntual, no duradera; por eso no es adecuado usar “durante”. Lo propio es: “causaron un revuelo a su llegada al aeropuerto”.
Un político afirma a través del micrófono que “será respetuoso de las decisiones del comité ejecutivo del partido”. Mejor sería que lo fuera con, porque se es respetuoso con algo, no de algo. Y antes de cambiar de estación alcancé a oír que “los soldados esperaban la orden de ingresar hacia la capital”. Pero si ingresar es “entrar en un lugar o institución”, la orden esperada por los soldados era la de ingresar en o a la capital, no hacia. Se avanza hacia, pero se ingresa en o a.
Y es que el uso de la preposición indicada para introducir el complemento de cada verbo es una de las cuestiones más espinosas de muchos idiomas. Del nuestro también. Por eso el verlas bien escritas o el oírlas correctamente empleadas ayuda a su correcta utilización.

Luque Maricarmen

Entendimiento recíproco

Hay muchos términos que se refieren a la forma de comunicarse de los hablantes, y como cada uno tiene sus propias características, sería bueno precisar sus significados. Así se disiparán dudas sobre cuál de ellos debemos emplear.
La discusión es la acción de hablar de dos o más personas sobre algo alegando razones contrarias. El complemento del verbo discutir, es decir, lo que se discute, puede ir sin preposición: discutían el precio, o introducido por sobre, de o acerca de: discutían sobre el precio, del precio o acerca del precio.
Mediante la discusión se trata de conseguir un acuerdo.
El debate o controversia es la contienda de opiniones contrapuestas sobre un tema entre dos o más interlocutores. Hoy se está generalizando en los medios de comunicación “mantener debates” acerca de temas de actualidad.
En el debate, los contendientes no tratan de llegar a una solución o acuerdo, sino de mostrar diferentes puntos de vista sobre algo que se plantea.
En el coloquio, que es la reunión de varias personas para debatir un problema o discutir sobre un tema planteado, tampoco se persigue llegar a un acuerdo.
El diálogo es la plática entre dos o más individuos que alternativamente exponen sus ideas, las cuales pueden ser o no coincidentes; si no lo son, mediante el diálogo se busca el acuerdo o avenencia.
Como se ve, en la discusión existe la intención de alcanzar una solución; el debate sirve más bien para contrastar puntos de vista distintos. El coloquio es una simple conversación entre varias personas interesadas en un tema común; pero el diálogo supone un hecho intencionado de acercamiento y conciliación entre diferentes posturas.
Naturalmente, se produce con frecuencia un cruce o encuentro entre estos términos, pues en un debate puede surgir una discusión, y de una discusión derivarse un diálogo.
El diálogo y la discusión son espontáneos, no así el coloquio y el debate, por estar planeados.
Pero lo importante, amigos, es que todos conduzcan al fin primordial de la lengua: el entendimiento recíproco.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Gazapos en la televisión

Hace mucho, en una entrevista realizada en una cadena de televisión, cómo se le escapaba al entrevistado un “gazapo” de los que no es difícil “pillar” en conversaciones entre hablantes de a pie, pero que así, ante micrófono y en pantalla, resulta, cuando menos, llamativo.
“En cuanto me vio, se recordó de nuestros tiempos escolares”, dijo. Error lingüístico que alguna vez traje aquí.
Uno no puede recordarse nada a sí mismo, puede acordarse de algo o recordarlo, pero no recordarse de algo. Sí puede recordar algo a otro: “te recuerdo que...” o “le recordé que...” o “nos recordaron que...”, pero nunca seré yo el que me recuerde, ni serás tú el que te recuerdes, ni él quien se recuerde.
Para eso está el verbo acordarse, verbo pronominal. Yo me acordé, él se acordó, nosotros nos acordamos, es decir, cada uno, mediante un proceso mental, trata de traer a su memoria algo determinado.
El lapsus al que he hecho mención no sería tal, si la frase hubiera sido: “En cuanto me vio, se acordó de nuestros tiempos escolares”.
Y en cualquier medio de difusión, es frecuente el empleo de la palabra publicitar para expresar la idea de hacer algo público o darlo a conocer; y publicitación, la acción o efecto de publicitar.
Pues ambas palabras no existen en nuestro idioma. Para expresar esa idea tenemos en español, publicar, que es hacer notorio o patente, a través de los medios de comunicación, algo que se quiere hacer llegar al conocimiento de todos. Y publicación, lo publicado.
El hablante no debe emplear en su lenguaje términos inventados, sobre todo, cuando ya lo están, y han sido reconocidos y usados a través del tiempo.
Tampoco debe enfatizarse una negación añadiendo una afirmación. Porque usted, como yo, seguro que de vez en cuando oye algo como esto: “yo sí, no creo que eso sea cierto”. ¿Para qué el sí? Basta con el no: “yo no creo que eso sea cierto”.
Si nos ponemos abusados (o aguzados que es lo mismo) conseguiremos alejar de nuestro lenguaje esos solecismos que afean nuestra manera de expresarnos.

Luque Maricarmen

miércoles, 29 de abril de 2009

En tiempos de Fernando I: Nunca hubo guerras intestinales

Amigos, el lenguaje periodístico sigue siendo uno de mis sinsabores. Les cuento: esperando a una persona cerca de un kiosco (o quiosco) de periódicos, me entretenía ojeando los titulares de la prensa nacional y extranjera, y en ese ratito, fíjense lo que encontré.

“La habitualidad y el maltrato son objeto de una nueva regulación legal. La habitualidad no puede quedar impune”.

Así, de buenas a primeras, leer en letras grandes y negras que se está tratando de regular legalmente la habitualidad, sorprende bastante. Porque la habitualidad es la calidad de habitual, y habitual es lo que se hace por hábito. Pero, teniendo en cuenta que siempre hubo hábitos buenos y malos, no se comprende por qué la habitualidad, como tal, ha de ser contemplada por la ley.

Para salir de mi ignorancia continué leyendo el artículo, donde descubrí que lo que se intentaba regular era la habitualidad en la ejecución de delitos, es decir, la reincidencia. Pero nuestros amigos periodistas prefirieron utilizar la palabra habitualidad, que así, aislada, no añade bondad ni maldad a nada porque carece de calificación moral, en lugar de emplear reincidencia, vocablo que así, sin más, significa “reiteración o repetición de las mismas culpas o defectos”.

Aunque más pintoresco y divertido es el gazapo periodístico que “cacé” en un artículo sobre el origen de la ya desaparecida peseta española. Decía: “El rey Fernando I dividió su reino, con lo que empezaron las guerras intestinales”.

¡Ah, caramba! No hay más guerras intestinales que las que sostienen los intestinos con la materia fecal para desprenderse de ella. Porque el adjetivo intestinal se refiere a los intestinos, última parte del aparato digestivo, mientras que el adjetivo intestino significa interno.

Así es que las guerras provocadas por la división del reino de Fernando I fueron guerras civiles, internas o intestinas, no intestinales.

Son… gajes del oficio.

Luque Maricarmen

Errores lingüísticos en los medios de comunicación

Como siempre, o como casi siempre, los errores lingüísticos se detectan en los medios de comunicación, y de éstos, rápidamente, trascienden a los hablantes. Y somos nosotros, los hablantes, los que debemos señalar aquello que nos suena mal en lugar de incorporarlo, sin más, a nuestro propio vocabulario.

Leía, no hace mucho, en los subtítulos de una película esta frase: “No te preocupes, querida, para que te sientas segura durante mi ausencia, él se cuidará de ti”.

El gentil esposo estaba diciendo justo lo contrario de lo que quería expresar. Para que se sintiera segura, lo que la esposa necesitaba era que alguien cuidara de ella, no que se cuidara de ella.

Porque una cosa es cuidar de alguien y otra bien distinta es cuidarse de alguien.

Cuidar de alguien, protegerlo o defenderlo es hacer lo posible para que no sufra daño, mientras que cuidarse, protegerse o defenderse de alguien o de algo es hacer lo posible para no recibir daño de ese alguien o ese algo. Por eso: “Cuídate de las malas compañías”, “protéjanse del frío crudo del invierno” o “defiéndete de lo que te pueda lastimar”.

Oí decir a un reportero de futbol: “ya se prevee quien será el ganador del Mundial”, olvidando, sin duda, que el verbo “preveer” no existe. Se puede prever, es decir, ver por adelantado, quién será el ganador, pero no se puede preveer. Porque lo que más se parece a ese vocablo espurio es el verbo proveer, cuyo significado es preparar o suministrar lo necesario para un fin.

Y no se escandalicen, amigos, sino protéjanse del contagio, cuando oigan decir “las miles de personas” o “unas miles de veces”. Y es que el adjetivo numeral mil, en su forma plural, miles, siempre es masculino. Lo mismo tratándose de personas, de veces o de pesos: los miles de personas, unos miles de veces y varios miles de pesos.

Luque Maricarmen

Show, anglicismo innecesario

Por culpa de los medios de comunicación que nos sirven el vocablo sin descanso, se ha afincado en nuestro lenguaje habitual el anglicismo show, que choca con nuestra escritura y pronunciación, pero que ya parece insustituible para referirse a una “función pública destinada a entretener”, es decir, espectáculo, en español.

Y es un anglicismo a todas luces innecesario. Porque nuestra palabra, espectáculo, no sólo tiene el sentido directo que hemos mencionado, sino que además, en sentido figurado, significa “acción que causa escándalo”, significado que, sin embargo, no posee el show inglés.

Por eso no debemos decir: “El show empezará dentro de unos minutos”, ni en sentido peyorativo: “Ya están ésos montando el show de todos los días”, sino “el espectáculo” en ambos casos.

Otro tanto sucede con ranking, palabra de difícil adaptación al castellano y absolutamente innecesaria, teniendo en cuenta que hemos podido vivir siglos, lingüísticamente satisfechos, expresando la misma idea con las palabras lista, tabla clasificatoria, clasificación o escalafón, con el sentido de “clasificación jerarquizada de personas o cosas”.

El Diccionario Panhispánico de Dudas, elaborado por la RAE en consenso con la Asociación de Academias de la Lengua Española, y que desde 2005 está en circulación, sugiere la adaptación gráfica del término inglés en la forma ranquin, con el plural, ránquines, aunque recomienda el empleo preferente de las palabras o expresiones españolas mencionadas.

Es cierto, amigos, que el idioma se enriquece con la aportación de neologismos procedentes de otras lenguas, pero su uso sólo es válido cuando éste es necesario, como ocurre con los vocablos que nombran nuevas tecnologías o prácticas inventadas fuera de los países de ámbito hispanohablante. Es innecesario, sin embargo, cuando, para expresar la misma idea, tenemos en nuestra lengua, no una, sino varias palabras. Desecharla significa ceder a otros la hegemonía del idioma.

Luque Maricarmen

miércoles, 22 de abril de 2009

Regalos: lingüísticos de los medios

No deja uno de sorprenderse ante los regalos lingüísticos con que nos obsequian con excesiva frecuencia los medios de comunicación.
En un programa de radio que hacía publicidad de un instituto de belleza, oí al locutor referirse al director del mismo con las elogiosas palabras de “especialista en estética y nutrística”.
Si lo que quería era redondear la frase con una rima consonante, lo consiguió; pero lo hizo endilgándonos un palabro espantoso e inexistente.
Se puede ser especialista en nutrición, no en nutrística. Y el que tiene tal especialidad es el nutricionista. Y al hilo de la raíz, según un diccionario de uso, aunque aún no aparece en el diccionario de la Real Academia Española, la nutrología es la parte de la medicina que trata de la nutrición, por lo que el nutrólogo, (no nutriólogo) será el especialista en nutrología.
Un profesional de la radio o del radio (son válidos ambos géneros para referirse al radiorreceptor, sin embargo, radiodifusión es femenino), aunque de uso ambiguo en los distintos lugares del ámbito hispanohablante; pues bien, un locutor decía por el micrófono que “según se iban contabilizando los votos, estaba más cerca de saberse quién detentaría el poder”.
Pero el caso es que los votos no iban contabilizándose, sino contándose. Porque no es lo mismo contar que contabilizar.
Contar es numerar o computar cosas para saber cuántas hay. Contabilizar es apuntar la cantidad en los libros de cuentas. Y en cuanto al poder, sólo se detenta cuando se ejerce ilegítimamente; en los demás casos se desempeña, se ocupa o simplemente se ejerce.
Son algunas muestras, amigos, de los errores lingüísticos que ocasionalmente vuelan por las ondas hertzianas. Lo importante es detectarlos y no hacerlos nuestros.

Luque Maricarmen

sábado, 18 de abril de 2009

Mis mensajes nunca serán subliminales

¿Qué es un mensaje subliminal?
Subliminal es una palabra formada por el prefijo “sub”, “por debajo” y “liminis”, “umbral”. Por eso el adjetivo subliminal se aplica a las ideas, imágenes o conceptos que percibimos en el cerebro por debajo del umbral de la conciencia, sin darnos cuenta. Según el lingüista Alex Grijelmo, “llegan al subconsciente de la persona sin intermediación del cerebro consciente, sin que la razón lo advierta”.
En psicología, un estímulo es subliminal cuando por su debilidad o brevedad no es percibido conscientemente, pero influye en la conducta.
En conclusión, un mensaje subliminal es el que el emisor envía a través de palabras e imágenes al individuo receptor, sin que éste lo pueda captar por la razón. Es un mensaje tan sutil que no se puede razonar; se recibe y queda en el subconsciente sin que nuestra parte racional intervenga.
Coincidirán conmigo, amigos, en que de esos mensajes estamos hoy invadidos. Y seguro que estamos de acuerdo en que eso es traicionero, en que es una trampa.
Que la publicidad recurra, en tantos casos, a mensajes subliminales para conseguir sus objetivos de venta es un ardid, una trampa inteligente, pero trampa al fin y al cabo. Porque lo ortodoxo, lo honrado es convencer, y para convencer no hay que encubrir la realidad, hay que dar la cara.
Que debajo de una película infantil de caricaturas o dibujos animados se oculte un mensaje bélico, o que detrás de una imagen bucólica e inocente se esconda un mensaje erótico, e incluso pornográfico, no me parece serio. Eso es dar gato por liebre. Son recursos publicitarios sofisticados que yo personalmente rechazo, porque, según mi opinión, al pan se debe llamar pan y al vino, vino.
Es de ley, opino, darnos la oportunidad de aceptar o rechazar lo que se nos ofrece después de haber podido pensarlo y razonarlo, que por eso y para eso somos seres inteligentes.
Estén seguros, amigos, de que mis mensajes nunca serán subliminales.
Disfruten la semana.

Luque Maricarmen

miércoles, 15 de abril de 2009

¡Alerta!, con los errores: del lenguaje periodístico

En una época como la nuestra en que la información recorre en segundos distancias inabarcables, e invade y satura nuestro mundo sin darnos apenas tiempo de examinar el vehículo empleado, la palabra, los errores del lenguaje periodístico vuelan y traspasan fronteras, y se incorporan frecuentemente a nuestra forma de expresión, siendo aceptados por el gran público como norma a seguir.
Por eso, es preciso estar alerta, con oído atento y crítico, para poder desbrozar el mensaje de los yerros, incorrecciones y desatinos que con demasiada frecuencia lo acompañan.
Leemos: “Para comprobarle a la gente que hay corrupción en el sistema…”, pero a la gente no se le comprueba, se le demuestra. Se comprueba, cuando se verifica o confirma su veracidad o exactitud. Y una vez comprobado, se demuestra o se prueba a la gente que hay corrupción.
Larga fue la polémica que surgió a raíz de la aparición de esa píldora anticonceptiva, bautizada en muchos lugares hispanohablantes, como la píldora “del día después”. Y la expresión, como otras muchas, es de procedencia sajona.
Nos llegó a través de aquella película exitosa The day after, que conservando su título original, se tradujo por “El día después”.
Después, en español, es un adverbio, por lo que no puede calificar al sustantivo “día” como si de un adjetivo se tratara. “El día después”, en español, es el día siguiente, debidamente sustituido el adverbio “después” por el adjetivo siguiente, ya que éste, el adjetivo, es el elemento que califica al sustantivo.
Según esto, no debe decirse “el día después”, ni “la hora después”, ni “el minuto después”, sino el día, la hora o el minuto siguiente.
Sí es apropiado, sin embargo, el uso de las frases: “un día después”, “una hora después” o “un minuto después”, empleadas como magnitudes de tiempo.
La regla gramatical dice que el adjetivo califica al nombre, y el adverbio modifica al verbo.
A pesar de lo cual, no seré yo quien condene la hermosa expresión mexicana “que te vaya bonito”, donde el verbo ir es modificado por un adjetivo en lugar de un adverbio. Es una frase de despedida tan bella y desbordante de buenos deseos, que me uno a su uso deseándoles, amigos, eso, que les vaya bonito.

Luque Maricarmen

Los medios de comunicación y la lengua

Leía hace tiempo unas reflexiones sobre el alcance de los medios de comunicación en la difusión de la lengua, y me parecen tan importantes que no puedo por lo menos que contárselas a mis amigos lectores.
La televisión, la radio, la publicidad, la prensa, el cine, las canciones, los libros… ahí es donde diariamente el español da la cara. Y los que manejan estos medios tienen la gran responsabilidad de estar al día en el lenguaje que usan.
La publicidad tiene un peso considerable. En los anuncios publicitarios se procura la identificación del producto que se ofrece con el público que recibe el mensaje. Y es la lengua el instrumento empleado para seducir. Pero no vale hacer trampa; el respeto al público debe primar sobre otros intereses. Y no se puede usar la lengua saltándose las normas para conectar con el consumidor. Es obligación del buen publicista emplear un lenguaje correcto.
El cine es otro de los medios que más ayudan a crear lenguaje y a extenderlo. A veces se recurre a subtitular películas hechas en lengua española para proyectarlas en otros países de habla hispana ante el temor de que los localismos no sean entendidos. Pésima técnica. Eso es desperdiciar la magnífica ocasión de que el español, sea de donde sea, esté al alcance de cualquier hispanohablante.
Hace poco vi dos películas argentinas con un lenguaje castizo y genuino. Y aunque al principio no captaba algunas frases y giros típicos, poco a poco fui familiarizándome con ellos hasta llegar a entender su intención y significado. Subtituladas hubieran perdido frescura y autenticidad.Soy testigo del éxito en España de las telenovelas mexicanas, y no sólo no me preguntan el significado de determinadas expresiones sino que a veces oigo que las emplean con el mismo sentido que aquí tienen.
Afortunadamente, la última edición del Diccionario de la Academia está llena de localismos y usos de todos los países del área hispanohablante. Eso nos acerca y nos une lingüísticamente. El español se hace así más grande.

Luque Maricarmen

Medios de comunicación: las sorpresas de cada día

No deja de sorprenderme cada día lo que los medios de comunicación nos “espetan” a través de sus plataformas comunicativas.
La palabra espetar puede causar espanto en este contexto, por eso debo recordarles que, además del significado que todos conocemos, de “atravesar con un instrumento puntiagudo carnes, aves o pescados para asarlos”, también significa “sorprender o molestar a alguien con palabras o por escrito”. Y eso es lo que nos hacen de vez en cuando los profesionales de la comunicación.
Les cuento. Hace poco oí decir a un reportero ante un accidente de tráfico provocado por una pipa, o camión cisterna, cargado de gasolina: “Los responsables de la compañía hicieron el traspaso del líquido a otra pipa”.
Ya se sabe que traspasar es pasar una cosa de un sitio a otro; pero cuando lo que se pasa es un líquido, ese traspaso recibe el nombre de trasvase, ya que el verbo trasvasar es precisamente “pasar un líquido de un recipiente a otro”.
También he oído llamar financistas a los que se dedican a las finanzas, cuando lo correcto es financieros.
Y tampoco está bien confundir sintonizar con sincronizar.
Sintonizar es ajustar a una frecuencia de resonancia determinada un circuito, que es lo que hacemos cuando seleccionamos o sintonizamos una emisora de radio. Aunque, en otro sentido, también se sintoniza cuando se coincide con otras personas en formas de pensar o de sentir. Por ejemplo: “desde el primer momento sintonicé muy bien contigo”.
Nada que ver con sincronizar, que significa hacer coincidir en el tiempo varios hechos. Por ejemplo: “ya sincronicé nuestros relojes para que lleguemos a la misma hora”.
Y termino aceptando la corrección que he recibido al referirme a una recién nacida como “la bebé”. Y la aprovecho para comunicarles que bebé es una palabra de origen francés, de género masculino, y a la que, por lo tanto, no se debe anteponer un determinante femenino, como la, sino el. El bebé o un bebé se refiere tanto a un niño como a una niña de pecho, es decir, que todavía mama; si se quiere feminizar, utilícese beba.

Luque Maricarmen

martes, 31 de marzo de 2009

Medios de comunicación, de mal en peor

Sigo insistiendo, amigos lectores, en que el lenguaje de los medios de comunicación, con frecuencia, deja mucho que desear. Si no lo creen, escuchen la radio o vean la televisión con sentido crítico y se percatarán de cosas como ésta:
“No sólo en nuestro país, pero en otros muchos…”.
Y era un reportero quien hablaba, no alguien de la calle. Sin duda se le olvidaba que detrás de la expresión “no sólo” nunca debe usarse la conjunción “pero”. Para eso está “sino”, que se utiliza para contraponer a un concepto negativo otro afirmativo; así: “no sólo en nuestro país, sino en otros muchos…”.
Otro caballo de batalla es el verbo “haber” con valor impersonal. Son las formas tan empleadas, “hay”, “había”, “hubo” y “habrá”, que siempre han de ir en singular, independientemente de que lo que haya sea singular o plural; así: “había una flor” o “había muchas flores en el jardín”. “Hubo muchas personas en la fiesta”. “En la asamblea sólo habrá dos representantes por cada partido”. Nunca habían, hubieron ni habrán.
Aunque el mencionado reportero dijo: “A lo largo del recorrido van a haber revueltas inevitables”, es necesario recordar que cuando “haber” está auxiliado por el verbo “ir”, este auxiliar irá también en singular; por lo que debería haber dicho: “A lo largo del recorrido va a haber revueltas inevitables”.
Claro, que no hay que confundir el verbo “haber” con el verbo “ver”, porque son totalmente diferentes. Y otra cosa distinta indicaría la frase: “Ustedes van a ver revueltas inevitables a lo largo del recorrido”.
Y el despistado periodista terminó su reportaje con la frase: “Así es de que nosotros estaremos en contacto”, soltando ese espurio “de” como remate de la “faena”.
Algunos “gazapos” son disculpables, pero, tantos seguidos…

Luque Maricarmen

La razón de algunas frases

Con frecuencia leemos en los periódicos u oímos en la radio o en la televisión frases y expresiones del lenguaje de la comunicación, que unas veces no entendemos y otras, intuimos lo que significan, pero casi nunca tenemos tiempo de investigarlas.
¿No han leído alguna vez sobre el “síndrome de Estocolmo”?
En septiembre de 1973, Clark Olofsson fue sorprendido por la policía atracando un banco de Estocolmo.
El atracador tomó como rehenes a todos los que en ese momento se hallaban en la oficina, los cuales, después de varias horas de negociación, fueron liberados y el atracador detenido.
Pero lo curioso del caso fue que en el juicio la mayoría de los secuestrados intercedieron por el secuestrador, movidos por su amabilidad en el trato y por los motivos que le empujaron a intentar el atraco.
Esta identificación entre secuestrador y secuestrado se estudió psicológicamente, formulando la teoría del citado síndrome cuyo nombre se aplicó, y se sigue aplicando, en situaciones semejantes a la que se produjo en la capital sueca en 1973.
¿Saben a quién se debe el nombre de “prensa amarillista”? A Yellow Kid, protagonista de una famosa historieta cómica que se publicaba a finales del siglo XIX en el periódico sensacionalista estadounidense The New York World.
El personaje y su camiseta amarilla se hicieron famosos, y convirtieron este color en el calificativo que se aplica a la prensa sensacionalista, la que busca más el escándalo que la verdad.
Y ya en el lenguaje cotidiano se usa frecuentemente la expresión de “ser un lince” para referirse a la persona lista y aguda, o la que tiene una muy buena vista.
Pues el lince fue considerado desde tiempos remotos como un animal de extraordinaria agudeza visual, cuya mirada, según la leyenda, era capaz de atravesar las paredes.
Por eso, son ojos linceos los dotados de vista muy aguda.

Luque Maricarmen

miércoles, 25 de marzo de 2009

Las faltas de los cronistas deportivos

Ya hemos comentado otras veces las faltas contra la lengua que con frecuencia cometen los cronistas deportivos, aunque, tal vez, sean ocasionadas por la urgencia o la pasión que imprimen al mensaje.
Pero, sí conviene señalarlas para que no se conviertan en hábitos que se transmiten al gran público.
Porque, ¿cuántas veces, a lo largo de una transmisión deportiva, oímos frases como ésta: “Continúa inalterable el resultado inicial?”.
No se puede hablar de un resultado presente mientras el juego está en acción, porque el resultado es “la consecuencia de un hecho”. Si el hecho es un partido de futbol y éste todavía no ha terminado, ¿cómo va a haber resultado? Y mucho menos “inicial”. Pero, si además, como añade el reportero, ese resultado es inalterable, no puede cambiar, ¿para qué siguen jugando los futbolistas? Distinto sería si la frase hubiera sido: “Continúa estable la puntuación inicial”, ¿no les parece?
También sorprende oír a un eminente periodista, refiriéndose a la indefensión en que quedan los que declaran en un juicio criminal contra el asesino, si no sería posible proteger la secresía del declarante para que no sea objeto de represalias. Y demostrando que no se trataba de un lapsus linguae, repitió el “palabro” varias veces. Es de suponer que lo que quería saber es si el declarante puede quedar en el anonimato o si se puede guardar el secreto de su declaración. Porque ni “secresía” ni “secrecía” existen en nuestro idioma.
En cuanto a la palabra asimismo, equivalente a “también” o “de igual modo” puede escribirse como antecede, o en dos palabras separadas, así mismo (sólo en este último caso con acento). Y hablando de acentuación, conviene saber que todas las palabras terminadas en “mente”, como fácilmente, realmente, hábilmente, que no son otra cosa sino adverbios de modo derivados de adjetivos, conservarán el acento del adjetivo de que proceden y no lo llevarán si el adjetivo que las forman tampoco lo lleva: individualmente, lógicamente, alegremente, enérgicamente. Son recordatorios que, seguramente, les servirán.

Luque Maricarmen

Patadas al diccionario

Seguro que a ustedes, como a mí, siguen sorprendiéndoles los medios de comunicación con esas frecuentes “patadas” al diccionario. Si quieren desarrollar un espíritu crítico hacia el idioma, escuchen o lean con cierta disposición analítica lo que nos llega a través de las ondas o de la prensa escrita.
Un comentarista de futbol escribe en su crónica: “la culpa de que el equipo ascendiera a primera división la tuvo el portero con su buen hacer”.
¿Se puede considerar el ascenso a primera como una culpa, y se puede culpar el “buen hacer”?
Porque si no es así, debería haber escrito que el mérito del ascenso del equipo debe atribuirse al portero, o bien que, gracias al buen hacer del portero, el equipo ascendió a primera división. Y no señalar culpas donde no las hay.
De una noticia periodística surge el error contrario: “Gracias a la violencia de la corriente algunas embarcaciones se fueron a pique”. Como si el hecho de que las embarcaciones zozobren fuese motivo de agradecimiento.
En ambos casos se está tergiversando el sentido de las expresiones “por culpa de” y “gracias a”.
Y siguiendo con el periodismo deportivo, el entrenador aconsejó a su equipo salir con ímpetu al terreno de juego “en aras de” no descender a segunda división. Extraño resulta aquí el empleo de la expresión “en aras de” que, como todos sabemos, significa “en honor o en beneficio de algo”. Y el descenso a segunda división no parece ser motivo de honores.
“En aras de la deportividad, los jugadores de los equipos enfrentados se abrazaron calurosamente”, sería hacer un buen uso de esa expresión.
Pero no salgo de mi asombro cuando leo el titular de un artículo sobre el origen de la ya desaparecida peseta española: “El rey Fernando I dividió su reino, con lo que empezaron las guerras intestinales”.
¡Caramba! Teniendo en cuenta que no hay más guerras intestinales que las que los intestinos sostienen con la materia fecal para deshacerse de ella, es de suponer que las provocadas por la división del reino no fueran intestinales, sino intestinas. Porque no es lo mismo.
Intestino, como adjetivo, significa interno. Y guerras intestinas son guerras internas o civiles.
Seguiremos con esto…

Luque Maricarmen